MADRID / Sokolov: La magia inalcanzable, per in saecula saeculorum

Madrid. Auditorio Nacional. 23-II-2026. Ciclo de Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo. Grigory Sokolov, piano. Obras de Beethoven y Schubert.
La enésima participación de Grigory Sokolov en el ciclo de Grandes Intérpretes (en 2026 se cumplen justamente 30 años desde su primera participación en la serie, en 1996) se desarrolló… como suele ocurrir con el gran pianista ruso, nacionalizado español: el auditorio, lleno hasta la bandera, incluyendo sillas en el mismo escenario, y Sokolov… en su línea habitual. Salida con su severo ademán de costumbre, saludo, media vuelta milimétrica (casi militar), nuevo saludo hacia quienes están en los asientos del coro y las tribunas laterales del órgano (y ayer también para quienes estaban en el escenario)… y a tocar inmediatamente, sin mayor ceremonial. La concentración ya la trae de casa.
Casi parece mentira que, tras rutina tan inalterable y aparentemente imperturbable, Sokolov nos vuelva a cautivar, como si fuera una suerte de sorpresa que no es tal. Porque la magia del sonido, del matiz, de la atmósfera que se crea inmediatamente de la música que sale de aquellas manos tan enérgicas como sutiles son, en realidad, esperadas. Escuchando a Sokolov uno tiende a acordarse de lo que Andrei Gavrilov decía sobre Sviatoslav Richter y el “aura especial” que rodeaba a sus interpretaciones. Aquella suerte de magia que te cautivaba, hipnotizaba y convencía incluso aunque después, a veces, en frío, pensaras que la idea no te convencía del todo. Sokolov, entre las muchas cualidades de su arte que nos deslumbran, despliega, sin aparato, sin aspaviento, sin artificio, esa aura especial que hace que cada una de sus actuaciones se espere con el hambre de quienes saben que van a degustar el mejor arte.
El programa de ayer se alejaba de las incursiones en barroco o renacimiento que habían caracterizado alguna de las últimas comparecencias (Purcell, Byrd). Se daban la mano el Beethoven veinteañero (Sonata nº 4 op. 7) y el último (Bagatelas op. 126), y se hermanaban después con el Schubert más crepuscular, el de la última Sonata para piano D 960. La cuarta de las Sonatas de Beethoven (1796-97) es, sin duda, una creación extraordinaria, y también una de las de más ambiciosa dimensión del ciclo. Denso, pletórico y muy elaborado Allegro molto e con brio, un trio de singular agitación en un scherzo por lo demás amable, y un rondó de elegante discurso, pero escritura más compleja de lo que parece. Es sin embargo, para quien esto firma al menos, el bellísimo Largo con gran espressione el movimiento de mayor impacto. En su sesudo estudio sobre las sonatas del compositor de Bonn, Charles Rosen apunta un dato más que interesante, que a buen seguro no escapó a Sokolov en la concepción del programa: la sección central de este movimiento impresionó a Schubert hasta el punto de desarrollar una imitación de ésta en la correspondiente del movimiento lento de su última Sonata, la que cerraría el recital.
La tercera y última serie de Bagatelas que salió de la pluma de Beethoven, que tendría el op. 126, vio la luz entre finales de 1823 y principios de 1824, es decir, de manera contemporánea con la Novena Sinfonía y la Missa Solemnis. El Beethoven de estas piezas de carácter es, claro, bien diferente. Miniaturas que no por su tamaño dejan de contener una hermosa mezcla de fantasía, reflexión y también explosión temperamental. Beethoven las tenía en gran aprecio, con buena razón, y llegó a decir a su editor Schott que probablemente eran “las mejores piezas de este género que había escrito”. Lirismo e introspección se alternan con rapidez e intensidad dramática. La última de una serie que está concebida como un todo, empieza y termina con una breve pero explosiva turbulencia (Presto) que enmarca un bello Andante amabile e con moto, cuya indicación es de por sí suficientemente explícita sobre su carácter.
Sokolov se adentró en las dos partituras de Beethoven con esa pasmosa mezcla de inverosímil facilidad, exquisita sensibilidad, y sonido de una plenitud, y a la vez, de una sutileza tales que uno se sigue preguntando, tras décadas de verle y escucharle, cómo es aquello posible. El control mágico de la pulsación, el pedal siempre justo y preciso, la articulación primorosa (es difícil imaginar una mayor levedad y delicadeza en el pasaje de cadencia en la primera bagatela, marcado p grazioso, dibujado sin embargo con una nitidez inverosímil), la sutil pero evidente diferenciación en la forma de exponer las reiteraciones de ciertos motivos (como en el tiempo inicial de la Sonata), el legato perfecto de las octavas, todo era motivo de engancharse a aquel despliegue de fina expresión. Después, la concentración, los silencios (¡qué tensión consigue este hombre extraer de los silencios!), los contrastes, el escalofriante final en pp del Largo, la acertada e incisiva acentuación del Scherzo, la imposible claridad de articulación en el agitado Trio, la exquisita elegancia del Rondó final, en el que consiguió que lo difícil pareciera cosa de coser y cantar. Un Beethoven magnífico, como otros que hemos podido escuchar al maestro (aquella tremenda Hammerklavier aún está en la memoria).
Otro tanto puede decirse de las Bagatelas, que nos llegaron con esa hermosa mezcla de fantasía, lirismo, contrastes y matices de inalcanzable sutileza (como en el evanescente final de la tercera). Pudo parecer (especialmente para la indicación Presto en compás alla breve) algo moderado el tempo de la cuarta, pero la intensidad puesta en cada nota, en cada acento, consiguieron que esa moderación resultara menos evidente.
Tras el descanso, Schubert. El último año de su vida estuvo especialmente dominado por la tristeza y la desolación. No hay más que repasar obras como el Viaje de Invierno, el Quinteto para cuerda o la Fantasía D 940 para piano a cuatro manos para sumergirse en la quintaesencia de la congoja y la desolación. La Sonata D 960 es una partitura colosal, que emociona desde la tristeza serena del Molto moderato y nos pone un estremecedor nudo en la garganta cuando sobre el final de su motivo principal aparece un siniestro trino en el registro grave, una suerte de aviso tenebroso que se repetirá varias veces, con lúgubre insistencia y angustioso efecto en su postrera reiteración, apenas seis compases antes del final. La longitud del movimiento hace que en muchas ocasiones se omita la repetición de la exposición. No lo hizo ayer Sokolov que, con buen criterio, la respetó.
El Andante sostenuto, para muchos el centro de gravedad emocional de la obra, nos trae un motivo desolado en la mano derecha, mientras la izquierda gotea de manera implacable un acompañamiento de conmovedor desgarro en su sobrecogedora sobriedad. La sección central, esa que según Rosen remeda la correspondiente del Largo de la Op. 7 de Beethoven, no abandona esa tristeza, pero la impregna de un carácter más melancólico que trágico. La deriva es, no obstante, transitoria, porque la congoja vuelve con inclemencia hasta el final, con el retorno de la sección principal. Música que nos golpea con un dolor desolado al que es imposible escapar. El vivaz Scherzo (Allegro vivace con delicatezza) tiene una luminosidad hasta entonces inaparente en la obra, aunque sin dejar totalmente la melancolía. El Allegro ma non troppo final, combina un primer motivo desenfadado, incluso alegre, con un segundo, cantable, sobre acompañamiento más agitado. Es tremendo el impacto del contundente episodio, casi rebelde, que sigue, y que preside también la arrebatada coda.
Las propias características de Sokolov permitían adivinar que esta tremenda obra iba a ser lo más impactante de un programa que ya se adivinaba del mayor interés. Lo fue. Sokolov se acercó con su inagotable paleta de expresión y color a este despliegue en el que se funden drama, dolor, lirismo, canto, melancolía, incluso luminosidad no exenta de cierta languidez. Sencilla, melancólica expresión, con serenidad, pero sin caer en lo moroso, en el motivo principal del Molto moderato. Ominoso, largamente recreado el siniestro trino antes mencionado. Rotundo, desgarrado el ff que se escucha justo antes de la repetición de la exposición. Melancolía infinita en el delicado canto del desarrollo, uno que suena a despedida en un final profundamente emocionante, otra vez con un trino sobrecogedoramente lúgubre.
Sereno, triste, con unos ppp de verdadero escalofrío, el Andante sostenuto en sus dos secciones extremas. La viva imagen de una desolada congoja. La reiterada figura acompañante de tres semicorcheas-corchea en el retorno de esa sección principal, sonó como un repetido toque siniestro, anunciador de un final trágico. Demoledor. Precioso, delicado, solo levemente más luminoso el scherzo, y primorosamente cantado y contrastado el Allegro ma non troppo final, con una coda de una contundencia arrolladora.
Quedaba, claro, la “tercera parte”, que ya se sabe que con Sokolov son 6 propinas, ni una más ni una menos (corrijo: creo que, en 2021, por aquello de las restricciones pandémicas, dio “solo” cuatro, pero si no me falla la memoria ha sido la única vez que lo ha hecho en mucho tiempo). Tal cual. Dos salidas a escena tras concluir la obra de Schubert, y a continuación las propinas, con una salida adicional entre cada una de ellas. Por este orden, llegaron: Mazurka op. 30 nº 2 de Chopin, Rapsodia op. 79 nº 2 y Balada op. 10 nº 3 de Brahms, Mazurka op. 30 nº 3 y Preludio op. 28 nº 20 de Chopin, para concluir con el Preludio op. 11 nº 4 de Scriabin. Nadie se extrañará si apuntamos que esta tercera parte fue otra maravilla. Pero si quien firma estas líneas tuviera que destacar algo, creo que las dos páginas de Brahms (¡madre del amor hermoso!) y el breve pero tremendo Preludio de Chopin se llevarían la palma.
En fin, hay muchas cosas con Sokolov que no cambian. La rutina escénica es una. Pero la más importante, la monumental dimensión de su arte y la fascinación que acompaña a su especial magia artística es, gracias a Dios, otra. Que sea, maestro, por muchos años más. Magia, uno diría aquello de “per in saecula saeculorum”. Porque veladas como la de ayer son, la verdad, impagables.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Álvaro Panda)


