MADRID / Shostakovich y el Cuarteto Mandelring, la amarga introspección

MADRID / Shostakovich y el Cuarteto Mandelring, la amarga introspección

Madrid. Círculo de Bellas Artes (Fundación Montemadrid). 11-IV-2021. Cuarteto Mandelring. Shostakovich: Cuartetos nº 9, 10, 11 y 12.

El Mandelring trajo, en esta tercera entrega que respeta escrupulosamente el orden numérico y cronológico de los cuartetos de Shostakovich, las cuatro obras de la década de los años 60. Si Shostakovich fue siempre él mismo, desde el principio, hay en sus obras una maduración, cómo no iba a haberla; y hasta un despojamiento. Ese despojamiento se advierte en estos cuatro cuartetos sobre todo en los movimientos lentos. Visto con perspectiva, es como se dirigiera de manera lógica a sus últimas obras, como la Sonata para viola, pero esto es demasiado fácil de decir, y para demostrarlo habría que analizar las obras, poco menos que una a una. Un análisis de ánimos, atmósferas, dramatismos, no un análisis gramatical. Si me apuran, hasta un análisis de época. No es oportuna tanta ambición en una reseña como ésta.

En alguna ocasión me he referido a estos movimientos lentos, densos, dolientes sin muecas, como retratos de desolación. En esta década no supera Shostakovich la desolación (ni lo pretende; además, no es solo suya, es de todo un enorme país y de una causa perdida), pero se diría que es más introspectiva, aunque igual de amarga. Frente a ello, el fuego. Si no lo llamo fuego, no sé cómo llamarlo; es un volcán que de pronto estalla, una riada que todo lo arrasa.

El Shostakovich satírico de sus obras de juventud (El perno, La nariz) asoma con un matiz duro, el del sarcasmo, y el Mandelring lo expresa sin especial énfasis, con sutileza pero con rotundidad, en momentos como la Humoreske del Undécimo cuarteto… para llegar a la introspección de la Elegía. Y es que este Undécimo cuarteto, el más breve de los cuatro, se divide internamente en siete movimientos, y diríamos más bien en siete episodios que más que acción contienen voces contrastadas. Para un grupo virtuoso como el Mandelring, un cuarteto como el Número once es una prueba y la gran oportunidad de mostrar su versatilidad, su capacidad expresiva en el enfrentamiento de maneras de decir, en secuencia, lo distinto y lo opuesto.

No hará falta insistir que en el Allegretto furioso del Décimo cuarteto o en el arranque Allegretto del Duodécimo, tras el disolverse en lontananza del primer movimiento, el Manderling echaba chispas, auténtico fuego; y en las dos ocasiones (que no fueron únicas) el auge musical, el pico sonoro y dramático se había motivado mediante tensiones anteriores, y era el momento en que la agrupación se preparaba para esas calmas nuevas, tensas calmas. Como esa desolación que llega tras el Allegretto del Décimo, y que es ejemplo del despojamiento a que me refería antes. Y la desolación, introspectiva, llega al estupor. La belleza de ese retrato del Mandelring nos entusiasma, tal vez porque (si no recuerdo mal la cita de Ghelderode) “el secreto del arte, de todo arte, es la crueldad”.