MADRID / Una brillante Steenken y Pons protagonizan un sonriente sinfónico de la Nacional

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 29-V-2026. Concierto Sinfónico 22 de la temporada 2025-26 de la Orquesta y Coro Nacionales de España. Director: Josep Pons. Solista: Valerie Steenken, violín. Obras de Lully, W.A. Mozart y R. Strauss.
Programa, como es habitual en él, precioso y bien armado el del director honorario de la OCNE, Josep Pons, para el vigésimo segundo concierto sinfónico de la temporada del conjunto nacional. Con el centro de gravedad ubicado en la suite El burgués gentilhombre op 60 de Richard Strauss y, por ello, con el gran Molière en el fondo, tuvo el catalán la feliz idea de abrir el concierto con otra evocación del gran cómico francés, esta vez procedente de la obra del mismo título, pero de estética muy anterior, la del barroco, con la Marcha para la ceremonia de los turcos, extraída de El burgués gentilhombre de Lully. En medio, el Concierto nº 3 para violín y orquesta de Mozart, con la concertino de la formación, Valerie Steenken, como solista.
Curiosa casualidad, o quizá no, que este retorno haya tenido idéntica obra nuclear (la de Strauss) a la que, hace once años, en el tramo final de la temporada 2014-15, presentó el mismo Pons en el mismo sinfónico (número 22 de la serie). Más coincidencia curiosa, el mismo Alberto González Lapuente que firmaba aquellas notas, lo hacía también en esta ocasión. Y, apenas por una semana, no coincidían exactamente las fechas (aquella vez fue los días 5, 6 y 7 de junio, que, también es casualidad, corresponden justo a los días del fin de semana próximo). También entonces se interpretó un Concierto para violín de Mozart, el quinto, apodado “Turco” (Leticia Moreno como solista).
Ante tanta coincidencia, alguno se preguntará si ha habido diferencia, más allá de la del diferente concierto de Mozart. La hubo, sí, además de la breve página de Lully escuchada esta vez. Entonces se cerró el concierto con la Sinfonía de cámara nº 1 de Schoenberg.
Aunque Lully queda lejos de la estética de las orquestas sinfónicas modernas, era muy lógico que se creara ambiente recuperando al menos un fragmento de la música que el gran compositor francoitaliano compuso para la comedia-ballet de Molière. La Marcha para la ceremonia de los turcos llega, como señala González Lapuente en sus notas al programa, en un momento culminante de la obra de Lully, cuando el protagonista, Monsieur Jourdain, se somete a una falsa ceremonia de integración a la religión musulmana. Música que, aunque con colorista (pero discreto) añadido de percusión turca, es un precioso y simpático ejemplo de que Lully sabía hermanar bien la sonrisa con la grandeur francesa, aunque en principio a Luis XIV parece que la gracia se la hizo de aquella manera.
Con una plantilla de cuerda de 8/6/5/4/2 más el viento y percusión, Pons decidió participar, también en lo estético, del buen humor que habría de presidir todo el concierto. Compareció, por ello, con un genuino bastón à la Lully que, como es bien sabido, fue el precursor de la batuta actual, solo que entonces era intrusiva y ruidosa, porque el pulso lo marcaba el director golpeando con el bastón sobre el suelo. Pons, consciente de que el golpeo en cuestión ayuda al ritmo, pero molesta a la música, y desde luego teniendo presente que, en el caso de Lully, un golpeo en el sitio equivocado (el pie) tuvo trágicas consecuencias, tomó la decisión, sabiamente cautelosa, de dar apenas algunos golpecitos con el bastón en cuestión, como un gesto tan simbólico como simpático. No cabe duda de que el detalle trajo la primera sonrisa de la velada. Más allá de la simpatía, la música llegó con elegancia, solemnidad y buen colorido. Lógicamente no podía aspirarse a la sonoridad que extraen de sus conjuntos intérpretes especializados en este repertorio como Savall o Minkowski, pero se consiguió una plausible cercanía al estilo apropiado.

Los Conciertos para violín de Mozart son otra muestra más de la genial belleza que salía una y otra vez de la pluma del salzburgués. El tercero, luminoso, muy lírico y cantable, con momentos de sonriente rusticidad en el rondó final, y con un motivo exquisito, bellísimo, en el segundo, es un compendio de la mejor elegancia y encanto mozartianos. Una preciosidad, vaya. Pero una preciosidad comprometida, porque, lo ha repetido varias veces quien firma esta reseña, este concierto (la serie entera) pone a prueba la solidez de un solista. Lo hace en tanta medida que, en el intrincado y a menudo opaco mundo de las audiciones para incorporarse a las orquestas, la primera ronda de los candidatos pasa, indefectiblemente, por enfrentarse a un concierto mozartiano. No es casual la elección, porque si las costuras del solista no están bien aseguradas, la cosa salta a las primeras de cambio.
Pero la concertino de la Nacional, Valerie Steenken (Munich, 1999) siempre es, en ese sentido y en otros muchos, una garantía. Y lo fue también esta vez. Su propuesta mozartiana llegó con envidiable seguridad y aplomo, elegancia, precioso sonido, muy precisa afinación y articulación de gran nitidez. Rica en matices y acentos, cuidada en las apoyaturas, implicada en los tutti iniciales y finales de los movimientos (algo que no tantos solistas hacen, aunque en su día era práctica habitual y así lo prescribe la partitura), la interpretación de Steenken fue un modelo de refinamiento y sensibilidad, transmisora de toda la hermosa luz que contiene esta música, más allá de que su acercamiento se incline más hacia la tradición que hacia la tendencia actual, más cercana al mundo de lo históricamente informado. Compuso la muniquesa también las cadencias, bellas y bien elaboradas, que requerían el virtuosismo justo, no exagerado ni fuera de estilo. Se consiguieron muy finos matices, tanto por ella como por la orquesta, en el precioso Adagio, y llegó con gracia y animación un Rondó final luminoso, con estupendo impulso rítmico y sonriente rusticidad en el episodio allegretto intercalado. Muy bien ajustado y preciso el acompañamiento de Pons con la Nacional.
El público recibió con calurosa acogida la estupenda interpretación de Steenken, que conoció un éxito de los grandes, bien merecido. Éxito que aún creció con el delicioso regalo ofrecido: un arreglo para violín y orquesta (creo que adaptación del original de Fritz Kreisler para violín y piano) de la Danza española nº 1 de La vida breve de Falla. Lo interpretó Steenken no solo con la brillantez de la que es muy capaz, sino con un salero y empuje envidiables. Bravo.

El burgués gentilhombre de Strauss nació con la propuesta de su libretista Hugo von Hofmannsthal para revivir la obra de Molière, pero, como recuerda González Lapuente en sus notas, añadiendo música incidental y concluyendo con la ópera mitológica Ariadne auf Naxos, con el añadido de personajes de la commedia dell’arte. Como no cuajó la fusión, la cosa se terminó desmembrando, de forma que la suite escuchada ayer adquirió entidad propia. Partitura tan bella, divertida, simpática, sonriente y llena de comicidad como de continuo vértigo para la orquesta, rica en colorido, y más variada que nutrida. Demanda Strauss 2 flautas (con flautín), 2 oboes (y corno inglés), 2 clarinetes, 2 fagots (y contrafagot), 2 trompas, trompeta, trombón, timbales, percusión, arpa y piano, más una cuerda que en apariencia es corta: 6 violines, 4 violas, 4 violonchelos y 2 contrabajos.
Con ese contingente uno puede pensar que la cosa está desequilibrada. Pero eso no ocurre con Strauss, dominador como pocos de los recursos y equilibrios orquestales. La escritura, especialmente (pero no solo) en la cuerda, es extremadamente camerística. Los instrumentistas de cuerda, muy especialmente los primeros atriles, están más expuestos que nunca, porque la escritura es individual (los seis violinistas, por ejemplo). Por añadidura, el bávaro asigna a menudo un protagonista diferente. Sirvan como ejemplo los endemoniados solos encomendados al concertino (creo no equivocarme mucho si digo que se encuentran entre los más difíciles salidos de la pluma de Strauss) o el papel destacado de la trompeta (y después también del trombón) en El maestro de esgrima, en el que luego es al pianista (la pianista, en el caso de ayer) al que le toca la carga, o el de la flauta en muchos momentos. Por resumir, no se libra nadie.
Pons conoce muy bien la obra y, como el músico muy sólido que es, la desgrana con los ingredientes apropiados: transparencia, elegancia, buen humor y rico colorido. Detalles preciosos, como el fino rubato y bellas inflexiones en la Entrada y danza de los sastres, el grácil Preludio del acto II o la sonriente vibración del extenso número final, La cena, pueden ser buenos ejemplos de una interpretación deliciosa y divertida, que es lo que debe ser esta suite.
Respondió con excelente tono la Nacional. Brillaron todos los solistas, pero procede destacar especialmente el sobresaliente papel del concertino Miguel Colom en sus muy largos y, como antes apuntamos, endiablados solos, como también las contribuciones de los solistas de flauta, oboe, clarinete, trompa, trompeta y trombón, más que notables todas ellas. Precioso el solo de chelo en el número final (qué sonido tan bello el de Montserrat Egea, que también había lucido un bello diálogo con Colom en la Courante). Muy conseguido el Presto exultante que corona la obra. Programa de tinte luminoso y sonriente, algo que se agradece en estos tiempos de tinieblas. Estuvo, además, admirablemente realizado y con una triunfadora muy especial en la figura de Valerie Steenken.
Rafael Ortega Basagoiti
Foto: Rafa Martín


