MADRID / Un Chamayou excepcional, gran protagonista en el homenaje de la Nacional a Falla

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 24-IV-2026. Concierto sinfónico 18 de la temporada de la Orquesta y Coro Nacionales de España. Director: David Afkham. Solistas: Bertrand Chamayou, piano. María Toledo, cantaora. Obras de Falla.
En unos meses (noviembre) se cumplirán 150 años del nacimiento de uno de los más ilustres compositores españoles, y sin duda de los más conocidos y celebrados internacionalmente, el gaditano Manuel de Falla. Apunta muy acertadamente Elena Torres, en sus excelentes notas al programa, que la música de Falla “mantiene hoy plena vigencia, tanto por la tensión intemporal que plantea entre polos opuestos –tradición y modernidad, lo culto y lo popular–, como por su capacidad de seguir interpelando –y emocionando– al oyente contemporáneo.”
Más que justo es, por tanto, que la Orquesta Nacional recuerde al gaditano como merece. Y no cabe duda de que lo está haciendo a fondo. En el decimocuarto concierto sinfónico de la temporada pudimos escuchar ya la segunda suite de El sombrero de tres picos, que posteriormente sonó en la gira por Alemania y Austria y volverá a hacerlo este verano en el esperado debut de la formación en los Proms londinenses. Hemos oído también, hace pocos días, El retablo de maese Pedro, dentro del ciclo “En familia”. El colofón de tan cumplido homenaje lo constituye el monográfico que ha ocupado este decimoctavo sinfónico, presidido por dos obras muy populares, Noches en los jardines de España y El amor brujo, ésta en su versión final de 1925. Menos frecuentada es Homenajes, la suite en la que Falla rinde tributo a cuatro figuras cercanas: Enrique Fernández Arbós (director que, entre otras cosas, presidió el estreno de Noches), Claude Debussy, Paul Dukas y Felipe Pedrell. Y sin duda la novedad más singular era la obra que abría el concierto: la Fantasía baetica, originalmente para piano solo, en la versión para orquesta elaborada en 2022 por el valenciano Francisco Coll por encargo del Festival de Aldeburgh y estrenada en 2023 en dicho certamen.

Nos dice al respecto Elena Torres que “Coll proyecta el virtuosismo pianístico hacia una dimensión sinfónica. En ella, el autor preserva el carácter rítmico y casi percusivo de la escritura falliana, pero sitúa la obra en una magnitud sonora plenamente contemporánea.” Quien firma estas líneas está bastante de acuerdo con el carácter general de la afirmación. La orquestación de Coll es muy rica, incluyendo 2 flautas (ambas equipadas para alcanzar el si grave), flautín, 2 oboes, corno inglés, 2 fagots, contrafagot, 2 clarinetes, clarinete bajo, 4 trompas, 2 trompetas, trompeta piccolo, 3 trombones, tuba, percusión muy variada (3 ejecutantes para un total, si no falla mi recuento, de trece instrumentos, más un cuarto ejecutante a cargo de los timbales), arpa, cuerda y piano. Alguno puede pensar incluso que esta percusión podría ser aligerada. Y quizá no le faltaría razón. Para el que suscribe, Coll acierta en la asignación de papeles a los distintos instrumentos y no se aleja ni reinventa el original. Dirigió Afkham con acertados contrastes y buen manejo de las inflexiones rítmicas, las que ponen la sal andaluza a esta bella partitura, a una Nacional que respondió con notable calidad general y estupendos solos de flauta (espléndido Álvaro Octavio toda la tarde), fagot, clarinete bajo y trompeta piccolo, con Manuel Blanco luciendo excelentes matices.
Cabe también coincidir con Torres en que Noches es una de las partituras más evocadoras de Falla. La belleza etérea de los dibujos que se nos sugieren desde En el Generalife es la mejor demostración de la magistral combinación que Falla consigue del lenguaje más próximo al impresionismo con una música que nos lleva, de forma muy evidente, a la magia andaluza. Partitura con una parte solista de más que notable dificultad para el pianista de turno, y de intrincado encuadre, porque los infinitos cambios e inflexiones de tempo prescritos por Falla hay que ajustarlos. Y eso, por muy bien que orquesta y solista se sepan la partitura, es extremadamente complejo cuando, como es bien sabido, las obras concertantes gozan estos días del tiempo de ensayo más que tasado (ojo: aquí y en todas partes, no es circunstancia exclusiva de esta orquesta ni de este ciclo).
Más allá del ataque inicial, no del todo fino, Afkham dirigió con corrección una versión no especialmente rica en la evocación, en la que destacó la brillante labor de ese formidable pianista que es Bertrand Chamayou, incluso por encima de las ya conocidas (y reiteradas desde estas líneas) limitaciones del piano del Auditorio, que clama por un pronto reemplazo desde hace tiempo. Chamayou manejó con exquisito acierto colores, matices, inflexiones y hasta eso que se suele llamar “sabor” español. Lástima que ese encuadre con la orquesta no del todo conseguido en algunos ataques no quedara ajustado del todo. Respondió muy bien, más allá de este aspecto, la Nacional, con buenos solos de flauta y clarinete. Interpretación recibida calurosamente, que nos permitió disfrutar, además, de un regalo extraordinario: Chamayou ofreció una interpretación magnífica de la Alborada del gracioso de Ravel, el cuarto número de la suite Miroirs, de sabor inconfundiblemente español. Los medios técnicos del francés son excepcionales y le permiten afrontarla con insultante facilidad incluso a mayor velocidad de la habitual, aunque el que suscribe la hubiera paladeado (algo muy personal) incluso más con un punto menos de rapidez. Minucias. Fue un regalo maravilloso.

Abría la segunda parte la suite Homenajes, escrita en 1938-39 sobre tres Homenajes escritos previamente, a Debussy (1920, originalmente para piano), Arbós (1933) y Dukas (1935, también originalmente para piano), a los que añadió el cuarto, dedicado a su maestro Felipe Pedrell, en ese año 1938, el movimiento más extenso de la partitura. Obra que, de las escuchadas, es la menos conocida y la menos cercana al sabor español que apreciamos en Noches, Fantasía baetica o El amor brujo. Lo que, por lo demás, es una simple acotación y en absoluto sugerente de demérito alguno, porque la sabiduría orquestal del gaditano, su capacidad de sugerir sensaciones y climas, es indiscutible. Desde la brillante fanfarria dedicada a Arbós a la alternancia de lo festivo con la ternura desplegada en Pedrelliana, la música tiene evidente encanto, aunque no haya gozado del gancho que tienen El amor brujo o El sombrero de tres picos. Dirigió Afkham con bien trazado ritmo y plausible colorido, obteniendo una respuesta notable de la Nacional. Hubo también en esta pieza, contribuciones destacadas, y es justo mencionar la impecable pulcritud de las trompas en la Pedrelliana final, con mención especial para su solista.
Cerraba la velada El amor brujo, obra archiconocida, que se ofreció en la versión final de 1925. Es perfectamente lógico que, para una obra de raíz tan flamenca, originada en su versión inicial para Pastora Imperio, y que en esa misma versión llevaba el subtítulo de Gitanería, la voz se encomiende a una cantante del mundo flamenco o muy cercana al mismo. Estrella Morante o Rocío Jurado la han grabado (ambas con la Nacional, bajo las batutas de Pons y López Cobos), pero también lo ha hecho Teresa Berganza, cantante excepcional donde las haya no perteneciente a ese ámbito. Uno tiende a inclinarse, en esta música, por la aspereza de una voz de ronco timbre como el de María Toledo, que aportó el sentimiento y pasión que se espera para el papel. Otra cuestión es que pueda gustar más o menos el hecho de amplificarla con micrófono. Puede entenderse desde la perspectiva del balance de volumen frente a una orquesta no pequeña, pero lo cierto es que se puede simpatizar igualmente con la preferencia por dejar, en este caso, la electrónica de lado.

La Nacional, desde su fundación, ha tocado esta obra centenares de veces, así que no es de extrañar que mostrara una soltura más evidente que en el resto del programa. Dirigió Afkham con rotundos acentos y bien trazados ritmos (como en la Danza del terror o la Danza ritual del fuego), adecuado clima de misterio (así en la segunda parte del primer número, En la cueva), sugerente atmósfera de melancolía (El círculo mágico) e indiscutible brillantez sonora, para conseguir una interpretación notable. Brillaron muchos de los solistas: flauta, oboe (Danza ritual del fuego, en la que también se lució el clarinete), trompeta (Pantomima, donde también destacó el solo del concertino, Miguel Colom). Un justo y bien armado homenaje a don Manuel, que fue bien recibido por el público.
Rafael Ortega Basagoiti
Foto: Rafa Martín


