TEATRO REAL / ‘La Cenicienta’ de Pauline Viardot, mucho más que un espectáculo infantil

TEATRO REAL / ‘La Cenicienta’ de Pauline Viardot, mucho más que un espectáculo infantil

Teatro Real (Madrid), 20-XI-2021. Pauline Viardot, La Cenicienta. Juliane Stolzenbach Ramos, Francisco Gracia, Ramiro Maturana, Juan Ramos, Vanessa Cera, Paola Leguizamón, Miriam Silva. Dirección musical y piano: Francisco Soriano. Director de escena: Guillermo Amaya.

Con gran inteligencia, el Teatro Real ha aprovechado una pequeña producción para cumplir numerosos compromisos, todos ellos bien solventados. Una propuesta del Real Junior, en su doble vertiente como funciones familiares y escolares, ha servido para unirse a la celebración del aniversario de Pauline Viardot (1821-1910). Tal vez demasiado modesta para lo que se merece una de las grandes figuras de la cultura europea como ha demostrado el historiador Orlando Figes en su magnífico libro Los europeos. Hubiese sido de esperar algún concierto más o un programa con mayor repercusión. Al menos, reivindicar sus raíces españolas –muy importantes en muchos aspectos– recordando su apellido García, superando además la ocultación que produce la adopción del apellido del marido al casarse, que extrañamente se mantiene en numerosos países aún en estos tiempos de justificado feminismo. Una simple mención como Pauline García-Viardot hubiese puesto sobre la mesa los centros sobre los que orbitó su actividad: la musical del clan de su padre Manuel García y la literaria de su marido, el hispanista Louis Viardot. Basta recordar algunos de los hechos de su trayectoria para reflejar su importancia como figura clave en la cultura europea: la cercanía con Chopin y Liszt, el apoyo a Gounod, Berlioz y Saint-Säens, la recuperación de la música de Gluck, la amistad con los Schumann y Brahms (a quien estrenó su Rapsodia para contralto), la promoción de la música rusa y la difusión de lo español en Europa (hasta el punto de aconsejar a Bizet en Carmen), además de su larga relación con el escritor ruso Iván Turguénev; incluso en su salón parisino se produjo la primera lectura del maravilloso dúo del segundo acto de Tristán cantando ella misma con el propio Wagner al piano.

Cendrillon, su última opereta de salón, estrenada en París en 1904, se ha escuchado varias veces en los últimos años, y no solo en España. También hemos tenido ocasión de ver Le dernier sorcier, hace unos años en Jerez y este verano en una producción en Zamora, Segovia e Italia (Martina Franca), pero aún esperan otras, también con libretos de Turguénev, con títulos tan sugerentes como Trop de femmes, L’ogre y Le conte de fées, aunque desconocemos cuál es la situación de sus fuentes musicales. La denominación no debe engañarnos porque el nivel del salón de Viardot era tan alto que favorecía no solo un ambiente de divertimento sino también de reto entre los participantes. De hecho, la partitura de Cendrillon resulta de gran interés ofreciendo mucha riqueza musical y elementos variados: sutilezas armónicas, comicidad, líricas melodías a la francesa e incluso algún toque españolista oculto. Su recuperación se debe al pianista Francisco Soriano, quien ha dedicado interesantes esfuerzos por recuperar estas óperas de cámara de Viardot. En esta ocasión supo llevar desde el teclado el peso musical de la obra, en su doble faceta de director musical e intérprete. Una parte nada fácil, escrita no como reducción sino para tener vida independiente, como muestra por ejemplo la riqueza de la escena de las transformaciones.

Para esta puesta en escena se ha traducido la obra al castellano, no solo las partes habladas sino también las musicales, lo que resulta lógico dada su inclusión en un programa didáctico. Sorprendentemente no figura nada de esto en el programa, aunque sabemos que la ha realizado el propio Guillermo Amaya, quien cuenta con gran experiencia en Alemania como dramaturgista y adaptador. Además de laborioso, no es nada fácil encajar textos en las partes cantadas. El resultado fue bastante satisfactorio y natural, hasta el punto de que nadie se dio cuenta de lo que, por desgracia, era un acontecimiento: que hacía muchos años que no se escuchaba cantar en español en la sala del Teatro Real. El público no tuvo que despistarse desviando la mirada del escenario en busca de la pantalla del texto. Guillermo Amaya como director de escena mostró su gran oficio, movió muy bien a los cantantes, resaltando los elementos de comicidad y manteniendo la tensión de una trama excesivamente conocida por todos. La mejor muestra fueron no solo los cálidos aplausos del final sino también cómo, a pesar de la presencia de un numeroso público infantil, no se escucharon apenas voces ni ruidos durante la función. La escenografía de Pablo Menor y el vestuario de Raquel Porter resultaron funcionales, aunque poco imaginativos para una fábula como la que se representaba.

Sin duda uno de los puntos fuertes fue el excelente reparto, formado por un grupo de jóvenes cantantes del programa de formación Crescendo que organiza la Fundación de Amigos del Teatro Real. Es sin duda una de las iniciativas más prometedoras que animamos no solo a continuar sino a desarrollar con mayor presencia en otras actividades. La Cenicienta necesita siete papeles nada fáciles que fueron bien resueltos tanto vocal como escénicamente. La protagonista Juliane Stolzenbach lució una hermosa voz lírica, al igual que el príncipe del tenor Francisco Gracia, destacando ambos en el hermoso dúo. El barítono Ramiro Maturana demostró en su aria de presentación tener una gran presencia escénica y expresividad vocal; igualmente la soprano Miriam Silva fue una buena hada madrina, consiguiendo los difíciles perfiles de un papel que exige cadencias sobre el agudo pero sobre todo líneas líricas. Bien en sus papeles cómicos las dos hermanas, las colombianas Vanessa Ramos y Paola Leguizamón, y el divertido chambelán del tenor Juan Ramos. Todos ellos resolvieron además con naturalidad las partes habladas, lo que les hace también buenos intérpretes para la zarzuela. No hay duda de que cantar en español es un reto más en su formación, obligándoles en la dicción y comunicación. El entusiasmo resultaba contagioso, siempre construido sobre la ilusión y una buena base técnica, que lógicamente deben seguir desarrollando.

Sin duda una gran experiencia que tendrán ocasión de profundizar en las próximas funciones previstas el próximo mes en Sevilla, Málaga y Oviedo.

Foto: Javier del Real