MADRID / Un ‘Jugar con fuego’ paralelo

Madrid. Teatro de la Zarzuela. 25-III-2026. Ruth Iniesta, soprano. Alejandro del Cerro, tenor. José Antonio López, barítono. David Lagares, bajo-barítono. Manuel de Diego, tenor. Javier Povedano, barítono. Zaira Montes, actriz. Coro Titular del Teatro de la Zarzuela. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Dirección musical: Álvaro Albiach. Dirección de escena y versión: Marina Bollaín. Barbieri: Jugar con fuego.
Una joya lírica que destila belleza, verdad y humor, ausente del Teatro de la Zarzuela durante veintiséis años, recala nuevamente en su escenario en una nueva producción dirigida en esta ocasión por Marina Bollaín, con catorce funciones y doble reparto. Estamos ante una de las obras clave del desarrollo posterior de nuestro género, Jugar con fuego, de Francisco Asenjo Barbieri.
¿Quién iba a decirles a Ventura de la Vega y a Barbieri que, jugando con fuego, no solo se iban a quemar, sino que iban a avivar la llama de nuestra zarzuela, creando un modelo que estimularía a otros autores españoles a dedicarse a este género y que serviría de referencia fundamental para creaciones posteriores de gran éxito? Con Jugar con fuego, la soñada zarzuela en tres actos, la zarzuela grande se bautizaba y confirmaba.
Los periódicos del 6 de octubre de 1851 anunciaron que aquella noche se daría en el Teatro del Circo una zarzuela nueva en tres actos. Había gran expectación: “Entre los aficionados se hablaba mucho de las novedades que encerraba la zarzuela y el teatro se llenó de público elegante, señorial e inteligente, así es que al empezar la representación el aspecto del Circo era imponente”.
En el año de 1851, el libretista de Jugar con fuego, Ventura de la Vega (1807-1865) era un autor teatral muy acreditado gracias a su famosa comedia El hombre de mundo y a su drama histórico Don Fernando de Antequera, además de personaje muy conocido por sus relaciones sociales y políticas, entre las que se encontraba la familia real y la más alta aristocracia. En ese mismo año, el músico madrileño Barbieri había estrenado ya las zarzuelas Gloria y Peluca, Tramoya y La Picaresca, esta última escrita junto a Joaquín Gaztambide. La colaboración de estas dos figuras se produce por intercesión real, pues será la propia reina Isabel II quien las una. Ventura de la Vega nunca había escrito para la música, pero accede a la petición. Entre las muchas obras francesas que almacena en su biblioteca elige La condesa de Egmont, comedia u oscuro vaudeville sobreLancelot, y en pocas semanas la “fusila”, adaptándola a situaciones y personajes españoles, y la mejora de tal modo que deja la obra perfilada con el título de Jugar con fuego, zarzuela tan superior a la del vaudeville francés como lo son a la vil prosa de éste los bellísimos versos de aquella. Baste decir que el amor delicado y puro de la Duquesa de Medina en la composición española, se convierte en la francesa en una cosa que no puede decirse decentemente en castellano. La obra no solo tuvo éxito durante diecisiete noches consecutivas, sino que continuó por muchos años alcanzando la inmortalidad que la lleva a ser representada hoy, marcando además un nuevo estilo dramático musical en nuestro género.

Algo también debemos decir de la partitura. Aunque no es la mejor de Barbieri y está muy influida todavía por la ópera italiana (constantes guiños a Rossini o Donizetti) con escasa aportación de la música popular española, tiene méritos de sobra para continuar en activo y ocupar un puesto de honor en la historia de nuestra zarzuela. El italianismo de Barbieri fue escaso y pasajero, y cabe recordar que el músico madrileño trajo al acervo musical común español otros acentos, otra expresividad.
De los doce números que la componen, podemos destacar en el acto primero la escena y aria del Marqués, cuya música fácil y pegadiza describe muy bien al ridículo personaje; la romanza del tenor ‘La vi por vez primera’, de elegante línea y sencillo desarrollo; y, sobre todo, el dúo de tiple y tenor ‘Hay un palacio junto al prado de San Fermín’ que se inicia con un aire de bolero y en el cual la melodía juega siempre con dos semicorcheas entre corcheas, obteniendo un efecto muy gracioso que se mantiene en la segunda sección, ‘Yo la asisto, yo la visto’, sencilla y agradable de oír. En el acto segundo, sin desdeñar el coro murmurador palaciego, muy italiano, destaca el dúo del billete entre tiple y barítono, en el que Barbieri demuestra su maestría en la combinación de orquesta y voces, y en la variedad temática utilizada, y el soberbio concertante final, de excelente factura propia de la gran ópera, donde el tenor ha de cantar frases muy valientes y dramáticas, y donde el juego de voces y orquesta, con bellas melodías, se entreteje magistralmente. Del acto tercero, aparte del simpático personaje de Antonio (‘No soy sastre, señores’, sobresale la bellísima romanza de la tiple ‘Un tiempo fue que en dulce calma’, de delicada melodía, que ocupa uno de los primeros puestos entre todas las de nuestro género, y la escena cómica del Marqués de Caravaca con el coro de locos, única e incomparable dentro de la historia de la zarzuela, que despliega gracia a raudales sobre una fórmula aparentemente seria.
Marina Bollaín firma un montaje en el que la trama se traslada a un estadio de futbol como escenario de la lucha de poder y la desigualdad de clases, es decir, cambia el escenario y actualiza la historia, pero se mantiene intacta la música y sustancialmente el mensaje y el enredo amoroso. En este caso se hace evidente que el libreto original de Ventura de la Vega le sirve de guía para hacer un libreto de creación propia. Lo que antes ocurría en el Palacio del Buen Retiro, aquí sucede en el palco de honor de un estadio de futbol donde se reúne la élite económica, política y mediática junto con las clases populares. La relectura que hace Bollaín de la obra no deja de ser inteligente y audaz, aunque algo desconcertante por su falta de esteticismo. Pero resulta divertida, y a juzgar por la actitud mayoritaria del público, bien recibida aunque con algún desacuerdo.
Este Jugar con fuego cuenta con un excelente reparto, tanto en lo vocal como en lo teatral, encabezado por la soprano Ruth Iniesta, que aborda el personaje de la Duquesa de Medina con emoción y seriedad, segura y firme, bien entonada desde su primera intervención. La soprano nos regaló con excelente brillantez y delicadeza su romanza del tercer acto rematada con un afinado sobreagudo que culminó en el largo y sostenido aplauso del público del estreno.
Alejandro del Cerro, tenor de buen centro y voz bien empastada, se hizo con el rol del joven y distraído Félix, acertado en su romanza del primer acto, de elegante línea. Denso y seguro el barítono José Antonio López como Marqués de Caravaca, algo tenso en algún pasaje, pero bien resuelto. Convincente David Lagares como bajo-barítono, rotundo y flexible en el rol del Duque de Alburquerque. Buena interpretación del tenor Manuel de Diego como gracioso, Antonio amigo de Félix. Añadir la notable intervención del barítono Javier Povedano como Ultra en esta adaptación, equivalente al personaje de Loquero en la versión original, y excelente la actriz Zaira Montes como Condesa de Bornos.
Buena intervención del coro titular, preparado por el maestro Antonio Fauró, y de la Orquesta de la Comunidad de Madrid, bien dirigida desde el podio por Álvaro Albiach, que superó unos primeros momentos desajustes para finalmente exhibir la partitura de Barbieri con corrección y buen cuidado.
Manuel García Franco
Foto: Elena del Real


