MADRID / Segundo episodio del emocionado homenaje a Zubin Mehta

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 15-II-2026. West – Eastern Divan Orchestra. Director: Zubin Mehta. Obras de Beethoven y Schubert.
En 1999 el siempre activo y comprometido Daniel Barenboim y su amigo Edward Said hicieron realidad la creación de una orquesta que acogiera a músicos palestinos e israelíes y de varios países árabes (ahora también de Irán y Turquía). Con sede en Sevilla, la orquesta, que trabaja por encuentros en los que preparan las giras posteriores, tiene también músicos españoles. En su filosofía, como recoge la propia biografía del programa de mano, está la visión de una coexistencia pacífica entre culturas, lo que puede resumirse en que la música puede hermanar y unir lo que la ceguera política enfrenta demasiadas veces. Los interesados en conocer más sobre la filosofía de la orquesta pueden encontrar información detallada aquí: https://west-eastern-divan.org/.
Uno de los maestros más ligados a la formación, aparte de su fundador Barenboim, es su buen amigo Zubin Mehta. El maestro indio, que cumple 90 años en abril de este año, es un personaje que parece incombustible y que ha superado muy serios trances de salud. Con una debilidad muy evidente, afronta, como celebración de su próximo y venerable cumpleaños, una gira con esta orquesta en la que visita España (Barcelona, Madrid y Oviedo), Italia y Austria. La gira española coincide, además, con que en 2026 se cumplen también 50 años desde que actuó en nuestro país por primera vez con Ibermúsica, doce años después de que debutara en nuestro país al frente de la Orquesta Nacional. Las visitas de Mehta a Ibermúsica (músico que, como en su día Rostropovich, mantiene desde hace años una estrecha amistad con la Reina Sofía) sobrepasan ampliamente el centenar (la lista ocupa más de tres páginas del programa de mano).

Sirva este largo preámbulo para resaltar que los dos conciertos ofrecidos en Madrid son un más que merecido homenaje, y muy probablemente despedida, al maestro indio. Como señala Alfonso Aijón en el texto que acompaña al programa de mano (inusual y justamente extenso, con numerosas fotografías sobre la trayectoria de Mehta), la contribución de Mehta al mundo musical español y a Ibermúsica en particular ha sido, como la de su amigo Barenboim (presente entre el público, como la Reina Sofía, en ambos conciertos), mucho más que significativa.
Apuntaba Santiago Martín Bermúdez en la reseña del primero de los dos conciertos, al que el firmante no pudo asistir, que le resultaba difícil escribirla, porque “o se es injusto o se es cruel”. Creo, honestamente, que no le falta razón, y por eso mismo creo que hay que poner el énfasis en lo emocional, en el testimonio de cariño del público, que regaló a Mehta sonoras y entusiastas ovaciones desde que salió en silla de ruedas y al final de cada obra. Una forma de decir “gracias, hemos disfrutado de tu arte, te queremos y admiramos, y nos despedimos emocionados”.
El segundo programa, ofrecido en la mañana del domingo, era enteramente orquestal (es decir, sin pieza concertante) y con obras bien conocidas del repertorio y, naturalmente, más que muy familiares para el propio maestro. Abría el fuego la Obertura Leonora III, una de las cuatro que el compositor de Bonn escribió para su única ópera, Fidelio. La génesis de Fidelio, con distintas versiones y revisiones, fue un verdadero dolor de cabeza para Beethoven, y que existan hasta cuatro oberturas es un dato muy ilustrativo al respecto. Para quien firma estas líneas no deja de ser en cierto modo sorprendente que la elección final cayera en la conocida por el título de la ópera (Obertura “Fidelio” op 72), porque la que se escuchó esta vez, Leonora III, op 72b es vibrante, intensa y muy dramática, además de que la relación de los motivos con lo que se escucha después en la ópera es muy evidente. La electrizante coda final es una muestra excelente del Beethoven más apasionado, un tramo final de una urgencia contagiosa, de la que le ponen a uno al borde de la silla. Pero, como señalaba Martín Bermúdez para el concierto de ayer, lo que vimos fue un Mehta muy debilitado, apenas capaz de mínimos gestos (aunque dirigió el programa entero de memoria), y en realidad la estimable y entusiasta orquesta West-Eastern Divan (formación que constituye sobre todo un empeño de encomiable ambición cultural y humana, más que agrupación orquestal especialmente destacada) descansó, muy visiblemente, en la dirección que el concertino proporcionaba. Con unos tempi de muy evidente cautela y moderación, esa intensidad que es tan intrínseca a esta obertura quedó un tanto limada, especialmente en una coda en la que primó el encuadre sobre la vibración. Esa preocupación por el ajuste no evitó, sin embargo, que el timbalero cortara tarde su redoble final, cuando el resto de la orquesta ya había concluido.

No le falta tampoco energía (sobre todo en el movimiento final) a la Octava Sinfonía del genial sordo. Pero lo que predomina es el humor, la sonrisa y hasta el sarcasmo. Se entiende que el público, que en la misma tarde de la primicia de esta obra escuchó también la Séptima (que había sido estrenada poco antes con gran éxito), quedara algo desconcertado, pero en la estima del propio Beethoven su Octava ocupaba incluso un lugar preferente respecto a la Séptima. Swafford ha señalado, y bien podría decirse que no le falta razón, que la obra está llena de sonriente energía y contagioso impulso rítmico, muy evidente en un segundo movimiento que escapa de la lentitud para destilar buen humor. Hasta la propia indicación del movimiento (allegretto scherzando quasi andante) tiene la broma implícita. Además, el propio Beethoven introduce después más bromas, entre ellas los acentos sobre partes débiles del compás que en cierto modo parodian el ritmo habitual del minueto, por ejemplo.
Pero, por lo ya apuntado en la obertura, lo escuchado pareció, nuevamente, más cercano a la pulcritud que al humor, a la energía o a la sonrisa. En asegurar esa pulcritud quedaron por el camino los con brio y los vivace, como si la sonrisa nos llegara con cansancio. Dio igual, el público estaba (y era absolutamente razonable que así fuera) entregado de antemano al sentido homenaje, de forma que la ovación que recibió la ejecución fue más que muy calurosa.
La última de las sinfonías completadas por Schubert, tradicionalmente conocida como Novena, ha sido más recientemente renumerada como Octava tras el descarte de los bocetos que antes se conocían como Séptima, de forma que la conocida Incompleta ha pasado de ser la Octava a ser la Séptima y la que antes era Novena es ahora Octava; un lio, vaya. Compuesta en los últimos años de su vida (entre 1825 y 1828), la obra, que incluye un guiño breve de homenaje al admirado Beethoven (sobre el último tiempo de su Novena) en el movimiento final, es una obra de grandes dimensiones (más aún si se respetan todas las repeticiones prescritas) y encontró en su andadura inicial seria resistencia en las orquestas, que encontraban poco menos que imposibles algunos pasajes para la cuerda y la madera. Pero la partitura, como bien identificó Schumann, al que no se le escapaba una, es una obra maestra. Cuando la descubrió, la remitió a Mendelssohn y éste la estrenó en 1839, estando hoy firmemente instalada en el repertorio.
Mehta conoce extremadamente bien estos pentagramas. Y los ha trabajado a conciencia. Quien firma estas líneas recuerda hace muchos años (cuando la TV pública se dedicaba a lo que se debería seguir dedicando, camino que tristemente ha abandonado hace tiempo) un documental en el que se veía a Mehta ensayando esta sinfonía con la Filarmónica de Los Ángeles. El solista de trompa era sometido durante bastantes minutos a la insistente repetición de los primeros compases, hasta que el maestro indio consideró que había conseguido el matiz piano necesario en la segunda instancia en que aparece el motivo inicial. Fue curioso, en esta ocasión (el firmante no recuerda haber visto esta disposición en ninguna de las bastantes interpretaciones que ha presenciado de esta obra), ver a las maderas (flautas-oboe-fagots-clarinetes, de izquierda a derecha, con las trompas justo detrás) en primera fila, delante de los primeros atriles de la cuerda. No menos singular resultó, como consecuencia, ver a los últimos atriles de la sección de violas bastante arriba, justo delante de los trombones. En cualquier caso, quizá por el cariño especial de Mehta hacia la obra, quien esto firma tuvo la sensación de que en la interpretación de la sinfonía schubertiana hubo algo más de intensidad que las dos obras de Beethoven, aunque los parámetros de partida, dadas las circunstancias, fueran los mismos.
Hay que unirse, como ayer hacía Santiago Martín, a los aplausos y homenaje a Mehta, sin la menor duda. Lo que hoy debe resaltarse, por encima de todo, porque es lo justo, es ese testimonio de emocionado agradecimiento que Ibermúsica, el público y sus amigos Barenboim y la Reina Sofía, le han tributado.
Rafael Ortega Basagoiti


