MADRID / Un Bruckner correcto en el segundo concierto de Shani con la Filarmónica de Múnich

Madrid. Auditorio Nacional. 4-II-2025. Ibermúsica 24/25. Orquesta Filarmónica de Múnich. Director y solista: Lahav Shani. Obras de J.S. Bach y Bruckner.
Bien distinto el segundo programa madrileño de la Filarmónica de Munich. Se abría con el Concierto BWV 1052 de Bach, adaptado para teclado por él mismo desde el original para violín, que no ha sido encontrado y ha tenido que ser, como bien señala Pablo L. Rodríguez en sus notas, reconstruido (el BWV 1052R, que escuchábamos no hace mucho en las manos de la violinista Amandine Beyer y su grupo Gli Incogniti). No deja de ser una paradoja que el concierto para teclado más popular del catálogo bachiano sea uno que en realidad… era para violín. Apunta con acierto Rodríguez que, aunque hoy lo escuchamos en el clave, gracias a la bienvenida tendencia historicista en ese repertorio, el concierto ha tenido intérpretes ilustres en el piano moderno, entre los que cabe recordar no solo a Gould o a la gran especialista que fue Rosalyn Tureck, sino a otros pianistas de leyenda, incluyendo a cierto Sviatoslav Richter.
Composición muy italianizante dentro del catálogo bachiano, que Lahav Shani afrontó combinando los papeles de solista y director, con un orgánico de cuerda (6/6/4/2/1) razonablemente nutrido para enfrentarse a un gran cola. Desde el piano, Shani desplegó un mecanismo muy seguro y ágil, aunque no siempre de lograda nitidez (los tempi vivos, muy adecuados para la sonoridad recortada del clave, no ayudan tanto en el piano moderno). En el difícil equilibrio entre matizar sin exagerar para no caer en romanticismos y extremar esa contención a riesgo de parecer mecánico y aséptico, quien esto firma tiene la sensación de que el resultado, impecablemente correcto, se inclinó más hacia lo segundo, y quedó como algo muy medido y bien colocado, pero carente de sutiles inflexiones y de la subsiguiente emoción que de ellas debiera haberse derivado. Como cabía esperar con tal aproximación, se aplaudió con más simpatía que entusiasmo.
Aguardaba tras el descanso un miura de cornamenta bien afilada. Lo son todas las sinfonías de Bruckner, pero la Novena es un morlaco de los de tente mientras cobro. Difícil construcción, complicada aprehensión y abigarradas texturas. Pero, quizá por encima de todo, discurso de no fácil desentrañamiento. Porque en esta música se dan la mano el anhelo (finalmente no consumado) de completar la obra, con la despedida de su propia vida, humildad de esa misma vida, incluso progresos posibles que a la postre resultan frustrados, como en esa inmersión en la ambigüedad tonal que a saber dónde habría conducido a Bruckner de haber vivido para seguir el camino. Hallamos la grandeza habitual de su música, pero con una solemnidad (muy evidente en ese tremendo Adagio final) que se impregna también de una amarga tristeza y de una serena resignación. Más allá de que Bruckner quisiera o no, como apunta Rodríguez, pasar a la historia como un profano sinfonista, pese a su carácter indiscutiblemente religioso, puede parecer difícil para muchos, y también para quien esto firma, no apreciar un cierto trasfondo de fe en la culminación de ese movimiento, que parece aceptar, con resignada serenidad, el final próximo de su propia vida. Piedra de toque de mucho calibre, en fin, para cualquier director, y más para uno como Shani que, aunque empezó su andadura profesional ya hace algo más de una década, no deja de encontrarse en los primeros estadios de su carrera.
Situó Shani a los 8 contrabajos en una sola hilera, en la parte central del escenario y en el escalón más alto, por encima de los metales y a la izquierda de los timbales, ubicados en la esquina superior izquierda según la perspectiva del público. Señalo este detalle porque no es la colocación más habitual (salvo la que se escucha a la Filarmónica de Viena en el Musikverein), pero evidentemente habla, en lo que a Shani se refiere, de un planteamiento claro, por su parte, de la perspectiva sonora buscada. El israelí, como ayer en el primer concierto, se expresó con un gesto que va más dirigido a expresar que a marcar, siempre bastante por delante de la orquesta, y con una intención decidida y diáfana, aunque no ortodoxa ni, desde luego, con especial encanto en cuanto a la estética en el podio que tienen otros colegas (sin ir más lejos, quien nos visitó la semana anterior, Mäkelä).

En líneas generales, lo que oímos respondió, en buena medida, a las virtudes desplegadas por el director israelita en el primer concierto. Planteamiento y construcción correctos, buena clarificación de la nada fácil textura, conseguido equilibrio de sonido y más que plausibles transiciones y juegos de tensiones, con buen aprovechamiento de los silencios y pausas, exprimidos con buen resultado en cuanto a lo que es su propósito último: servir no solo de reposo, sino de expectativa, de tensión ante lo que vendrá después. Otra cosa, naturalmente, es el grado en que el planteamiento alcanza la medida especial de lo inspirador que, con esta misma orquesta, hemos podido apreciar con alguno de los grandes maestros mencionados en la reseña de ayer.
Inició Shani el primer movimiento (Feierlich, misterioso) con serenidad y buen matiz, y llevó con buen tino la música hasta el afirmativo fff que marca con rotundidad la aparición del enérgico y también dramático primer motivo. Bien dibujado también el canto del segundo motivo, sobre la indicación langsamer (más lento). Hubo momentos en que pudo haberse conseguido más misterio (la reiteración del segundo motivo en los clarinetes, por ejemplo), pero el clímax estuvo bien conseguido y la coda plausiblemente armada (aunque el pp de inicio pudo haber sido más adelgazado y generado así más tensión). Final decidido, con buena sensación de grandeza.
Vivo, ligero, el Scherzo, muy bien presentado por la orquesta, con un Trio bastante vivo, en el que los violines primeros, impecables toda la tarde, tuvieron algún pasaje muy breve de pequeño desajuste. El canto de esa sección, junto a los chelos, más avanzado el curso del movimiento, fue un momento de especial belleza.
Y el movimiento final, el monumental Adagio (dado que Bruckner no completó el último tiempo, y los repetidos intentos por completarlo han tenido, la verdad, escaso éxito), es donde el miura más amenaza con sus afilados cuernos. Bruckner pide, de inicio, un ataque enérgico, amplio, sobre la línea de los primeros violines, para esa música que se mueve en una ambigüedad tonal que tiene en ella algo de atormentado. Pareció, en esta ocasión, quedar algo corto de tensión ese motivo, y ocurrió después también en su reiteración. Trajeron más voltaje los pasajes encomendados a la cuerda grave, y tuvo estimable solemnidad el coral que trompa y tubas wagnerianas presentan al final del primer grupo temático. Construyó Shani con más corrección que intensidad emocionante el clímax que Bruckner consuma con un acorde tremendo, abiertamente disonante, de esos que hieren por lo descarnado. Tuvo el escuchado ayer muy buena intensidad, pero casi más que el acorde, se consiguió buen efecto prolongando adecuadamente el silencio (con calderón) siguiente, antes de un final más sereno donde, significativamente, adquieren protagonismo los metales (trompas y tubas wagnerianas, trombones y tuba) para evocar esa sonoridad de órgano tan cara al compositor de Ansfelden. Sonoridad que también habla, y más en la muy notable prestación de esos metales bávaros, de gran solemnidad y de ese clima de despedida que, creo que acertadamente, se dice que Bruckner deseaba transmitir.
Logró Shani, tras el último acorde, retener al público en silencio para digerir ese clima de serena despedida que tiene también su punto de amargura y de humilde resignación. No es la Novena de Bruckner, y especialmente este final, desencadenante de grandes entusiasmos del público, pero el éxito para la orquesta muniquesa y su joven director (ovacionado por los músicos) fue, en todo caso, grande. Un Bruckner más correcto que inspirador, que no es poco, y si algo perfectamente esperable en el momento de la carrera en que se encuentra el director israelí.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Rafa Martín-Ibermúsica)


