MADRID / Sir Stephen Hough en el ciclo de Grandes Intérpretes: Nunca es tarde si la dicha es buena

Madrid. Auditorio Nacional. XXX Ciclo de Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo. 8-I-2025. Sir Stephen Hough, piano. Obras de Chaminade, Liszt y Chopin.
El arte, en general, se lleva mal con las prisas. Y suele llevarse muy bien, en cambio, con quienes, aunque enfocados principalmente en una faceta, buscan con permanente inquietud en otras, y quizá por ello descubren con éxito en ellas cosas que pueden enriquecer la que es su dedicación principal. Pero eso, además de variadas capacidades y talentos, requiere ese bien tan valioso y tan a menudo hurtado en esta época: el tiempo. En estos días en que prima lo sucinto, porque hermana bien con la premura, vemos a menudo carreras de intérpretes desarrolladas con apretada urgencia. Tan apretada que es, por razones obvias de tiempo, literalmente incompatible con lo que se necesita para que se pueda penetrar en la esencia última de lo que se interpreta. Porque interpretar, no ejecutar, implica analizar, pensar, volver una y otra vez, experimentar, digerir… todo ello es trabajo, y, por tanto, tiempo. Si se va en una carrera enloquecida contra el tiempo, es complicado que ese trabajo se desarrolle en su plenitud.
Pero hay quien demuestra un sentido del equilibrio, un saber administrar su tiempo con inteligencia, para desarrollarse más allá de su faceta principal. Ha tardado mucho, demasiado, en producirse el debut en este ciclo de Grandes Intérpretes del ilustre pianista británico Sir Stephen Andrew Gill Hough (Heswall, 1961), pianista británico-australiano que es, además, escritor (como Brendel) y compositor (con una producción no desdeñable que va más allá de lo pianístico). Y un explorador incansable de repertorio variadísimo. Más reconocido en círculos estrictamente pianísticos que por el gran público, al menos en estas latitudes. No es la estrella de las redes, ni tik-tokero, ni tiene el favor de la gran discográfica que todo lo mueve o de la gran agencia de representación cuyos tentáculos mueven como marionetas los hilos de la gestión musical planetaria, pero la riqueza de su bagaje es incuestionable, y en su amplia discografía encontramos a Liszt, Chopin, Brahms o Rachmaninoff, pero también a Hummel, Chaminade, Rodgers, Kalman y, por supuesto, sus propias obras. Estamos pues, ante un pianista de rara versatilidad y probaba altura intelectual en muchos aspectos.
Así que, como dice el refrán, nunca es tarde si la dicha es buena, y tras el recital escuchado en Madrid bien puede decirse que la dicha ha sido, desde luego, buenísima. Se presentó Hough con un programa que combinaba obras bien conocidas del gran repertorio (la Sonata de Liszt y la tercera de las de Chopin) junto a piezas mucho menos transitadas de la compositora francesa Cécile Chaminade, cuya obra parece estar experimentando un exitoso retorno del olvido, porque son ya varias veces las que hemos escuchado páginas suyas en los últimos tiempos, recientemente en uno de los sinfónicos de la Orquesta Nacional. Justo antes del recital, Nacho Castellanos, responsable de comunicación de la Fundación Scherzo, anunció que tres de las cuatro piezas de Chaminade (Automne, Autrefois y Les Sylvains) abrirían el concierto, y la cuarta prevista (Théme varié) sería sustituida por la Sonatina Nostalgica del propio Hough, sobre la que volveré más adelante en esta reseña.
La primera de las piezas de Chaminade (Automne) nos trasladó en muchos momentos a una estética próxima a la de las Romanzas sin palabras de Mendelssohn, con un bello canto en la voz intermedia rodeado de refinado (y adecuadamente ligero en el volumen) acompañamiento en la voz superior, finamente diferenciado por Hough, que extrajo de su Yamaha una preciosa sonoridad. Elegante, expresivo, con saludable bravura en el pasaje con fuoco. Desgranó con un discurso grácil, exquisitamente articulado, la más sonriente Autrefois, siempre clara en la articulación y con un cuidado pedal. Lució igualmente la ya mostrada elegancia de canto, la perfecta diferenciación de las voces y la preciosa sonoridad en los pasajes de mayor floritura, en la última de las piezas de la francesa, Les Sylvains.

La Sonata de Liszt es obra archiconocida, y no es necesario insistir en la redonda perfección de su armadura cíclica y en la variedad de climas que el húngaro recrea. En esta misma temporada la hemos escuchado en el primer recital, el de la rusa Avdeeva, autora por cierto de una interpretación magnífica. Lo fue también la escuchada de Hough, aunque en un ámbito diferente. El pianista británico se adentra en la sonata con misterio, y el pedal de resonancia sobre los compases dos y tres del inicio dibujó una bruma de intención tan tenebrosa como estremecedora. De ahí en adelante, Hough nos llevó por toda esa rica variedad de climas que Liszt transita en su obra, la solemne monumentalidad del pasaje indicado Grandioso, el agitado nervio de los agitato o la intensidad del allegro energico (tremendo el clímax de este, justo antes del Recitativo), siempre con unas transiciones (la que precedió al citado Grandioso, o la que enlaza con el pasaje fugado) magistralmente dibujadas.
Una interpretación que supo graduar y dosificar la tensión, que no ahorró nervio ni voltaje (envidiables el Presto y Prestissimo antes del tramo final de la obra) y que transmitió con acierto el hondo dramatismo que impregna la partitura. Puede seguramente escucharse hoy, de alguno de los jóvenes virtuosos, alguna lectura más impecablemente precisa en lo mecánico (aunque la de Hough fue, también en ese aspecto, magnífica), pero no es tan fácil encontrar una interpretación tan sólidamente construida, elaborada desde la sabiduría de un gran artista como el pianista británico.
La segunda parte se abrió con la Sonatina Nostálgica del propio Hough que, haciendo gala de una gran espontaneidad y un fino sentido del humor, explicó, micrófono en mano, que no iba a cantar y que probablemente iba a hablar más de lo que duraba la obra (apenas cinco minutos en total). Hough compuso la obra en 2019 para celebrar el setenta cumpleaños de su amigo y compañero, el pianista británico Philip Fowke. La obra se desarrolla en tres movimientos (sin pausa) y, según señaló, es “nostálgica en tres aspectos”: alude a su antigua escuela de música (Chetham’s), que encargó la obra, emplea un lenguaje romántico de antaño y, sobre todo, evoca la añoranza de lugares queridos de la juventud de ambos, en la villa de Lymm (Cheshire), en el noroeste de Inglaterra. Los títulos de los tres movimientos son explícitos en este sentido (The Road from Danebank, The Bench by the Dam y A gathering at the Cross). Música que transita por el ambiente más lírico del primer movimiento, un más sonriente segundo y un festivo final que, como el mismo Hough apunta, “juega” con las ideas previas. Los interesados en bucear en esta obra pueden encontrarla, junto a otras de su autor, en un disco del sello Hyperion interpretado por el propio Hough.
Cerraba el programa la Tercera Sonata de Chopin que, como la de Liszt, es más que conocida. El Chopin de Hough se antojó, como en realidad todo en él, sutilmente equilibrado. El tempo pareció siempre el adecuado, el rubato, manejado siempre como herramienta de expresión, nunca de edulcoramiento, fue sensible y expresivo, incluso en muchos momentos hasta sobrio, pero siempre capaz de transmitir la sensación apropiada (magnífico el canto sobre el episodio indicado sostenuto en el primer movimiento). Se omitió, como en muchas ocasiones en esta obra, la repetición de la exposición. Ágil, precisa la articulación en la rápida filigrana del scherzo, nuevamente dibujado con bellísima sonoridad. Es curioso apreciar como Hough cuida la diferenciación de matiz entre las distintas obras. El ff en la Sonata de Liszt tenía una cualidad diferente, más poderosa, que el de la de Chopin, que, sin perder intensidad o cuerpo, parecía más en consonancia con una visión apolínea de la obra. Dibujó con sensibilidad, sin decaer, el clima del Largo, que en tantos momentos nos evoca al mejor Chopin de los Nocturnos. Con brío, brillante, el Presto, non tanto final, con expresión apasionada y enérgica.
Había logrado Hough hacer olvidar el inclemente y masivo asalto de las toses (verdaderamente los virus están completamente desatados, pero sus portadores lo están más aún), una tortura durante todo el concierto (y muy especialmente en la sonata lisztiana) e incluso el del criminal del móvil que, sin duda celoso del protagonismo bronquial excesivo, decidió comparecer en el momento más dañino: la delicadeza del Largo chopiniano. La vida sigue igual, y 2025 se despierta con las mismas toses y los mismos móviles. El éxito fue muy grande, y espero que el entusiasmo del público compensara a Hough de lo desangelado del aforo. Regaló, en primer término, una contenida pero muy bella, nada azucarada, versión del archiconocido Nocturno op. 9 nº 2 de Chopin. A continuación, otra sorpresa, nada convencional pero que al firmante le resultó divertidísima: una hilarante fantasía sobre la canción “supercalifragilisticoexpialidoso” de la película Mary Poppins. Hough dio rienda suelta a su imaginación en esta pieza tan divertida como llena de brillante virtuosismo y sonriente humor, con guiños bastante explícitos a la Waldstein de Beethoven y El vuelo del moscardón de Rimski-Korsakov. La gente se lo pasó en grande, y con buena razón. Había dicho Hough que sería el último regalo, pero como seguían los aplausos, ofreció otro más: una deliciosa, delicada y sutil interpretación de la última de las Escenas infantiles de Mompou, Jeunes filles au jardín. Una verdadera maravilla.
Un hermoso recital de alguien que es más que un excelente pianista: es un artista integral, completísimo. De los que se toma su tiempo. Y a la vista está que le cunde. Alguno quizá se sienta tentado de decir… “de los de antes”. Quizá. Pero, gracias a Dios, está aquí y ahora.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Álvaro Panda)


