MADRID / Un magnífico Andsnes, con Bihlmaier y la Nacional

Madrid. Auditorio Nacional. Sala Sinfónica. 18-X-2025. Concierto sinfónico 2 de la temporada 2025-26 de la OCNE. Directora: Anja Bihlmaier. Solista: Leif Ove Andsnes, piano. Obras de Brahms y Mahler.
El segundo concierto de la temporada de la OCNE presentaba un programa de esos que atraen sí o sí. Medicina para aquellos quejosos de que “se programa lo de siempre”, porque, les guste a algunos o no, “lo de siempre”, cuando es muy bueno (como era el caso), atrae al personal en masa. En los atriles, el Concierto para piano nº 2 de Brahms y la Sinfonía nº 1 de Mahler. El resultado, llenazo en el auditorio.
Se refiere Irene de Juan en sus notas que, como de costumbre, dan el contexto y la información adecuada, a dos miradas románticas, desde la madurez la de Brahms, y desde la juventud la del veinteañero Mahler. Curiosamente, sin embargo, ambas relativamente próximas en lo que a la fecha de composición se refiere, porque Brahms completó su concierto entre 1878 y 1881, y Mahler escribiría su sinfonía (en apenas tres meses), pocos años después, en 1888. Fechas próximas, diferente fase vital para ambos, diferentes aproximaciones, con el trasfondo literario evidente de Jean Paul Richter (aunque La Grange apunte que el compositor negaba que el título Titán tuviera relación con la novela de este autor) en el caso de Mahler.
Originalidades diferentes, pero originalidades, al fin, desde el atípico comienzo del concierto brahmsiano con un solo de trompa (como también atípico, incluso más, era el comienzo del Concierto para violín de Beethoven con el solo de timbal) al hermoso canon con el que Mahler convierte la inocente Frère Jaques en una grotesca pero emocionante marcha fúnebre, proporcionando una demostración magistral de lo que una sabia instrumentación y un cambio de tonalidad a modo menor puede cambiar en el carácter de una melodía. Menciona oportunamente de Juan las palabras de La Grange sobre la sinfonía mahleriana: «toda la obra está bañada en la atmósfera del romanticismo alemán, y encuentra sus temas y su inspiración en el conflicto permanente entre idealismo y realidad, ilustrado por Hoffmann y Jean Paul”.

Hay pasión a raudales en el concierto brahmsiano, especialmente en los dos primeros movimientos, pero también lugar para el lirismo más emotivo en el andante, en el que Brahms toca la fibra sensible del oyente recurriendo a la hermosa proximidad a la voz humana que el violonchelo permite en el canto de la bella melodía dibujada por el compositor de Hamburgo. Y, en el largo curso del concierto, también hay lugar para el desenfado, a la húngara, del luminoso allegretto grazioso final.
Era el solista de la ocasión el noruego Leif Ove Andsnes (Karmøy, 1970), bien conocido del público. Bien podríamos describirle como un pianista natural, de sólida y excelente técnica, con movimientos relajados, ataques que no aparentan contundencia física, dedos de gran agilidad y alejamiento absoluto de aspavientos y aparato gestual. Pianista inteligente, sensible, mesurado en el pedal, riguroso en el concepto y en su realización. Pudo apreciarse todo ello desde el principio, dibujado con la grandeza adecuada, y siempre con una sonoridad llena, redonda, exquisitamente matizada. Fue muy evidente que los ff quedaban genuinamente diferenciados de grados menores de intensidad, de forma que, las contadas veces en que Brahms demanda ff, resultaron adecuadamente destacados. No siempre ocurre. Demasiado a menudo escuchamos un constante fortissimo sin diferenciar. No en el caso de Andsnes, que dibuja los matices con precisión quirúrgica. Vivo, enérgico, sin precipitar, el allegro appassionato. Bien cantado el Andante (con excelente solo del chelista de la Nacional, Joaquín Fernández). El firmante hubiera preferido algo más de reposo en el tempo, porque se diría que el carácter algo melancólico de la música lo pide, pero es cierto que el empleado era ya incluso algo más lento que el metrónomo prescrito de negra=84. En todo caso, envidiable expresividad de ambos, con Andsnes dibujando buen rubato en los pasajes a solo que mejor lo permitían. Precioso el pasaje più adagio con el solista y los clarinetes, y posteriormente la cuerda, todo ello muy bien matizado por Bihlmaier. Grácil, luminoso, el Allegretto grazioso final, otro movimiento en el que la dinámica quedó estupendamente graduada, que es la forma en la que los ff tienen el impacto que el compositor espera.

Acompañaron Bilhmaier y la Nacional con gusto y ajuste generalmente plausible, aunque aquí y allá hubo algunos ataques no del todo cuadrados entre solista y orquesta, pero ya hemos repetido hasta la saciedad que en esta era de las prisas los tiempos de ensayo de los conciertos con solista son los que son. Creo que fue Rafael Guerra “Guerrita” (aunque hay quien dice que la cosa venía de otro torero, Rafael Gómez Ortega “El Gallo”) el que decía aquello de “lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible”. Pues eso. El éxito fue grandísimo en todo caso, y Andsnes regaló un primoroso dibujo del Preludio nº 8 de Chopin.
Volvía Anja Bihlmaier (Schwäbisch Gmünd, 1978) al podio de la Nacional (sexta vez que lo hace desde su debut con la formación en 2021). Sus repetidas presencias han demostrado que estamos ante una directora de primera, que además parece entenderse muy bien con la orquesta. La germana tiene un gesto claro, fácil, implicado, eficaz, sin exageración, al servicio de unas ideas siempre claras. Su idea musical, como hemos podido apreciar en otras ocasiones, tiene solidez y sensibilidad, y consigue llevar a la orquesta por la senda que ha diseñado. Una directora, en fin, de garantía. Armó una Primera de Mahler que nos trajo, con buena paleta de matices y siguiendo con acierto las inflexiones de tempo que tan a menudo demanda Mahler, ese gran y variado fresco que el joven compositor bohemio escribió de manera magistral, desde las luces del amanecer primaveral del primer movimiento hasta la arrolladora tempestad del último (muy apropiadamente marcado como “tempestuosamente agitado”), pasando por esa maravilla que es la precitada marcha fúnebre del tercer movimiento (con su colorista y popular charanga intermedia), y la decidida energía del vigoroso scherzo.

Creo, por referencias que me llegan, que la respuesta de la Nacional fue más redonda en el concierto del viernes que en el que se comenta del sábado. En este, brilló la cuerda, redonda, empastada y ágil (presidida en la ocasión por el concertino invitado Enrique Palomares), con excelente intervención del solista de contrabajo Guillermo Sánchez Lluch, que dibujó de forma sobresaliente el comienzo de la precitada marcha fúnebre. Acertada también la sección de violas en el comienzo de la coda del último movimiento. Plausible la madera, aunque en algún pasaje la entonación pudo haber sido algo más precisa. Correcto empaste y redondez en las trompas en los pasajes más intensos, no tanto en los más apianados, menos ajustados y precisos. Excelentes trombones, tuba y percusión. Precisas en la ejecución las trompetas, aunque para quien esto firma con notable exceso de volumen, que en más de una ocasión llegó a tapar al resto de secciones.
El éxito, en todo caso, fue grandísimo. Y lógico. La obra despierta gran y justificado entusiasmo, y Bihlmaier consiguió una interpretación muy notable.
Rafael Ortega Basagoiti


