MADRID / Una ‘Maria Stuarda’ imperdible

Madrid. Teatro Real. 14.XII.2024. Donizetti. María Stuarda. Aigul Akhmetshina, Lisette Oropesa, Ismael Jordi, Roberto Tagliavini, Andrzej Flonczyk, Lord Cecil. Elissa Pfaender. Orquesta y coro titulares del Teatro Real. Maestro del coro, José Luis Basso. Director musical, José Miguel Pérez- Sierra. Producción, David McVicar.
Aunque parezca mentira, Maria Stuarda ha tardado 190 años en llegar al Teatro Real. Su estreno estaba previsto para 1834 en el Teatro San Carlo de Nápoles. En un ensayo, cuando Maria increpa a Elisabetta llamándola hija impura de Bolena, prostituta indigna y vil bastarda, el fuego que Giuseppina Ronzi de Begnis puso en la escena hizo que Anna del Serre, que interpretaba a Elisabetta, se lo tomara como algo personal. Parece ser que las dos damas acabaron en una pelea que dio mucho que hablar. Esto hizo que el rey de Nápoles tomara cartas en el asunto, apareciera la censura y la obra fuera amputada de forma contundente convirtiéndose en un pastiche llamado Buondelmonte.
Un año después, para la Scala milanesa y con Maria Malibran en el papel principal se estreno la obra con su título original y con algunas modificaciones hechas por el autor. Como la diva se empeñó en decir el texto escrito por Bardari, imprecación incluida, resistiéndose a los censores que ya habría que considerar coautores, la Malibrán sólo cantó algunas representaciones y tuvo que retirarse.
Esta obra pertenece a eso que se ha dado en llamar ciclo o trilogía Tudor. No parece que Donizetti concibiera un ciclo, sino que, más bien, encontró un filón del gusto del público y los empresarios y lo fue exprimiendo a medida que la ingente demanda de producción operística, propia de la Italia decimonónica, llegaba a su mesa. Lo de trilogía se debe a que Beverly Sills, a principios de los años setenta del siglo pasado, cantó en la New York City Opera Anna Bolena (1830), Maria Stuarda (1834-35) y Roberto Devereux (1837). Esto dejó fuera del ciclo a Elisabetta al Castello di Kenilworth (1829).

La representación del Real se abrió, a telón bajado, con la obertura que Donizetti escribió para el estreno milanés en sustitución del breve preludio conocido y que sólo se incluye en una grabación. Esto es así porque la partitura autógrafa de la obra no apareció hasta 1980 en un lugar tan inesperado como Suecia.
José Miguel Pérez-Sierra, experto y conocedor hasta la erudición del melodrama italiano, estuvo espléndido; tempi vigorosos que resaltan el drama que sucede en las tablas, atento a los cantantes y a la concertación entre el foso y el escenario, delicado, fraseador y detallista. El trabajo del maestro en los recitativos me pareció admirable. En una obra en la que abundan esos bellísimos recitativos acompañados, marca de la casa, el trabajo realizado desde la dirección musical con los intérpretes vertebró la obra y otorgó la relevancia que estos declamados dramáticos tienen. La orquesta del Real demostró una vez más su enorme capacidad para adaptarse a cualquier repertorio y director. La verdad es que su evolución y desenvolvimiento son magníficos.
La producción de David McVicar está llena de belleza, sentido y va creciendo con el desarrollo dramático. En un espacio escénico bastante desnudo y a su vez maravillosamente iluminado, se produce un perfecto movimiento escénico que funciona como un reloj suizo en el que comparecen, con un espléndido y muy bien pensado vestuario, que también evoluciona con la obra, todos los personajes en los que se observa la estupenda dirección de actores en un magnífico espectáculo teatral muy bien concebido. La escena del coro, absolutamente emocionante, evocaba un cuadro clásico que muy bien podría ser de Velázquez. La muerte de Maria fue plasmada con exquisita sensibilidad y dramatismo. Quizá el orbe real tenía una presencia sobreponderada y el drama religioso queda un poco entre tinieblas frente al conflicto de poder.

El elenco de intérpretes fue extraordinario. Tagliavini correcto, profesional y muy bien en su escena del segundo acto con Maria donde colaboró con la Oropesa con gran generosidad por su parte. Los secundarios con buenas voces, muy por encima de las exigencias de sus partituras, dieron cohesión y brillo a sus cometidos.
Ver a Ismael Jordi en un escenario siempre es presenciar un gran ejercicio de inteligencia, musicalidad y servidumbre a la música. Su voz, no especialmente rica en armónicos, siempre está perfectamente proyectada, sin esfuerzo aparente, y consigue que un instrumento de volumen adecuado corra por la sala y se oiga perfectamente junto a voces mucho más opulentas. Delicado y oportuno en las medias voces, engarza un sutil juego de claroscuros que, unido a un estupendo legato, arrojan un fraseo rico y de clase. Mención aparte merecen sus intervenciones en los recitativos que fueron dichos con proporción, acento y en estrecha colaboración con Pérez-Sierra.
Aigul Akhmetshina es poseedora de un instrumento formidable. Amplio, sonoro, extenso, hasta el Re sobreagudo, tiene un color de indudable mezzo y se movió como pez en el agua en el comprometido papel de Elisabetta. Esplendidos recitativo, aria y cabaletta de salida. Ese recitativo que tiene aromas de lo que luego Verdi exigirá a Abigail, estuvo expuesto con sobriedad y perfiles escultóricos, resolviendo los peliagudos intervalos con un excelente dominio técnico. En el aria exhibió legato y control del aire y en la cabaletta vigor y precisión en la coloratura. Más allá de detalles técnicos fue una estupenda y creíble Isabel. Una mezzo en la que todo apunta a un futuro brillante y sugiere otras veladas aun más fascinantes.
Lisette Oropesa estuvo fabulosa, técnica e interpretativamente. Maria es un papel de tesitura central y en principio me parecía que la voz de la Oropesa, por lo que la había visto hasta ahora, tendía más hacia el registro agudo. Pues bien, tuve la impresión de que su voz está evolucionando hacia otros derroteros, y no es ajeno a ello el trabajo de la artista. El pasaje hacia registro inferior está muy trabajado para dar sonoridad a esta franja de la voz manteniendo homogeneidad en el instrumento. No total, pero sí más que suficiente. La voz, de bello timbre, está más redonda, más sombreada y con algo más de volumen en el centro. Es emitida con blandura, morbidez y un prodigioso control del aire que habilita a la artista para hacer frases largas sin respirar, lo que favorece un legato inmaculado con una fantástica amplitud de messa di voce y un casi infinito juego de intensidades. Esto tiene un precio y en el extremo sobreagudo de la voz, que permanece, me pareció advertir un punto menos de penetración y expansión. Por encima de todo esto destaca la intérprete, la artista que en el agotador y extenso final supo componer una Maria noble, patética, con recitativos de fabulosa elocuencia y algunas maneras que me recordaron a la Callas, que jamás cantó este papel. Hablo de la forma de emitir algunos sonidos. La Oropesa brilló con luz propia por personalidad, interpretación y canto en un gran y cohesionado reparto en una gran noche dedicada al melodrama romántico italiano.
Ricardo de Cala
Foto: Javier del Real


