MADRID / Una ‘Bohème’ amplificada y calurosa

Madrid, Patio Central Conde Duque. 10-VIII-2025. Ruth Terán, Pancho Corujo, Borja Quiza, Paula Alonso, Ihor Voievodin, David Cervera, José Ángel Treviño. Piano y dirección musical: Miquel Ortega, Dirección de escena: Emiliano Suárez. Puccini: La bohème.
Esta producción de la inmortal ópera de Puccini, un ejemplo acabado de lo que podríamos llamar un verismo lírico, poético y humanista, estrenada en el Regio de Turín el 1 de febrero de 1896, nació en un garaje en Bilbao, de la mano de Ópera Garage Producciones, en octubre de 2018, impulsada por Macarena Bergareche y Emiliano Suarez. Se ha exhibido en otros escenarios españoles y ahora se ha presentado, con los condicionantes lógicos de un teatro al aire libre, en el patio central del antiguo cuartel madrileño del Conde Duque. Musicalmente funcionó, pese a que no se contaba con un grupo orquestal sino únicamente con un piano, virtuosa y elegantemente tocado por ese buen músico que es Miquel Ortega, asimismo director y compositor.
En todo caso, se podría haber constituido al menos una pequeña orquesta, que evidentemente habría mejorado la función; y, claro, encarecido el presupuesto. Suárez actualiza la acción, como hacen tantas y tantas propuestas de esta hora, y la traslada a nuestros tiempos, lo que produce no pocas discrepancias en una narración que sigue los moldes y costumbres del teatro decimonónico. Pero, bueno, se trata de contar y subrayar hechos y actitudes de personajes, sentimientos y relaciones humanas que, haciendo abstracción de muchas cosas, pueden considerarse de todo tiempo; con reservas.

Dadas las exigencias y carencias, Suárez centra la acción no en una vieja buhardilla, sino en lo que quiere ser un taller mecánico de automóviles, con un deportivo presidiendo la acción. Un fondo geométrico de paneles cuadrangulares sirve de pantalla cromática. Los distintos colores de la gama van reforzando reacciones y acontecimientos. El gran escenario diluye la acción y las relaciones humanas, con lo que se pierde el intimismo que preside la obra; a excepción, claro, del colorista y multitudinario acto segundo en el Café Momus, que aquí no tiene lugar, a excepción del aria de Musetta, que se canta fuera de escena.
Rodolfo es, como en la obra original, un escritor, pero Marcello y Schaunard son mecánicos. Una modificación inesperada que no ayuda mucho a la historia, máxime cuando el primero alude más de una vez a su oficio de pintor. Suárez trata con acierto las vivencias y reacciones de sus criaturas, ayudado, claro, por la maravillosa música que, realmente, no necesita mucho más para que sigamos la peripecia y nos encariñemos con sus criaturas, representadas por unos actores y cantantes que sudaron la gota gorda tras sus atavíos invernales (estamos en un crudo invierno parisino).
La música ayuda a la abstracción y al disfrute, pese a lo dicho. Y aunque, como se comenta, no tenemos más que un piano, enormemente amplificado, se abre en ocasiones la puerta de la magia. Las voces, distorsionadas en buena medida, pero presentes, rayaron a aceptable altura. Mimi fue la soprano lírico-ligera Ruth Terán, buena fraseadora, de rico metal y extensión suficiente. Dijo con propiedad y emoción, aunque sin llegar a la suprema matización que parte del empleo de hábiles reguladores. Convincente en todo caso. De las demás voces destacamos la del barítono Borja Quiza, cuyo timbre se ha oscurecido. Ataques sonoros, frases largas terminantes y redondas. Daba la impresión de que su micrófono tenía más potencia que los de los demás. Inesperadamente, en esta producción su personaje le mete a la ya moribunda, o quizá ya muerta, Mimi una inyección para terminar con ella. Creemos que no viene muy a cuento.

Rodolfo fue cantado por el siempre eficaz y musical Pancho Corujo, a quien le falta una mayor riqueza tímbrica para alumbrar las generosas frases del personaje, empezando por la que inaugura la ópera. Es un lírico-ligero, con vibrato acusado, y aquí se pide un lírico puro, que pueda dotar de carne a tantas frases y acentos enjundiosos. Pero es artista generoso, que además se ventila bien por la zona alta, como demostró en la célebre Che gelida manina y en el final del acto primero. Paula Alonso expresó con gusto el ligero canto de su aria y encajó bien con el resto en su papel de coqueta empedernida, aquí un tanto exagerado. Sólido, compacto, rotundo ese buen bajo cantante que es David Cervera, que expuso con acierto la Vecchia zimarra. No acertamos a saber qué pequeño objeto contemplaba mientras cantaba.
Con una voz un tanto agreste y no exenta de engolamiento defendió Ihor Voievodin la parte de Schaunard, segundo mecánico en este montaje. Lo recordamos en mejor disposición vocal otras veces. Cumplió sobradamente como Benoit el barítono lírico José Ángel Treviño. Todos mostraron su buena disposición y lucharon contra el tórrido calor envueltos en sus ropas invernales. Una aproximación curiosa, con cosas discutibles y alguna contradicción, pues a la genial ópera pucciniana. El calor y la ampulosa amplificación fueron también condicionantes. Pero a la postre, desde un punto de vista musical, hubo cosas de interés. El público, que abarrotaba el recinto, se lo pasó en grande. Hay que dejar a veces los purismos en casa.
Arturo Reverter
(fotos: Sara Cort – Madrid Destino)


