MADRID / Thomas Ankersmit, el sintetizador autosuficiente

Madrid. CentroCentro. 21-VI-2025. Thomas Ankersmit, sintetizadores modulares.
Con apenas un mes de diferencia, VANG, el ciclo que en CentroCentro comisarian los músicos Sergio Luque y Víctor Barceló han puesto en escucha las músicas de la compositora microtonal Catherine Lamb y el trabajo con equipos electrónicos primitivos de Thomas Ankersmit. Lo que tiene ser una serie de conciertos con restricciones presupuestarias es que, tantas veces, agudiza el ingenio y el buen programar, sin tener que pagar peajes y, lo mejor, arremolinando a un público que se siente apelado por lo que se le propone, incluso ya a estas alturas también por la misma marca. Por eso hubo aplausos cuando, en esta última sesión del curso, sus responsables anunciaron que VANG tenía asegurada la continuidad.
Llegó Ankersmit al Auditorio de CentroCentro con un pequeño sintetizador modular Serge, con el que lleva trabajando desde 2006 dando lugar a discos de enorme refinamiento tímbrico como Figueroa Terrace y Perceptual Geography, donde experimentaba con las emisiones otoacústicas en la línea de Maryanne Amacher. “Mi música consiste básicamente en todos los feedbacks, crujidos y fallos del sintetizador Serge”, ha dicho en alguna ocasión. Una práctica esta que se vuelve más evidente en un directo como el que ofreció en VANG que en sus más pensadas publicaciones fonográficas, donde la sonoridad se torna más calmada y el sentido de precisión de la máquina es mayor.
Abducido por esta música “de sonidos”, como atinadamente la definió el compositor Adolfo Núñez, presente en la sesión, Ankersmit con cierta actitud de deejay frente a los platos manipuló las conexiones y cables del Serge dando lugar a una hiperactiva música concreta hecha de señales analógicas eléctricas. El sentido de laboratorio fue pleno, optando el compositor más por una vía de muestreo de posibilidades mediante una performance con grasa de improvisación. El Serge se desenvolvió entonces como un sistema autosuficiente en el que, imaginariamente, la música estuviera ahí, en algún lugar, acaeciendo y solo se hiciera audible cuando es enchufada a los altavoces.
Con sus escalas de crepitaciones, zumbidos, apariciones fantasmales de ondas alfa y arremetidas cocleares, Ankersmit no estuvo lejos, en algunos instantes, de la gramática gaseosa y cibernética de Roland Kayn, tampoco tan distante por cierta epicidad rítmica de la robotización de la pista de Autechre.
Ismael G. Cabral


