MADRID / Una impactante “Litúrgica” de Honegger cierra un estupendo concierto de la Nacional, con Afkham, Lewis y Orliac

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 12-XII-2025. Concierto sinfónico 8 de la temporada de la OCNE. Director: David Afkham. Solistas: Paul Lewis (piano), Coline-Marie Orliac (arpa). Obras de Beethoven, Tailleferre y Honegger.
Programa variado para el octavo sinfónico de la temporada de la OCNE. Se encuadraba en el hilo temático “tras el telón de acero”, pero en realidad eso solo implicaba, y con algunas pinzas, a la Sinfonía nº 3 “Litúrgica” de Honegger, que cerraba el programa, pero no a las dos piezas concertantes que lo completaban, el Concierto nº 3 en do menor para piano y orquesta de Beethoven, que llenaba la primera parte, y el escasamente transitado Concertino para arpa y orquesta de la francesa Germaine Tailleferre, que abría la segunda.
Beethoven no completó su Tercer Concierto para piano, comenzado hacia 1796, hasta 1803, e incluso entonces la parte solista estaba más en su cabeza que en el papel, como lo demuestra que se presentó el día del estreno con la partitura solista apenas abocetada (la escribiría después, para otra interpretación el año siguiente). El compositor y director austriaco Ignaz von Seyfried, que actuó de pasa-páginas, pasó las de Caín para entender cuándo había que pasar a la siguiente página porque solo había “algunos jeroglíficos egipcios totalmente ininteligibles para mí, garabateados para que le sirvieran de pistas, pues tocaba casi toda la parte solista de memoria”, mientras un malvado Beethoven se reía de lo lindo ante la zozobra del colega.
Este Tercer Concierto marca un punto de inflexión, abandonando la amabilidad y optimismo de los dos primeros de la serie para ofrecernos una buena dosis del Beethoven más intenso y temperamental. El primer movimiento mira de reojo al Concierto K 491 de Mozart, de manera oscura, casi inquietante, con un motivo que se acerca al del salzburgués (de hecho, en el noveno compás, en el bajo, aparecen las mismas tres notas del inicio del K 491: do-mi bemol-la bemol), que muy poco después se presenta con el contundente temperamento tan característico de Beethoven, como lo es también la entrada del solista. Hay, claro está, lugar para el remanso más luminoso (la forma sonata pide un segundo motivo contrastante, y este no falta a la cita), pero el movimiento se mueve en una atmósfera generalmente turbulenta y vuelve a mirar al concierto mozartiano en una coda en la que el solista tiene un protagonismo que recuerda también al que escuchamos en el K 491.
La serena y noble nostalgia del Largo supone un hermoso paréntesis de calma, incluso en su conclusión, aunque Beethoven nunca deja de ser Beethoven, y en el último acorde, cuando parece encaminarse a un cierre tranquilo, sorprende con un acorde fuerte, de inesperada rotundidad. En el movimiento final Beethoven recurre a su medio favorito para los tiempos finales de sus conciertos: el Rondó, y lo hace con enérgica y exaltada fantasía, con un humor y vitalidad luminosos y solo algún esporádico guiño al intenso dramatismo del primer movimiento.

Era el solista de la ocasión el excelente pianista británico Paul Lewis (que debutaba con la ONE), uno de los más reputados intérpretes actuales de Beethoven, y que hace unos días participó en el concierto del 40 aniversario de esta publicación. No defraudó el de Liverpool, siempre poseedor de medios técnicos de gran solidez (incluyendo una mano izquierda de sobresaliente presencia) y de un sentido musical natural, sincero y espontáneo, con personalidad bien definida pero sin artificio de ningún tipo. Con una articulación de gran nitidez, extrayendo el mejor partido de un uso del pedal que en ocasiones tendía a la largueza (como hacía también su mentor, el gran Alfred Brendel), matizando con exquisita sensibilidad y anchura en la dinámica, Lewis dejó clara su intención de presentar un Beethoven de gran intensidad temperamental, como la obra, evidentemente, pide.
Lo hizo con elocuencia desde un comienzo rotundo, decidido, enérgico, para luego presentar el debido contraste cuando surge el segundo motivo del primer movimiento, cantado con elegancia y excelente expresión. La preciosa cadencia escrita por el genio de Bonn nos llevó por esa senda que transita entre los torrentes de temperamento y los remansos más delicados (nuevamente en la alusión al segundo motivo antes citado), y el final tuvo toda la firmeza que uno puede esperar de música tan rotunda.
Tuvo que esperar Lewis a que cesara la tormenta (y el tormento) de las toses, antes de poder iniciar con la delicadeza adecuada el Largo. La sinfonía de toses, evidencia de que los virus respiratorios están siendo inclementes, pero también de que quienes los portan deciden esparcirlos sin recato, además de insertar en la música un bajo continuo impertinente y no previsto, invadió la tarde. Pero eso, desgraciadamente, ya no es noticia. Pese a ello, Lewis desgranó, con preciosa sonoridad y hermosos matices, esa serena nostalgia del Largo antes aludida. Y, tras su rotundo último acorde, inició, casi en attacca (decisión perfecta, dicho sea de paso), el Rondó, vivo, animado, en el que se lanzó con decisión, a una interpretación vibrante que buscaba la intensidad, no la seguridad de ejecución, aunque esta fue magnífica, coronada con un hermoso ritardando en el final de la cadencia, justo antes de la trepidante conclusión. Acompañó de forma impecable Afkham, compartiendo intensidad y energía con un Lewis con el que dio la sensación de entenderse muy bien. Con acentos incisivos y buenos contrastes, y obteniendo una estupenda respuesta de la orquesta, el resultado global bien puede considerarse sobresaliente. Lo entendió así el público con calurosas ovaciones.
El Concertino para arpa y orquesta de la francesa Tailleferre, como señala Teresa Cascudo en sus notas, “combina frescura, virtuosismo y un humor característico”. Todo ello es muy patente en el animado tiempo final, en cuya música encontramos resonancias, como apunta la autora de las notas, “que enlazan la obra con el neoclasicismo francés de entreguerras”. Creo también apreciar, en otros momentos, aromas de herencia impresionista (especialmente en el tiempo lento, en cuya escritura uno parece percibir a lo lejos una proximidad a Debussy). La escritura orquestal es muy apropiadamente clara y camerística, adecuada para asegurar el equilibrio con la sonoridad del instrumento solista, cuya parte, profusa en arpegios y escalas, es también rica en armónicos y variedad de efectos tímbricos.

Magnífica interpretación de la obra la de la arpista francesa, solista de la Nacional, Coline-Marie Orliac, capaz de extraer toda esa rica y sugerente sonoridad escrita por Tailleferre, impregnada de bellos matices y elegante en el discurso a lo largo y ancho de la obra, pero muy especialmente en la brillante cadencia del primer tiempo, admirablemente trazada. La tormenta (otra vez) de toses estuvo en trance de arruinar la atmósfera del segundo tiempo, pero por fortuna no llegó a lograrlo. Cuidadísimo el acompañamiento de Afkham, siempre atento al delicado balance sonoro con Orliac. Y extraordinaria la respuesta de la orquesta, con sobresalientes prestaciones de muchos solistas, pero especialmente los de trompa, trompeta, clarinete y flauta. Cosechó Orliac un éxito grande, y ofreció como propina un hermoso arreglo de la canción Mañana de carnaval, de Luiz Bonfá, para arpa y percusión, papel desempeñado de manera sobresaliente en esta ocasión por su compañero en la orquesta Joan Castelló.
La Tercera Sinfonía “Litúrgica” de Artur Honegger, obra que Karajan contaba entre sus favoritas y de la que dejó una legendaria grabación, surge cuando acaba de terminar la segunda guerra mundial. Nadie mejor que el propio autor y sus elocuentes palabras sobre la obra: “Mi sinfonía es un drama en el que intervienen tres personajes, reales o simbólicos: la miseria, la felicidad y el hombre. Es un problema eterno.” El horror, la desolación y hasta la esperanza con tintes de angustia apelan desde el principio a la emoción más profunda. El Dies Irae inicial suena desgarrado, intenso, con metales rotundos y estremecedores, rítmicamente incisivo y con un final tensamente suspendido, que sugiere cierta inquietud.
El De Profundis clamavi es más que un Adagio emotivo, nos llega como un lamento transido no solo de dolor, sino también de angustia, de ahí que tenga momentos aterradoramente siniestros. El golpe final del gong en pp es solo uno de ellos. Puede uno esperar que la esperanza presida el Dona nobis pacem final, acorde con ese texto. Pero se hace esperar. Honegger nos lleva primero por una tenebrosa marcha de creciente obsesión rítmica y angustia emocional antes de que la esperanza asome con paz… para desvanecerse en un final que deja, a la vez, el sabor de un anhelo y una incógnita. El clímax, sobre un contundente fff de toda la orquesta, tiene un efecto devastador, y el impacto de la transición al adagio final, con un timbal tenebroso de fondo, es tremendo.
Construyó Afkham de manera admirable toda la atmósfera descrita, dibujando de forma perfecta ese arco profundamente emotivo y dramático. Una interpretación magnífica, servida por una Nacional que respondió como en sus mejores tardes, con respuesta impecable de todas sus familias (metales en una de las mejores contribuciones que quien esto firma les recuerda, pero también sobresalientes todos los solistas de madera, como también las de la solista de violonchelo y la concertino Valerie Steenken). Un espléndido cierre para un gran concierto, que brilló pese a los ataques de los tosedores, del criminal del móvil (que compareció, asesino, entre otros momentos, en el de máxima tensión en la transición del último tiempo de la Sinfonía) y del impaciente aplaudidor que rompió de nuevo la magia que inevitablemente sugiere ese final aludido de la sinfonía. Afkham destacó a todos los solistas citados y la orquesta aplaudió también la sobresaliente labor de su titular. Muy merecidamente.
Rafael Ortega Basagoiti


