MADRID / Singular, interesante y brillante concierto de la Nacional con Afkham

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 1-III-2024. Concierto sinfónico 13 de la temporada de la Orquesta y Coro Nacionales de España. Director: David Afkham. Director del coro: Miguel Ángel García Cañamero. Solistas: Ángel Luis Quintana (violonchelo), Iñaki Alberdi (acordeón), Okka von der Damerau (contralto), Margarita Rodríguez (soprano). Obras de Hildegard von Bingen (adaptación J. Torres), Jesús Torres, Brahms y Chaikovski.
En este decimotercer sinfónico de la temporada de los conjuntos nacionales se rinde homenaje a los profesores Miguel Jiménez y Ángel Luis Quintana, que se jubilan tras décadas de trabajo en la orquesta. Lo hace con un programa singular (por lo inhabitual) pero interesante, encuadrado en uno de los hilos temáticos de la temporada: Música poética. Dos partes bien diferenciadas. La primera, con el centro en una obra escrita por Jesús Torres (Zaragoza, 1965) entre 2015 y 2016, titulada Transfiguración, un concierto para violonchelo, acordeón y orquesta de cuerda inspirado en versos de la Symphonia armonie celestium revelationum de la santa abadesa benedictina Hildegard von Bingen (1098-1179), una mujer de polifacético y excepcional talento, cuya música sigue causando admiración tantos siglos después.
Pareció apropiado que, antes de la obra de Torres, casi como pórtico para un contexto oportuno, se abriera el concierto con dos de esos versos de von Bingen, en adaptación de Torres para soprano solista, coro femenino y órgano: el responsorio O vis eternitatis y la antífona Spiritus sanctus vivificans vita, piezas que inspiraron a su vez a Torres los movimientos primero y tercero de su Transfiguración. Procedente también la idea de interpretar esas dos piezas de von Bingen y la de Torres sin solución de continuidad, como un todo impregnado del mismo trasfondo, aunque la estética sea tan distante.
Se situó el escenario en penumbra, con tenue iluminación del coro y del propio Akham, para la interpretación del responsorio O vis eternitatis, una pieza de austera sublimación, con un delicado bordón del órgano como único soporte a un hermoso canto de la soprano solista (lució estupendamente Margarita Rodríguez, con envidiable línea y hermoso timbre) y el coro, servido con corrección por las voces femeninas del Nacional. Algo más luminoso, con una bonita pero sobria introducción del órgano, la antífona Spiritus sanctus vivificans vita, cantada con corrección, pese a algún apuro en la zona alta, por las voces femeninas del Nacional.
Recuperada la luz sobre el final de la antífona, comenzó inmediatamente la mencionada obra de Torres, Transfiguración, dedicada en su día al chelista Asier Polo y al acordeonista que actuaba hoy, Iñaki Alberdi. Ambos la estrenaron en Pamplona el año 2019. Este doble concierto para violonchelo, acordeón y orquesta de cuerda, estructurado en cinco movimientos que se escuchan sin solución de continuidad, inspirado en versos de la obra precitada de von Bingen (O vis eternitatis, O cruor sanguinis, Vivificans vita, O ignee spiritus y Speculum lucis), camina por una estética indudablemente actual, pero consigue con éxito llevarnos por ella incorporando ese misticismo de von Bingen, desde la austera reflexión del tiempo inicial al sereno, contemplativo carácter del quinto, pasando por la descarnada inquietud del segundo o la contagiosa energía del cuarto. Siempre con muy conseguidos efectos sonoros (incluyendo algunos exquisitos del acordeón, empleado en alguna ocasión casi con resonancias del armonio) y con finos matices (delicadísimo el etéreo final de la obra), la muy atractiva partitura estuvo servida con excelencia por los dos sobresalientes solistas, Ángel Luis Quintana e Iñaki Alberdi, y apoyada con cuidada atención por Afkham y la cuerda de la Nacional. Todos, y también el propio Torres, recogieron merecidas ovaciones del público.
La segunda parte se abría con la Rapsodia para contralto de Brahms, obra que comparte algunos parámetros estéticos con el Requiem alemán (escrito un año antes), y que, en sus dos primeras partes, se mueve en coordenadas de dolor, para culminar, en la tercera y última, en un canto de emotiva plegaria que busca alivio para ese dolor. La planteó Afkham con un tono adecuadamente tenebroso y doliente, y contó con el canto sobresaliente de Okka von der Damerau, una mezzo (no contralto) de imponente presencia y amplio registro (el grave, de más que buena presencia, le permite afrontar con éxito esta partitura). La suya mostró ser una voz con cuerpo, vibrato en el límite justo para no pasar la frontera del exceso, fiato excelente y emisión uniforme, redonda y bien proyectada. Una excelente línea de canto hizo el resto. La suya fue una lectura muy notable, adecuadamente evolucionada desde la oscuridad inicial a la sentida y muy expresiva súplica del tercio final. Buen soporte de las voces masculinas del Nacional, y de una orquesta que, comandada con sensibilidad por Afkham, consiguió crear la atmósfera y evocación apropiadas, con estupendas prestaciones de los solistas de oboe, trompa y flauta.

La tragedia de un matrimonio forzado y un amor trágicamente imposible de Francesca da Rimini, retratada con maestría por Dante, sirvió a Chaikovski para llevar a la música un conflicto que, en el fondo, padecía, desde diferentes coordenadas, él mismo. Tragedia abierta y descarnada, en la que el compositor ruso no regatea intensidad y tensión. Así lo entendió el titular de la Nacional que dibujó una interpretación que fue de menos a más, hasta culminar en un tramo final de arrollador voltaje.
Pudo, sí, tener algo más de sutileza el inicio, que fue sin duda tenebroso pero tal vez sin la medida última de refinamiento tímbrico. Pero ya en el allegro vivo se consiguió una gran tensión. Lectura trepidante de este pasaje, con estupenda prestación de cuerda y metales. Brilló el solista de clarinete, espléndido en el matiz, en la transición a la segunda parte de la obra (andante cantabile) y el canto inicial de esta, presentado con una expresividad extraordinaria, luego tomada también de forma sobresaliente por la cuerda. Afkham, siempre hábil en el manejo de la tensión agógica (tan importante en música tan abierta a las inflexiones como la de Chaikovski), graduó muy bien la tensión, y llevó la obra a un clímax de vibrante intensidad, apabullante. El tramo final echaba chispas, más aún con la orquesta sonando espléndidamente en todas sus secciones. No extrañó el absoluto que el éxito fuera grande. La interpretación lo merecía. Concierto singular, sí, interesante, también. Y estupendamente servido, sin duda. Buen homenaje a los dos músicos que se jubilan, a quienes desde estas líneas deseamos, naturalmente, lo mejor.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: José Luis Pindado)


