MADRID / Singular pero emocionante Bruckner de Currentzis

Madrid. Auditorio Nacional. Sala Sinfónica. Ciclo “La Filarmónica”. 27-III-2025. MusicAeterna. Director: Teodor Currentzis. Bruckner: Sinfonía nº 9.
En dos días seguidos, Currentzis ha ofrecido dos grandes obras sinfónicas que se mueven en coordenadas estéticas bien distintas. Y, sin embargo, no dejan de llamar la atención algunos detalles que las unen, por casuales que estos sean. El aún veinteañero Mahler comenzó a gestar su Segunda en 1888, y el ya setentón Bruckner había empezado la de su Novena Sinfonía apenas un año antes. Como nos cuenta Juan Manuel Viana en las ilustrativas notas al programa del concierto objeto de este comentario, Bruckner quedó consternado ante el rechazo de Hermann Levi a su Octava sinfonía. Coincidencia curiosa con el rechazo que otro director, Hans von Bülow, expresó a Mahler sobre el que sería el primer movimiento de su Segunda, en aquel momento todavía una suerte de poema sinfónico titulado Totenfeier, como apuntamos en la reseña de ayer. La gestación de ambas obras fue también larga, por distintas razones. Llama la atención, también, el casi total solapamiento temporal: la Novena ocupa a Bruckner (aunque salpicado por otras tareas y revisiones de obras anteriores), desde 1887 hasta su muerte en 1896, sin poder culminar la sinfonía, cuyo movimiento final quedó incompleto. La Segunda de Mahler ocupó casi los mismos años, 1888 a 1894. Y, sin embargo, ¡qué mundos estéticos y sonoros tan diferentes! Cierto es que en los años en cuestión hablamos de un compositor veterano frente a uno que, en el momento del estreno de su Segunda, se encuentra en la treintena.
Como apunta Viana en sus notas, la música de esta Novena de Bruckner, “a las puertas del más allá”, está llena de misterio y de ambiente ominoso ante la muerte, y con ella el compositor se asoma y hasta cruza los límites del lenguaje tonal. El monumental Adagio final es profundamente doliente y trágico, y encuentra un paralelismo, aunque de nuevo con idioma diferente, con el Mahler cuyo mundo sinfónico muere, años después, en la angustiosa coda de su propia Novena. Como Bruckner cierra también la suya en una coda que se apaga, como su propia vida, para culminar con una estremecedora despedida una obra de colosal densidad, dedicada “al buen Dios” por un compositor profundamente religioso. Hay en esta música también momentos de cierta paz (el segundo tema del primer movimiento, por ejemplo), incluso de inesperada animación (el trio del scherzo, que en su versión final resulta inesperadamente rápido para lo que es habitual), pero el misterio, el desasosiego inquietante domina en general, desde el trémolo inicial de la cuerda. Hasta ácidas disonancias agreden los solemnes dibujos corales que nos llegan con la resonancia organística tan querida por el compositor de Ansfelden, casi como un recordatorio de que el dolor de la muerte asoma incluso alrededor de la música que contiene una grandiosidad patente.
Y Bruckner estira y estira la tensión. El primer gran tutti, con un triple fff de demoledor impacto, se hace esperar nada menos que 63 compases. Un movimiento de escalofriante intensidad, culminado en una coda grandiosa, apabullante. No alivia especialmente el Scherzo, que tiene mucho de trágico, casi machaconamente hiriente, otro recordatorio de que apenas hay lugar para el juego. La animación, como un vuelo fugaz, casi insinuado, asoma en ese trío que, como recordaba no hace mucho Andris Nelsons, es otra sorpresa más. El desgarrado comienzo de la cuerda en el Adagio nos pone los pelos de punta de inmediato (la estética es, hay que reiterar, diferente, pero es inevitable recordar el dolor que transpira el comienzo del último tiempo de la Novena de Mahler, otra obra que encoge el corazón), y la atmósfera no deja de resultar demoledora, con su insistencia en esos acordes abiertamente disonantes, hasta el conmovedor final antes mencionado.
En artista como Currentzis, sobre cuya personalidad me expandí suficientemente en la reseña de ayer, es baldío esperar convenciones o esquemas de coordenadas habituales. No podemos esperar un Thielemann, ni un Celibidache, ni un Karajan. El maestro greco-ruso tiene la idea clarísima, la suya, con sus singularidades, y desde el principio crea la atmósfera que persigue. Ese trémolo inicial de la cuerda en pp es una inquietante llamada. El escalofrío se prolonga con la llamada inmediata de las trompas (en un genuino piano, no transformado, como muchas otras veces, en mf). Y ese maestro del juego de tensiones y de las gradaciones dinámicas que es Currentzis nos lleva poco a poco con un crescendo bien explotado hasta ese primer tutti en el que toda la orquesta, con unos metales de una contundencia y redondez pasmosas, ejecuta el primer tema, un motivo descendente de una grandeza extraordinaria. Explotó el director de MusicAeterna con su proverbial habilidad los contrastes (una maravilla el segundo tema enunciado por la cuerda, sección que evidenció nuevamente un ajuste y belleza de sonido formidables a lo largo de este concierto, como del anterior) y la dinámica, desde el pianissimo más susurrado hasta el fortissimo más apabullante. Construyó así un movimiento de contagiosa intensidad, bien graduado hasta el clímax y coronado con una coda de envidiable grandeza e intensidad, preparada con sumo cuidado (¡qué bajos, madre mía!) y ejecutada de manera imponente. Detalle curioso del Currentzis de ideas claras y métodos díafanos: cuando en el curso del desarrollo de este movimiento se giró a los segundos violines (a su derecha) y les hizo un gesto, parco pero evidente, para que tocaran más piano y, con una mirada que lo decía todo, lo acompañó de una indicación inequívoca de que escucharan a sus colegas de los violines primeros.
El Scherzo, apuntábamos, es en sí mismo una sorpresa. Y lo es más en las manos de Currentzis. No tanto por el tempo, vivo pero nada arrebatado, sino por cómo afila esas hirientes aristas antes referidas. Y para ello no dudó en acentuar de manera más que singular en algunos momentos, desde el non-legato de la cuerda sobre el motivo principal, en sus manos dotado de un carácter pesante que resaltaba lo de ominoso que hay en la música, hasta el atípico, para más de uno extravagante acento a dos (cuando el ritmo es ternario) poco después. Efecto, desde luego, sorprendente, sin duda discutible, aunque también puede apreciarse una contribución a transmitir ese efecto endemoniado que describía Harry Halbreich al referirse a este movimiento.
El Adagio, en fin, erizó el vello desde el mismo inicio, porque ese comienzo de los violines sobrecoge desde las dos primeras notas. Escalofriante apertura para un movimiento dibujado desde un tempo nada caído, siempre con la oscuridad en el fondo (fantasmales los pp de los bajos, una vez más). De ejemplar capacidad de matiz toda la sección de metal (trompas, tubas wagnerianas, trompetas y trombones). Explotó aquí Currentzis al máximo su capacidad de matiz, su recreación del misterio, la solemnidad, la trascendencia, el desgarro (esos clarinetes, por momentos, evidentemente buscados, con penetrante incisión en su sonoridad), el juego de tensiones, sacando el mejor partido a las pausas, como la alargada (aprovechando el calderón) sobre la letra R de ensayo, justo antes de que el oboe retome el esbozo del motivo inicial del movimiento, con un efecto realmente emocionante.
Y de nuevo, también, supo recrear la serena quietud, la paz final, tras el desasosiego de las disonancias previas. Una coda emocionante, servida por unos metales ejemplares en pianissimo y una cuerda que desgranaba sus notas con una delicadeza exquisita. Y, naturalmente, el público se contagió de esa quietud. Cuando se desvaneció el último acorde, Currentzis quedó con los brazos en alto, y sus músicos con los arcos igualmente en alto. Silencio sepulcral. Ni una mosca, ni un aplaudidor impertinente. Nadie aplaudió hasta que Currentzis, pasados sus buenos diez o más segundos, bajó los brazos. Alguien se sorprendía al final de este silencio escrupuloso final del público, que en realidad estuvo en todo el concierto. A quien esto firma no le sorprende en absoluto. Ese es justamente el resultado de esta suerte de hipnosis currentziana. La atención está tan centrada en lo que ocurre en el escenario que todo el mundo se da cuenta de que cualquier ruido es intruso. Debería de ocurrir siempre, claro. Pero que haya sido así estos dos días da fe del ambiente que consigue crear Currentzis.
Un concierto, desde luego, magnífico. Quizá no alcanzó la excelsa categoría de lo escuchado en la Segunda de Mahler, pero se movió, en todo caso, a una altura formidable, a pesar de algunos aspectos, ya apuntados, puedan parecer algo chocantes. Dos conciertos que no solo solo merecieron, y mucho, la pena. Han sido dos conciertos que demuestran que cierta manera de hacer música, de trabajarla y ensayarla, es aún posible. Y cuando se materializa… lo que llega a nuestros oídos es, literalmente, de otra dimensión. Quedamos aguardando con ansia su siguiente visita.
Rafael Ortega Basagoiti
(foto: Nikita Chuntomov)


