MADRID / Vibrante Chaikowski de Pablo González con la Nacional

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 22-V-2026. Concierto Sinfónico 21 de la temporada 2025-26 de la Orquesta y Coro Nacionales de España. Director: Pablo González. Director del Coro: Miguel Ángel García Cañamero. Solistas: Rebeca Cardiel, Doncella (soprano); Beatriz Oleaga, Recitante (mezzosoprano); Xabier Pascual, tenor. Obras de Lili Boulanger, Debussy y Chaikowski.
Tras la fuerte impresión del excelente Wagner escuchado la semana pasada en el ciclo de la OCNE, el sinfónico 21 planteaba, con el feliz retorno de Pablo González al podio, un programa bien diferente. Francés en la primera parte, ruso en la segunda. De la admirable y trágica y prematuramente desaparecida compositora francesa Lili Boulanger escuchamos un par de breves salmos, escritos ambos en 1916, cuando tenía 23 años y acababa de ganar el premio de Roma. Boulanger moriría apenas dos años después, por esas casualidades de la vida, el mismo año de 1918 en que fallecía su adorado Claude Debussy. El breve salmo 24, De Jehová es la tierra, nos gana de inmediato por su noble solemnidad y grandeza, acentuada por el empleo del órgano, con buena potencia, y una orquesta que incluye un buen contingente de metal (4 trompas, 3 trompetas, 4 trombones y tuba) además del coro mixto. Por su parte, el salmo 129, Mucho me han angustiado, requiere una orquesta más abundante, sin órgano, pero con más variada percusión y madera. Escrito originalmente para barítono y orquesta, se suele interpretar la versión escuchada en esta ocasión, para coro mixto y orquesta. La música mantiene un carácter solemne, pero es más decididamente dramática, incluso opresiva en algunos momentos. Dos páginas breves (apenas 13 minutos entre las dos) pero de gran belleza. Como otras de su autora, uno queda con la sensación interrogante de hasta dónde hubiera podido llegar alguien con un talento tan extraordinario de no habérsela llevado por delante tan pronto la tuberculosis.
Un poco mayor (26 años) era Debussy cuando compuso en 1887-88 La doncella elegida, una cantata para recitador (mezzo soprano), soprano, coro femenino y orquesta, sobre el poema de Dante Gabriel Rossetti “La doncella bendita” (1847), el relato de una joven que no puede disfrutar del cielo mientras su amante sigue en la tierra. Destaca Rodolphe Bruneau-Boulmier, autor de las notas al programa, el “universo sonoro fascinante que, desde la introducción orquestal, cautiva por su languidez, su dulzura y sus voluptuosas alianzas tímbricas.” Es cierto, indudablemente, aunque la obra, en muchos momentos de encantadora y delicada ternura, sorprenda por un lenguaje que aún no nos suena al Debussy que diez años después escribirá los Nocturnos.

De estas tres páginas de juventud de Boulanger y Debussy pasamos a una de madurez, la conocidísima Quinta Sinfonía de Chaikowski, escrita por el ruso en 1888 (es decir, prácticamente contemporánea de la cantata de Debussy, aunque estéticamente la distancia es evidente), cuando contaba 48 años, apenas cinco antes de su fallecimiento. Apunta Bruneau-Boulmier que, para Debussy, “el arte de Chaikovski era demasiado predecible, demasiado sentimental, con sus fórmulas clásicas establecidas y preexistentes.” Bruneau-Boulmier parece coincidir con su compatriota, apuntando que al propio Chaikowski la obra le pareció un fracaso. El propio autor francés de las notas deja caer finalmente que la delicada salud mental de Chaikowski le impedía tener un juicio objetivo sobre su música. Muchos, entre los que se cuenta quien firma estas líneas, no comparten tan negativa visión de esta (y otras obras) del ruso.
Me disculparán los lectores que, por aquello del contexto, recupere las palabras que en su día me comentó el gran director Semyon Bychkov: “el público ama la música de Chaikovski porque les emociona, les conmueve. Y eso ocurre porque habla directamente al corazón. Con poesía, con nobleza, con un talento melódico extraordinario, con una gran pasión… con todos los ingredientes capaces de emocionar a las personas. Eso es fácil de entender. Respecto a quienes le desprecian, en realidad, no conocen su música. Les irrita el hecho de que sea una música de emoción abierta, y en ocasiones les incomoda algo que es hermoso. No entiendo por qué nos tiene que incomodar la belleza, realmente…”. Amén, cabría decir.
La partitura de la Quinta utiliza con hábil recurrencia el material expuesto desde la introducción de la obra, modificando su carácter desde el sombrío inicio hasta la grandiosa recuperación en el último movimiento. Música de una intensidad dramática electrizante, inundada de contrastes, inflexiones, cambios de tempo y con momentos, como el vals del tercer movimiento, de refinada y bellísima elegancia. Emocionante, aunque a algunos les pese.

Volvía al podio de la OCNE el asturiano Pablo González. González dejó a muchos, entre ellos al que suscribe, una excelente impresión en su labor al frente de la Sinfónica de RTVE. Su salida de esa formación, cuando gozaba del aprecio de los músicos, del público y de la crítica, pertenece al mundo de los incomprensibles misterios de la gestión musical de este país. En su última visita al podio de la Nacional, hace un par de años, nos dejó una extraordinaria interpretación de Iván el Terrible de Prokofiev. Lo escuchado en esta ocasión no hizo sino confirmar a quien firma este comentario que estamos ante uno de los mejores directores españoles en activo, un músico de primerísima categoría, que vive lo que hace con una pasión contagiosa y lidera con tanta convicción como magnetismo, cercanía y sensibilidad. Lo suyo es un ejemplo palmario de auctoritas.
Lo demuestra, para empezar, la inquietud (que no es nueva en él) a la hora de elaborar el programa, con tres obras poco o nada transitadas (pero más dignas de serlo más) y el colofón de otra, muy conocida, pero de la que supo ofrecer una interpretación de gran personalidad. Dirigió el maestro asturiano, sin batuta, las tres obras corales. Lo hizo con la mejor atmósfera triunfal en el primero de los Salmos de Boulanger, con apropiado dramatismo en el segundo y con gran sensibilidad para dibujar la lírica dulzura de la cantata de Debussy. Mando siempre seguro, decidido, atento, cuidado en matices y planos. Obtuvo una envidiable respuesta de los conjuntos nacionales en las tres obras, con excelente contribución de Daniel Oyarzábal al órgano (siempre una garantía) en el primer salmo de Boulanger, en el que cumplió con solvencia su breve cometido el tenor del coro, Xavier Pascual.
También del coro eran las solistas en la cantata de Debussy, la soprano Rebeca Cardiel y la mezzo Beatriz Oleaga, en el papel de recitante. Voces bien timbradas, no especialmente grandes en el volumen, pero que evidenciaron presencia suficiente y cantaron con muy plausible línea de expresión. El coro Nacional, como en los dos salmos de Boulanger, cantó con buenos matices y ajustado empaste.
La tarde transcurría, eso sí, entre toses, muchas de ellas estentóreas y pertinaces, como si algún rinovirus hubiera decidido desatar sus mayores iras sobre el público. Tuvo que esperar algo González para poder iniciar la Quinta de Chaikowski, con el fin de que ese solo de clarinete y cuerda grave en piano pudiera escucharse sin el sonoro acompañamiento de toses. Pero los hados no eran favorables. Al concluir la introducción (Andante), justo en la pausa que precede al allegro con anima, asomó el criminal que faltaba: el del móvil. El autor del atentado, además, tardaba lo suyo en callarlo, hasta el extremo de que otro espectador llegó a exclamar “¡paren ese móvil!”. Mientras tanto, González, con buen criterio, optó por no inicial el allegro con anima hasta que aquello no callara. Tardó algunos segundos, de forma que el calderón prescrito por Chaikowski para el silencio resultó especialmente largo. Quien firma esta reseña recordó entonces un relato de humor que escribió a raíz de otra velada en la que algunos asistentes le acaban poniendo de los nervios, con un imaginario melómano llamado Clodomiro Reparto Estopa Encantidad y Delabuena discurriendo diferentes alternativas para acabar de una vez por todas con las plagas de toses, móviles y papeles de caramelitos. Estuve por resucitar al bueno de Clodomiro.
Las pausas entre movimientos siguieron siendo la apoteosis del rinovirus y en semejante tesitura era de esperar que la guinda iba a venir tras el acorde de séptima dominante que precede al tramo final del último movimiento, en el que demasiada gente sigue pensando que la cosa ha terminado… cuando aún no lo ha hecho. Ocurrió esta vez también, claro está. Qué boda sin la tía Juana. Aplauso cuando no tocaba y con tanto entusiasmo que hubo hasta un ¡Bravo! Ay, Clodomiro, cuánto le echamos de menos.
Dejando aparte estas ruidosas intrusiones, hay que señalar que González ofreció una interpretación vibrante, contrastada, con mucha personalidad. Y tomando muchos riesgos, porque con ese mando firme, convencido y atento que antes mencionamos, no ahorró en sacar el mejor partido de las inflexiones, con manejo extraordinario de dinámicas y cambios de tempo, pero en muchas ocasiones llevando esos cambios a contrastes extremos que por momentos abocaron a momentáneos desajustes. Asunto relativamente menor teniendo en cuenta la intensidad buscada y lograda por el asturiano.
Se consiguió eficazmente desde el podio la tensión buscada, con clímax admirablemente edificados y obteniendo el mejor partido a las pausas y silencios, exprimidos al máximo como generadores de tensión. El elegante vals, con fino manejo del rubato en los momentos apropiados, fue toda una muestra de la sensibilidad y acertado carácter que consiguió González. Solemne y grandioso el movimiento final, con un allegro vivace llevado a un tempo trepidante, como también el Presto, arrebatado. En ambos casos con ligeros desajustes en sus comienzos, pero la intensidad que llegaba, con entrega absoluta de los músicos de la Nacional (que sonaron estupendamente en todas sus secciones, dicho sea de paso) llegó, en efecto, a conseguir eso que decía Bychkov: conmover, emocionar. Una interpretación intensa, personal y que buscaba la emoción, no la seguridad. Harnoncourt solía decir que “la búsqueda de la seguridad absoluta y la belleza inmaculada conduce a una música insulsa y sin riesgos, y que la verdadera genialidad artística exige llegar hasta el límite de la catástrofe.” El aserto es un tanto extremo, pero es cierto que la tensión, cuando uno se acerca al límite, es considerablemente mayor. Y Chaikowski, a menudo, reclama ese límite. González lo entendió así, con acierto.
Éxito grandísimo del asturiano y de la OCNE, y muy especial y reiterado reconocimiento de la orquesta al director, al que evidentemente aprecia y con el que se entiende bien. Algo muy comprensible. Es, conviene reiterarlo, un estupendo maestro.
Rafael Ortega Basagoiti
Foto: Rafa Martín


