MADRID / Seong-Jin Cho, la normalidad de lo formidable

Madrid. Auditorio Nacional. 20-IV-2025. XXX Ciclo de Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo. Seong-Jin Cho, piano. Obras de Liszt, Beethoven, Bartók y Brahms.
Volvía el coreano Seong-Jin Cho (Seúl, 1994) al ciclo de Grandes Intérpretes. Las visitas de este pianista se cuentan por éxitos, y no es de extrañar. Reúne Cho todos los ingredientes para ello: una técnica extraordinaria, un cuidado exquisito del sonido, que dibuja con una paleta de colores y matices riquísima, y un criterio interpretativo que sorprende por la solidez de su construcción. Más allá de que los años le lleven, faltaría más, a profundizar aún más, lo que nos llega ahora mismo es un concepto edificado con una firmeza y una sabiduría artística que no tan a menudo se asocia a pianistas de su edad.
Afrontaba el coreano, como por otra parte ya es costumbre en él, un programa sin concesiones, de esos que ponen a prueba los recursos de un pianista. Liszt, nada menos, para abrir fuego, con esas mágicas Fuentes de la Villa d’Este, música evidentemente pre impresionista, que transpira serenidad y elevación espiritual. A continuación, el Beethoven alejado de la turbulencia, en la lírica, en algunos momentos hasta rústica, Sonata Pastoral, con solo algún arrebato puntual (el final del último tiempo) de su temperamento característico, en todo caso impregnado aquí de jubilosa exaltación. Cambio radical al piano percusivo de Bartók en su suite Al aire libre, en la que es la Música nocturna el vehículo de mayor magia, aunque con buenas dosis de inquietante misterio, pero en la que hay lugar, especialmente en el último número, Persecución, para la trepidación más frenética. Y para coronar el recital, nada menos que el impulso poderoso del Brahms juvenil, el de una Sonata op. 5 de tan ambiciosa dimensión en cuanto a duración como en lo que toca a una sonoridad que en muchos momentos parece reclamar a voces el ambiente sinfónico.
Se exige así al pianista la agilidad, el virtuosismo, la capacidad de canto, la delicadeza en el matiz, la diferenciación de texturas y voces, pero también la capacidad de desarrollar la mejor agresividad, como en muchos momentos de la partitura de Bartók, o el poderío y amplitud necesaria para que los densos acordes brahmsianos lleguen con todo su imponente poderío.
La elegancia sugerente, etérea, la evocadora sonoridad desplegada en Las Fuentes de la Villa d’Este, la poética expresión de sus motivos más cantables, luciendo la variedad y riqueza de la paleta de colores que arman su siempre cuidada sonoridad, bastaron para sentar las bases de lo que había de ser otro recital excepcional del coreano. El canto desplegado justo cuando en la partitura aparece la cita del evangelio de San Juan (“Pero el agua que yo le daré se convertirá en él en una fuente de la que brotará la vida eterna”) fue de una belleza extraordinaria. Se adapta Cho con inmediatez a todo lo que pide la partitura, y es capaz de pasar en un santiamén, con una facilidad pasmosa, desde la indicación ff furioso al pianissimo más delicado.
Afrontó luego la Sonata “Pastoral” de Beethoven con el clima perfectamente apropiado. El Allegro inicial llegó con ligereza, con un discurso claro, acertados los acentos y las inflexiones. Sin arrebatar, pero sin huir de la característica energía beethoveniana, con dinámicas manejadas con absoluta precisión. Que Cho domina los secretos de la construcción se demuestra en momentos como los compases de transición entre el final del desarrollo de este primer movimiento y el comienzo de la reexposición. Decía Furtwängler que el secreto estaba en las transiciones. Y Cho demostró, aquí y en otros momentos, hasta qué punto sabe dónde y cómo administrar la tensión en ellas. Cuando un pianista domina los recursos sonoros del instrumento y tiene una idea tan clara como él de cuáles son los momentos en que hay que administrar la tensión, de la importancia que en ello tienen las pausas, el resultado solo puede enganchar al oyente como lo hizo anoche (y no es que sea la primera vez).
Llegó el Andante con un discurso natural, animado, teñido de preciosos matices, bien contrastada la sección central en Re mayor, y con un final sencillamente exquisito en cuanto a matices y reguladores. Vivo, enérgico, el Scherzo, y contagiosamente alegre, desenfadado, con esa ligereza general que el discurso generalmente sonriente reclama, y que no es incompatible, como demostró de nuevo Cho, con fogonazos del Beethoven más enérgico y exultante. El precioso final demostró que esa exaltación puede ser vibrante sin perder claridad ni belleza tímbrica.
No se programa demasiado, por desgracia, la soberbia producción pianística de Bartók. Pero cuando se puede escuchar una muestra en una interpretación como la ofrecida anoche por Cho, lo primero que se viene a la cabeza es un “más, por favor”. Bastó el rotundo inicio del primer número de Al aire libre para provocar una sacudida sísmica en el público. Como el que no quiere la cosa, Cho desplegó la mayor y más descarnada agresividad, y la música llegó con toda su crudeza, con todo su vigor rítmico y con un colorido sonoro diferente. Cho no solo es capaz de las finas pinceladas de Liszt, la grandeza del Brahms más sinfónico, la sugerente sutileza de los impresionistas o la elegancia y claridad exquisita del piano clásico, llámese eso Mozart, Beethoven o Haydn. Es también capaz de la incisión más punzante, sin perder de vista que la diferenciación de voces, de una nitidez absoluta (la maravillosa Barcarola), y de unos contrastes y un impulso rítmico envidiables (Musettes). La paleta sonora de una riqueza que sigue asombrando una y otra vez asomó de nuevo en una Música nocturna que sugería mil y una sensaciones: misterio, inquietud, una evocación que tenía algo de magia casi hipnotizadora… tremendo. Y casi sin salir del trance, llegó la mencionada Persecución. Eléctrica, furibunda en el carácter, pero siempre con un control absoluto del impulso rítmico. Una interpretación de las que corta la respiración.
No es nada fácil, después de ese derroche de voltaje sonoro y expresivo, volver al piano romántico. Menos mal que había, también para el público, descanso. Ese Bartók había que digerirlo. A algún pianista (grande) he visto yo lesionar su sonoridad por cultivar demasiado ciertos repertorios en los que domina lo percusivo. Pero Cho, una vez más, demostró que cambia de pincel como de camisa, y que no pierde nunca esa sabiduría constructiva que venimos apreciando en su labor. No es nada fácil desentrañar las esencias de la más interesante Sonata de Brahms, la que sería, pese a ser fruto de los veinte años, la última creación en ese género del compositor de Hamburgo. Como casi todas las obras de su juventud, es obra dominada por una escritura muy vertical, de ambición casi sinfónica en su dimensión tímbrica.
Cho dejó claro que no anda corto de grandeza en los poderosos acordes que dominan el comienzo y buena parte del curso del primer movimiento, en el que pudimos disfrutar de un desarrollo enérgico, perfectamente construido, bien armados los contrastes y, nuevamente, con extremo acierto en la gradación de tensiones. El tramo final de ese Allegro maestoso fue, en este sentido, sobresaliente. El centro de gravedad de esta gran sonata está, creo, en el Andante, y así debió entenderlo también el coreano, que identificó perfectamente el juego de tensiones que Brahms dibuja sobre este movimiento, el más elaborado. La sutil expresión de Cho, con un discurso sencillo, bien delineado y matizado, captó la atención desde el principio, y poco después lo hizo más con un hermoso ben cantado, più piano de irreprochable fidelidad a lo escrito. Matices de escalofrío impregnaron lo que pareció un anhelo inalcanzable, después transformado en una explosión singular (con passione). Pero si este movimiento es el centro de gravedad, bien podría decirse que “el centro del centro” es el pasaje indicado Andante espressivo – andante molto. Y ese tremendo, apabullante arco que construye Brahms en ese pasaje llegó administrado, una vez más, con esa sabiduría extraordinaria por parte de Cho, que armó el largo crescendo con una maestría absoluta, hasta un ff molto pesante de devastadora intensidad. Demoledor clímax y demoledor final de esta bellísima página.
Sin respiro, Cho desplegó de nuevo su pincelada más rotunda para un Scherzo de ímpetu más que sobrado. Sirvió el Intermezzo el papel de sugerente, hasta interrogador recordatorio, coronado con una extraordinaria conclusión. Acertó también el coreano en un Allegro moderato ma rubato final que tuvo el impulso necesario, sin arrebatar, con la efusión necesaria y la vibración justa, de nuevo con la tensión apropiada en el Presto que precede a los grandiosos, solemnes compases finales.
El éxito había apuntado ya a lo grande, y se confirmó según concluyó esta gran Sonata de Brahms. No tardó mucho Cho en ofrecer un regalo: una hermosa, sutilmente delineada, Pavana para una infanta difunta de Ravel, que nos devolvió al Cho de la pincelada más fina, de los colores más sutiles y de esa diferenciación de voces que hace que parece que escuchamos a más de un pianista. Seguía el entusiasmo, pero Cho se despidió con un gesto inequívoco de despedida. No habría más regalos. En realidad, el recital entero lo había sido. Lo excepcional de la cuestión no es que Cho sea un pianista formidable, por técnica, inteligencia, sensibilidad y versatilidad. Quizá lo excepcional es que… lo hace parecer normal.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Ávaro Panda)


