MADRID / Un deslumbrante Lugansky entusiasma en Madrid

Madrid. Auditorio Nacional. 6-V-2026. Ciclo de Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo. Nikolai Lugansky, piano. Obras de R. Schumann y R. Wagner (transc. piano Lugansky y Liszt).
Quiere la casualidad que, al día siguiente de este recital, probablemente cuando esta reseña se publique, se cumplan justamente cuarenta años del primer recital del ruso Nikolai Lugansky (Moscú, 1972). El recital en cuestión tuvo lugar en la sala Rachmaninov del conservatorio moscovita, un 7 de mayo de 1986. Fue registrado por el sello ruso Melodiya, llegó a nuestras manos hace un par de años y fue comentado por el firmante desde estas páginas.
Cuando Lugansky era un chaval, su maestra, la inolvidable Tatiana Nikolayeva, afirmó sobre él algo rotundo: “Hay una verdadera maravilla entre mis jóvenes alumnos de la Escuela Central de Música del Conservatorio de Moscú. Me refiero a Nikolai Lugansky, de trece años. Asegúrense de memorizar este nombre. Tiene un gran futuro por delante”. El tiempo ha demostrado cumplidamente lo acertada que estaba la legendaria pianista rusa. Lugansky es un pianista de medios formidables y un músico de una solidez y sensibilidad indiscutibles.
El programa presentado se centraba en autores que han ocupado sus dos registros discográficos más recientes: Schumann y Wagner, este último, claro está, en forma de distintas transcripciones pianísticas de música procedente de sus óperas. Del compositor de Zwickau, Lugansky interpretó las Escenas infantiles op 15 y la Humoreske op 20. Schumann había figurado en aquel primer recital del adolescente ruso, bien que con obras diferentes (Variaciones Abegg y Carnaval de Viena). El de Zwickau siempre es músico de rara complejidad en las texturas, a menudo de intrincado desentrañamiento. Es interesante lo que el propio Lugansky apuntaba a mi querida Ana García Urcola en la excelente entrevista publicada hace muy poco en Scherzo: “Cada vez que lo tocas se convierte en una música diferente, como si tuviera una existencia propia en cada momento: exactamente esta, en ese instante preciso, ni antes ni después. Podríamos decir que es algo propio de los grandes compositores en general, pero esta condición es aún mucho más patente en su caso.” Tanta razón.
Abría el programa la serie de trece pequeñas pero encantadoras páginas que componen las Escenas de niños Op. 15, compuestas en 1838. Sin duda no pretendidas para para ser interpretadas por niños, pero si para acercarse a ellas con sencillez y, en muchos momentos, llamativa ternura. Piezas como el número inicial (De gentes y países extraños), con su nostálgica evocación, o la famosísima Rèverie (Ensueño) se han hecho bien famosas con toda razón, porque Schumann consigue la quintaesencia de la poesía condensada con una concisión extraordinaria. Lo que se viene a la cabeza tras escuchar a Lugansky es, por encima de todo, la palabra sencillez. Una sencillez natural, fácil, al servicio de un canto de fina expresividad, un sonido tan lleno como cuidado (y obtenido con magia singular del piano del auditorio, que ya sabemos que no goza de la mejor salud) y un acertado dibujo de lo que tienen estas piezas de poesía.
Quedó todo ello patente desde el delicioso principio del primer número, Gentes y países extranjeros, que encontró buen contraste con la grácil animación del segundo, Una historia curiosa. Incluso la simpática caricatura de lo grandilocuente en la sexta, Un acontecimiento importante tuvo su más adecuado retrato. Hermosa, otra vez dibujada con una expresividad tan natural como evocadora, la más famosa de la colección, Ensueño, y de una delicadeza exquisita la que cierra la colección, Habla el poeta.
Otro cantar bien diferente es el de la Humoreske op. 20, escrita en 1839. Página peculiar, que nos trae un estado de ánimo que bien podría considerarse extraño, hasta desconcertante. Un caleidoscopio de estados de ánimo continuamente cambiantes, a veces con idas y venidas sorprendentes. Y al mismo tiempo un campo de fantasía fascinante, con muchos momentos de la mejor música pianística salida de la pluma de Schumann. Pero henos aquí, una vez más, ante el espinoso asunto del complejo desentrañamiento de las tramas y texturas planteadas por el autor del Carnaval. Secciones bien enlazadas que siguen un esquema muy libre, que ni es sonata, ni suite, ni sigue el formato cíclico de sus colecciones de miniaturas. El propio Lugansky se refiere a ella, en la entrevista citada, como una música casi mística, secreta. Quien esto firma concuerda absolutamente con esta visión. Es casi un enigma que se escapa. Dice el ruso que “sólo hay un instante en la coda que resulta más extravertido, pero es algo prácticamente simbólico. Es la obra más enigmática, claramente. Y eso supone que no podemos tener la certeza de haber encontrado la solución interpretativa”.
Una vez más, con esa facilidad tan envidiable como (para el resto de los humanos realmente inverosímil), Lugansky penetró en la intrincada y cambiante trama como el que unta un poco de mantequilla. Los contrastes, los cambios jamás sonaron forzados, como si el ruso hubiera absorbido la esencia del discurso y sus sorprendentes cambios de forma tan —otra vez la palabra— natural que nos lo hiciera llegar como si el asunto no encerrara complicación alguna. Pero vaya si la encierra. Y, sin embargo, allí estaba el maravilloso canto del Einfach inicial, el ímpetu del Sehr rasch subsiguiente, la vibrante vitalidad de la segunda sección (Hastig), el contraste tan estupendamente planteado entre el amable encanto de la tercera (Einfach und zart) y su parte central, el Intermezzo turbulento y hasta obsesivo. Allí estuvo también el sorprendente pasaje grandilocuente (Mit einingen Pomp) y, casi en el colmo del desconcierto, el tramo final (Zum Beschluss), que cuando parece dirigirse a una calma que parece responder a esas palabras de Lugansky (“casi mística”) sorprende con un inesperado arrebato final de 12 compases en allegro. Interpretación magnífica, por lo atinado y fino de ese desentrañamiento, y por la ejecución, de una perfección extraordinaria, siempre ofrecida con ausencia total de aparato de ningún tipo. Lugansky es de una sobriedad gestual que, por momentos, se diría Sokoloviana. Ni falta que le hace. Sobra con lo que sale del piano que está tocando.
Wagner, después. Reconoce Lugansky, en el folleto de su grabación de 2023 íntegramente dedicada a la música de este autor, que Wagner siempre le ha fascinado. Pero su empeño ha ido más allá de recurrir a las numerosas transcripciones wagnerianas realizadas por Liszt u otros autores. Como él mismo comenta en la entrevista citada, “ha cogido el lápiz” y se ha puesto a transcribir. Después del concierto reconoció, a quien firma estas líneas, haber estado trabajando estas transcripciones, a caballo con un porcentaje no desdeñable de improvisación (sí, yo también levanté las cejas), antes de la trabajosa (muy trabajosa, en sus palabras) tarea de llevarlas al papel, porque, como él mismo resalta una y otra vez, “lo que funciona en el papel a veces no es ejecutable, y lo que es ejecutable, a veces no funciona en el papel”.
La tarea habrá sido trabajosa, no cabe duda. Muchísimo, a juzgar por la asombrosa complejidad de lo escuchado (para empezar, uno empieza por preguntarse qué es inejecutable para este hombre, madre mía). Pero no cabe duda de que el esfuerzo se ha visto coronado por un éxito indiscutible.
En este recital ofreció Lugansky su transcripción de cuatro escenas de El ocaso de los dioses (El Dúo de amor de Brünnhilde y Siegfried del prólogo de la òpera, el Viaje de Sigfrido por el Rin y dos fragmentos del tercer acto: La Marcha fúnebre de Siegfried y el final de la obra y de la tetralogía, la Inmolación de Brünnhilde). Cerraba el recital la transcripción que Franz Liszt realizó de la Muerte de Isolda, una obra maestra donde las haya de ese arte transcriptor.
El mejor resumen que se puede hacer de lo escuchado es que es difícil llevar al teclado esa opulencia orquestal wagneriana con más riqueza y apropiada escritura que la conseguida por el ruso. El uso de arpegios, escalas, trémolos, siempre pareció enriquecedor, nunca intrusivo ni recargado, y puesto al servicio de la traducción más fiel posible del ámbito orquestal en el teclado, con efectos bellísimos, tanto por los medios citados como con el pedal (¡qué empleo tan maravilloso de los pedales tiene este hombre!). Endiablada dificultad de unas transcripciones tan hermosas como de admirable factura, que nos llevaron a la efusiva pasión de ese Dúo de amor de Brünnhilde y Siegfried, la espectacular vibración del Viaje de Sigfrido por el Rin o la apabullante contundencia y dramatismo de la Marcha fúnebre de Siegfried (tremenda intensidad la de este fragmento, extrayendo un poderío que se antoja casi imposible con el piano en esas condiciones). Espeluznante la escena final del Ocaso, la Inmolación de Brünnhilde. Lugansky lleva al piano toda la tensión y apabullante monumentalidad de la colosal escritura wagneriana. Y luego la ejecuta con esa facilidad que hace que uno se frote los ojos preguntándose si aquello es realmente tan sencillo como parece en sus manos (ya les digo yo que no; más bien se antoja imposible). Asombroso.
Tras esas transcripciones del Ocaso, nadie mejor que ese otro enorme transcriptor de Wagner que era su propio suegro, Franz Liszt. La transcripción de la Muerte de Isolda es un prodigio de escritura lisztiana, y Lugansky la dibujó con toda la efusión apasionada y la tensión que necesita, incluido un pp subito magistral justo antes del clímax. Maravilloso.
El público, desgraciadamente (inexplicablemente, más bien), no llenaba el auditorio. Pero quienes estaban explotaron, muy comprensiblemente, con un entusiasmo tan lógico como incontenible. Y Lugansky, siempre sencillo, natural y cercano, regaló tres perlas más, tres razones más para el asombro: la Romanza sin palabras op. 67 nº 2 de Mendelssohn, maravillosamente cantada, la Fantasia-Impromptu op 66 de Chopin, de un virtuosismo elegante y un fraseo bellísimo en su sección central, y el Preludio op. 23 nº 7 de Rachmaninov (el compositor fetiche del ruso), despachado con una facilidad imposible y con una expresión tan bella como, una vez más, sencilla y natural. Cuánta razón tenía la gran Nikolayeva. Lugansky es un pianista enorme. A muchos no nos cabía duda de ello. Hay que suponer que este inolvidable recital habrá borrado cualquier asomo de duda que restara al respecto.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Álvaro Panda)


