MADRID / Una apabullante Asmik Grigorian firma otro recital para el recuerdo

Madrid. Teatro Real. 30-IX-2025. Ciclo “Voces del Real”. Asmik Grigorian, soprano; Lukas Geniusas, piano. Obras de Chaikovski y Rachmaninov.
El pasado lunes tuvo lugar el primer concierto del ciclo “Voces del Real”, que el Teatro Real propone muchas veces al hilo de la participación de un gran nombre de la lírica en alguna de sus producciones. Así ha ocurrido con el recital dedicado a canciones de Chaikovski y Rachmaninov de la soprano lituana Asmik Grigorian, que está interpretando una Desdemona de antología en el Otello del que aún quedan unas cuantas representaciones.
Asmik Grigorian concita unanimidad respecto a la calidad de su voz de lírica plena, a su técnica irreprochable y a su personalidad. Sin embargo, no son pocos quienes la encuentran algo fría en lo que respecta a la expresión musical. Personalmente me parece una intérprete excepcional y una artista fascinante que me conquistó hace casi diez años desde una pantalla con su Salomé en una exposición sobre ópera en la que no estaban precisados ni intérpretes ni teatros (callaré interesadamente el nombre de la prestigiosísima entidad, no sea que me suban el crédito). En cualquier caso, creo que sus prestaciones resultan imposibles de olvidar –como esa Rusalka que abrió el Real en plena pandemia–, y yo diría que esto les sucede incluso a quienes prefieren a cantantes más expansivos. Creo que ella forma parte de esos grandes artistas que quizá no despierte el entusiasmo inmediato –siempre la admiración, desde luego– pero de quien se toma conciencia de su dimensión después, cuando uno se da cuenta de que su recuerdo perdura en el tiempo, aquilatado en la memoria.
Grigorian es pura intensidad, mucho más que extraversión; es el cuidado en el detalle de cada palabra, del mínimo cambio de sentimiento en el verso; es una intérprete que ofrece tantas luces como la propia alma humana y que no teme hacerlo. Por eso, cuando la pasión desborda, es como si lo hiciera doblemente y por esta razón, el repertorio elegido para este recital junto al pianista también lituano Lukas Geniusas le va como un guante, además de su afinidad evidente con el repertorio eslavo.

A pesar de su innegable talento melódico, Chaikovski no compuso romanzas o lieder para voz y piano hasta casi cumplir la treintena, ya que su empeño principal había sido forjar obras de gran formato. Quizá necesitaba probar y probarse a sí mismo antes que abandonar su vida como funcionario del Ministerio de Justicia –orientación laboral impuesta por su familia– por la carrera de compositor no era una locura. Aunque la razón primera que le impulsó a escribir canciones –de formatos muy variados y que exploran todo el catálogo habitual en la época– fue de orden crematístico, la realidad es que, a través de los poemas, cuya elección era un asunto primordial para él, buscó siempre una expresión propia de los sentimientos que azotan y mueven el alma humana, con predominio de las cuestiones amorosas en todas sus declinaciones, desde la exaltación hasta la desesperación.
La primera romanza fue En el tumultuoso baile op. 30 nº 3, en la que texto y música describen un amor naciente y todas sus dudas en mitad de la multitud, aislando al sujeto enamorado. Grigorian y Geniusas imprimieron un carácter claramente íntimo a esta obra, realzando el hecho de que se trata de un monólogo interior con un fraseo impecable y exquisito. Lástima que no se abriera el piano completamente porque la plena voz de Grigorian no precisa de un cuidado extremo como el que Geniusas tuvo en toda esta primera parte –aunque la escritura de Chaikovski sea más contenida que la de Rachmaninov–. El pianista hizo gala de unos pianissimi impresionantes, pero en ocasiones lo fueron demasiado y sobre todo en una sala como la del Real, aunque esto quedaría subsanado en la segunda parte. Siguió De nuevo, solo como antaño op. 73 nº 6, última canción escrita por el autor antes de su muerte, que permitió a Grigorian expresar todas las tonalidades de la melancolía, siempre con ese punto de contención que refleja la soledad del poema y sin temer la vulnerabilidad impresa en esas lacerantes notas repetidas. Absolutamente emocionante. No, sólo el corazón solitario op. 6 nº 6 es uno de los grandes hits del repertorio ruso. En esta partitura, esa especie de complacencia en el dolor de amor se expresa de manera sublime; Grigorian la tradujo apoyando levemente las mínimas inflexiones con ese magistral uso del fiato para llegar al punto culminante de pasión y desesperación y, tras ese silencio sobrecogedor, recoger velas y volver a la contención del dolor. En Una lágrima tiembla op. 6 nº 4, el poeta se dirige a su amada ausente y espera que sus palabras de amor le lleguen de alguna manera y por eso mismo, ahí Grigorian salió de la expresión íntima sin perder nunca esa elegancia en el fraseo.
Lukas Geniusas interpretó dos piezas para piano también de Chaikovski para permitir descansar a la soprano: la Romanza en fa menor op. 5 y el Scherzo Humorístico op. 19 nº 2. La primera es una deliciosa obra temprana cuya primera sección recuerda enormemente a las Mazurkas de Chopin y contrasta con una segunda más agitada. Quedó claro por qué Grigorian lo ha elegido como acompañante: es tan elegante y tan intensamente expresivo como ella. El Scherzo forma parte de los 6 Morceaux op. 19, dedicados cada uno de ellos a un amigo, en este caso a Vera Timanova, alumna de Liszt y Tausig. Con estos precedentes se pueden imaginar que la obra no carecía de virtuosismo y demandaba una precisión y velocidad en la mecánica de dedos que Geniusas solventó sin inmutarse: lo avalan sus premios en los concursos Chaikovski y Chopin.

La primera parte se cerró con otras dos romanzas, Os bendigo bosques op. 47 nº 5 y No preguntes op. 57 nº 3. La primera es una bellísima oda a la naturaleza como refugio y proyección del poeta, en la que Grigorian pasó de esa intimidad tantas veces evocada –impresionante su forma de decir “montes”, entre temerosa y embelesada– a un despliegue total de medios vocales en una explosión de entusiasmo en la que fue perfectamente seguida por Geniusas. La segunda, también de tono extremadamente apasionado y más expansiva, pero en este caso por oposición, para expresar el dolor de quien debe callar. Grigorian estuvo magnífica en la dosificación de esa tensión que aumenta hasta el desgarro, en un agudo perfectamente doliente pero, como siempre en su hermosa voz, pleno y redondo. Fantástica la compenetración de Lukas Geniusas que, para la segunda parte, abrió completamente la tapa del piano.
Rachmaninov fue el compositor protagonista de la segunda mitad y a quien esta pareja ha dedicado su CD Dissonance, del cual presentaron una selección. Muchas veces impulsado por sus propias historias sentimentales, Rachmaninov mantiene en sus obras para voz y piano ese tono de post-romanticismo exacerbado y ese fulgor que caracterizan otras de sus composiciones, aunque, en opinión de quien escribe, la brevedad obligada le empuja a condensar en un destilado sus mejores cualidades, algo así como en sus Preludios para piano, de los que Geniusas nos ofreció dos ejemplos.
Desde la primera obra, En el silencio de la misteriosa noche op. 4 nº 3 quedó claro que, a pesar de la influencia de Chaikovski sobre Rachmaninov, estábamos en otro universo. Desde esa sexta y esas dos séptimas consecutivas que canta el piano en su breve introducción sentimos que el dramatismo es mucho más explícito, y así nos lo hicieron escuchar ambos intérpretes. Dedicada a un amor no correspondido (parece que una mujer casada de orígenes medio gitanos) contiene todos esos rasgos que hacen de este compositor uno de los favoritos del público, incluida una cierta incontinencia pasional que Geniusas y Grigorian supieron traducir y dosificar magistralmente. La voz de la soprano sonó entre abandonada –ciertas notas un poco parlantes– y poderosa sobre esos acordes recalcitrantes del piano con un fabuloso Geniusas. No cantes, mi amor op. 4 nº 4 se basa en una canción folclórica georgiana de aire terriblemente triste. Fantástica Grigorian en esa especie de recitativo y sobrecogedora al entonar la melodía, con el punto justo de vibrato, al igual que Geniusas efectuando su contrapunto melódico. Crearon un ambiente entre misterioso y doliente realmente sugerente en el que la tensión acumulada nos tuvo en vilo hasta la resolución en ese final pianístico que se va diluyendo. Para relajar el dramatismo llegó ¡Niña! Eres tan hermosa como una flor! op. 8 nº 2, en donde Gregorian nos regaló un momento extraordinario de lirismo, lleno de ternura y luminosidad. En El sueño op. 8 nº 5, esa Grigorian de los pequeños matices se empleó a fondo para resaltar el contraste entre nuestros deseos y la realidad, que venía anunciada en el piano por esa tercera melódica, como un heraldo de la tristeza. Impresionante de delicadeza y de pasión al mismo tiempo.
El opus 14 es un conjunto de canciones con un origen muy poco poético, ya que fue escrito en 1896 para salir de un apuro económico tras un robo en un tren (y no creo que fuera de Renfe), a pesar de lo cual ya encontramos en él algunas de las cualidades más personales del compositor. Agua de manantial op. 14 nº 1 es otro de esos títulos muy conocidos del lied ruso y en el se reúne la típica escritura pianística del autor con sus peculiares y seductoras armonías y esas progresiones que nos arrastran en un torbellino, con una melodía llena de pasión. Para qué queremos más. Ni que decir tiene que se precisa un estupendo pianista para sacarle todo el jugo y Geniusas lo bordó. En cuanto a Grigorian, no tuvo duda en explayarse y dejar correr todo su hermoso caudal vocal e incluso hacer un crescendo sobre el último Mi bemol en el registro medio, sin asomo de empuje, con una emisión perfecta y sin fisuras. Impresionantes ambos en la gestión de esa parte final en la que todo se intensifica y nos brinda un final torrencial. En ¡Oh, no te aflijas! op. 14 nº 8, el desgarro de la separación del ser amado por la propia muerte se tradujo en toda una gama de colores tanto al piano de Geniusas –maravillosa introducción– como en la voz de Grigorian, que nos llevó del dolor tranquilo a la rebeldía en un alarde de fraseo e interpretación, para la que utilizó muy moderada e inteligentemente el registro de pecho en algunas notas graves antes de desplegar unos inmejorables agudos. Terminó este bloque con Te espero op. 14 nº 1, una oda al deseo amoroso de quien espera el reencuentro con el ser amado. Una vez más, Grigorian supo imprimir todo el sentimiento y la pasión sin esos excesos de mal gusto en los que muy a menudo se incurre en esta música con la complicidad de Geniusas, que se marcó una deslumbrante coda.

Para dar un respiro a la soprano, Lukas Geniusas nos deleitó con los Preludios op. 32 nos. 12 y 13 del propio Rachmaninov. El primero, mucho más habitual en los programas de concierto, demanda un mecanismo de dedos absolutamente impecable y un control de la pulsación de total exactitud para obtener esos matices piano y esa ligereza que demanda. El segundo de ellos, de forma más compleja, es un ejemplo acabado del virtuosismo pianístico que caracteriza al autor y desde luego, Geniusas demostró ser un pianista de unos medios realmente fuera de serie. Un placer escucharlo como solista.
Las preocupaciones pecuniarias de Rachmaninov y el amor –a menudo más ligados de lo que el romanticismo demanda– parecen estar en el origen de sus 12 Canciones op. 21, que compuso para pagar su viaje de novios. La descripción de una joven que contempla el anochecer desde su ventana da lugar a una bella y exquisita obra en la que la soprano extrajo todo el jugo a su gran paleta de piani y pianissimi, logrando dotar al texto de todo su misterio. Delicioso el sonido del piano de Geniusas, que jugó con una pulsación completamente cristalina, para adentrarse seguidamnte en unos profundos acordes repetidos con frenesí en el op. 21 nº 7, ¡Qué apacible! y donde la exaltación de Grigorian se paseó de forte en fortissimo y de agudo en agudo con una naturalidad insultante.
Y el dramatismo volvió en Descansaremos op. 26 nº 3, texto que proviene de El tío Vania de Chejov y que promete –con esperanza un tanto dudosa– el descanso tras una vida de trabajo y sinsabores, pero en la que Grigorian llevó a cabo una semideclamación llena de emoción y en la que pudimos disfrutar de sus preciosos graves (hasta un La3). El programa se cerró con Disonancia op. 34 nº 13 una pieza terrible y de una belleza entre extraña y subyugante en la que una mujer vive un amor prohibido y teme no ser correspondida a pesar de su entrega. Escuchar esta obra a esta pareja de intérpretes fue realmente una experiencia turbadora, porque a la zozobra que transmite la expresividad de Grigorian pasando de la fragilidad al reproche y al deseo irreprimible pero forzosamente reprimido, con una cantidad de registros inigualable pero siempre manteniendo una homogeneidad pasmosa en la emisión –qué plenitud en esos agudos–, correspondió un piano realmente admirable que también pasó de la evocación de un pájaro casi siniestro con un peculiar melisma, hasta unos graves casi percutidos sin dejarnos respiro.
Para agradecer el calor de los asistentes, los lituanos eligieron otra canción de Rachmaninov, No me creas, amigo op. 14 nº 7, en la que aparece un motivo temático que luego utilizaría en el segundo movimiento de su Concierto para piano nº 2 y ese uso tan típico del grado napolitano al final. Un condensado del autor en menos de dos minutos, y en el que ambos intérpretes brillaron por igual.
Dice Geniusas que lo mejor de la música se basa en la disonancia, y su partenaire afirma que el sentido de la disonancia en la vida consiste en hacernos ver la luz que no podríamos apreciar si no existiera el dolor. Ambos llevan razón y es una suerte para su público que compartan una visión tan acertada de la música y de la existencia, en total armonía. Un recital memorable.
Ana García Urcola
(fotos: Javier del Real)


