MADRID / Thomas Adès, el ángel exterminador

Madrid. Auditorio Nacional (Sala Sinfónica). 10-III-2023. Ciclo Sinfónico de la OCNE. Anthony Marwood, violín. Orquesta Nacional de España. Thomas Adès, director. Obras de Adès y Janáček.
Ver a un compositor con tanta personalidad como Thomas Adès (Londres, 1971) dirigir su propia música es una experiencia muy especial, pues tan sólo observando sus movimientos y expresiones puede uno percatarse inmediatamente de cómo la piensa. Pero es que cuando, además, éste se atreve a dirigir la música de otros autores a los que admira, como ha hecho con Janáček este fin de semana en Madrid, al frente de la Orquesta Nacional de España, entonces aquello se convierte en algo que no hay que perderse por nada en el mundo.
Era difícil imaginar un programa más atractivo. En primer lugar, teníamos el estreno español de la Sinfonía de El ángel exterminador (2020) (“The Exterminating Angel Symphony”), una página orquestal que Adès ha diseñado, por encargo de la OCNE y otras siete instituciones musicales de diferentes países, a partir de materiales y fragmentos recogidos de su tercera y hasta ahora última ópera basada en la película homónima de Buñuel. Ésta venía acompañada de otras dos obras suyas muy recientes: Tower – for Frank Gehry (2021) y las Märchentänze (2021) para violín y orquesta. No era Pekka Kuusisto quien iba a presentar estas últimas para el público madrileño, sino Anthony Marwood, más correcto y educado que su colega, pero a quien también es siempre un gusto escuchar. Por último, estaba claro, para cualquiera que conociera la faceta de director de Adès, que las versiones que éste iba a ofrecer de Taras Bulba (1918) y la Sinfonietta (1926), de Janáček, estarían cargadas de inteligentísimas ideas. La música del checo, además, con frecuencia, tiene estos arrebatos aparentemente irracionales y contradictorios situados entre pasajes más linealmente narrativos. No es difícil ver por qué ambos compositores conectan tan bien.
Las tres piezas de Adès incluidas en este programa daban cuenta muy claramente de una cosa: la grandísima evolución que ha experimentado a lo largo de las últimas décadas la relación que el compositor inglés mantiene con su propio material musical. Escuchando Tower o las Märchentänze resulta particularmente evidente cómo su lenguaje se ha depurado, definitivamente, de la histérica mezcolanza que caracterizó a todo lo que compuso en los años noventa. Pensemos en obras como Living Toys (1993) o Asyla (1997), por ejemplo. Basta con abrir y disponer sobre una mesa dos partituras cualesquiera pertenecientes a cada uno de estos períodos para percibir al instante la diferencia. ¿Cómo ha logrado Adès tal claridad formal y expresiva en sus últimos trabajos con un material tan tóxico como el suyo? Francamente, no alcanzo a comprenderlo. Pero de algún modo lo ha hecho.
Los fragmentos de El ángel exterminador (2016) que Adès ha seleccionado para crear la Sinfonía están muy bien escogidos precisamente por esta razón. Los grotescos valses vieneses del complejo y fragmentario cuarto movimiento, por ejemplo, tienen algo del caos satírico y corrosivo de Powder Her Face (1995), pero en ellos también está presente, al mismo tiempo, la narratividad concisa y sin distracciones de La tempestad (2003). Es obvio que, de haber escrito esta música en otra época, jamás lo habría hecho así. Hay que decir que la precisión que a veces faltó en la interpretación de las demás piezas –al menos en el concierto del viernes, pues el domingo muchos de estos problemas se solucionaron– aquí se logró desde el primer momento, incluso a pesar de los “compases irracionales” de Entrances y de la bellísima Berceuse, presumiblemente poco familiares para los músicos de la ONE. Desde el principio, la orquesta parecía entender las excentricidades de la música de manera muy natural. Por cierto, cambia completamente la perspectiva saber que la fatal marcha del segundo movimiento tiene más que ver con la “rompida de la hora” de Calanda que con lo que la crítica la viene asociando —aunque con razón, tampoco es para culpar a nadie—: Shostakovich.
Parece lógico que la producción más reciente de Adès tenga su cuerpo de escépticos. También Stravinsky los tuvo cuando apareció con Pulcinella, y ya sabemos lo que pasó años después. Para un servidor, lo vivido este fin de semana en Madrid no fue sino la confirmación absoluta de que, mal que le pese a sus numerosos “haters”, Thomas Adès sigue siendo uno de los compositores vivos de referencia. De su enorme influencia será aún, para muchos, muy difícil escapar.
Jesús Castañer


