MADRID / Sung y la OCNE, con Mozart y Schoenberg: una velada deliciosa

MADRID / Sung y la OCNE, con Mozart y Schoenberg: una velada deliciosa

Madrid. Auditorio Nacional (Sala Sinfónica). 13-XI-2021. Concierto Sinfónico 6 de la OCNE. Directora: Shiyeon Sung. Obras de Schoenberg y Mozart.

Debutó la coreana Shiyeon Sung (Busan, 1975) al frente de la OCNE, con un programa tan atípico (por inhabitual) como interesante: la Gran partita mozartiana en la primera parte y la Noche transfigurada de Schoenberg en la segunda. La primera, titulada en la partitura Serenata para 2 oboes, 2 clarinetes, 2 corni di bassetto, 2 fagots, 4 trompas y contrabajo, hace uso exclusivo de los vientos de la orquesta (con la adición del contrabajo, aunque sobre este aspecto hubo hoy una peculiaridad comentada más adelante), mientras la segunda, al contrario, hace uso exclusivo de la cuerda, tanto en su concepción original (sexteto) como en el arreglo del propio compositor para formación extendida que escuchamos en este fin de semana.

Decía que inhabitual porque no creo que ambas obras se han unido en el mismo programa y porque su programación (sobre todo en el caso de la Gran partita) tampoco es cosa de todos los días. Obras que, además, pertenecen a periodos creativos bien distintos: la evidente madurez del Mozart que ya ha entrado en la última década de su demasiado corta vida (año más, año menos, ya que la fecha de composición no termina de estar del todo definida pero en todo caso es posterior a 1780), y la todavía temprana (aunque en años, veinticinco, anduvieran por el estilo) producción de su compatriota Schoenberg, casi contemporánea (1899) de ese gran poema sinfónico que es Una vida de héroe de Strauss (1898).

Pero precisamente por tener en común lo atípico y lo inhabitual, y por pertenecer a mundos estéticos tan diferentes, unirlas en el mismo programa tenía un atractivo evidente, por lo que, sea la directora coreana o la dirección de la OCNE (o ambas) quienes hayan diseñado la idea, merecen el aplauso.

La Gran partita es una verdadera maravilla que, quizá por la peculiar plantilla empleada, se escucha menos de lo que debiera. No solo la música tiene toda la delicia, elegancia, frescura y encanto propios de las creaciones mozartianas. Es que, además, la combinación tímbrica que consigue uniendo oboes y clarinetes con corni di bassetto, fagots y trompas es verdaderamente extraordinaria. La partitura de la Neue Mozart Ausgabe reclama el contrabajo como único instrumento de cuerda, y de hecho el manuscrito contiene indicaciones expresas en algunos puntos para pizzicato, pero es cierto que algunos (Trevor Pinnock, entre ellos) defienden que en la decisión de elegir el contrabajo en vez del contrafagot pudo haber influido la limitación de dicho instrumento en la época de Mozart. Siguiendo al director-clavecinista inglés, podría aceptarse que, empleando instrumentos modernos, el cambio del contrabajo prescrito por un contrafagot es plausible, y así se ha hecho en la versión que hemos escuchado este fin de semana.

Por su parte, la Noche transfigurada de Schoenberg es una partitura tan fascinante y emocionante como complicada de construir y trabajar. Las continuas inflexiones (a veces hay tres cambios en tres compases) de tempo y matiz consiguen unos contrastes que ponen los pelos de punta cuando se consiguen exprimir en toda su extensión. Pero, además de difícil de ejecutar para la nutrida cuerda (en el arreglo orquestal que hoy escuchamos del original sexteto, con una plantilla de 22 violines, 8 violas, 6 violonchelos y 4 contrabajos), exige sin duda un trabajo minucioso de ensayo. A uno, sin embargo, le caben dudas de si, con los tiempos que corren, hay lugar para trabajar detalladamente tanto cambio como demanda el compositor austriaco.

Ganadora del concurso Solti en 2006, y del segundo premio del Mahler en 2007, Sung ha sido directora asistente en la Sinfónica de Boston entre ese año y 2010, y ha dirigido ya a formaciones de primer nivel como las Filarmónicas de Los Ángeles y Estocolmo, la Konzerthaus de Berlín, la Philharmonia londinense. o la Sinfónica de la Radio de Suecia. Este año, además de su debut en la ONE, están previstas actuaciones en Bilbao (BOS) y Valencia (Orquesta de Valencia).

La maestra coreana ha evidenciado en este atípico concierto un mando claro y decidido y unas ideas claras y muy atractivas en lo musical, muy especialmente en la serenata mozartiana. Los tempi se movieron con ligereza, la articulación y los planos siempre con claridad, los acentos, sin pasarse en lo incisivo, sí tuvieron la energía y chispa deseable, y la expresión fue siempre bien dibujada, aprovechando la exquisita elegancia de la música. Se respetaron todas las repeticiones y se permitió, con acertado criterio, la libertad de adorno en las mismas, que los estupendos músicos de la Nacional aprovecharon perfectamente. Todo el discurso estuvo admirablemente construido y expuesto.

Cierto, pudo haberse pronunciado más la diferente articulación y matiz en notas repetidas (eso que tan magníficamente hace Harnoncourt en pasajes como las corcheas repetidas de los c. 150-151 del primer allegro). Pero son minucias en una interpretación sobresaliente, donde se cantó con excelencia el bellísimo Adagio, se dibujaron con elegante ligereza los minutos (precioso el rubato tan vienés del segundo trío del segundo minuto) y donde disfrutamos de la contagiosa vitalidad mozartiana en muchos momentos, muy especialmente en el animadísimo final. Sonaron estupendamente los músicos de la Nacional, todos, aunque muy especialmente los solistas de oboe, clarinete, fagot y corno di bassetto.

Creo que Sung tiene también una idea bastante definida y correcta sobre la compleja partitura de Schoenberg. También en este caso esa idea general es más que correcta y está más que bien planteada. Pero es cierto que algunos de los grandes contrastes que reclama la música, que oscila desde el más delicado susurro en ppp hasta agitados y rotundos pasajes de encendida pasión parecieron algo recortados, especialmente porque algunos matices extremos en la gama piano quedaron más bien limados, sin la medida última de la sutileza. El clima de misterio inicial (ese con el que Karajan nos puso los pelos de punta hace tantos años cuando le vimos esta obra) pareció solo relativamente traducido, pero en cambio los clímax estuvieron bien conseguidos y el final alcanzó la medida evanescente que cabía esperar, creando una convincente atmósfera de delicado lirismo. Sólida respuesta de la cuerda de la Nacional, presidida en esta ocasión por el concertino Gjorgy Dimchevski.

No eran obras espectaculares, pero el precioso concierto que vimos fue calurosamente acogido por el público, y la orquesta pareció reconocer con sus propias ovaciones la excelente labor de la maestra coreana, una directora a la que convendrá seguir con atención.