MADRID / Segunda velada magistral de la Filarmónica Checa y Bychkov, también con Dvořák

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. Ibermúsica 23-24. 6-III-2024. Orquesta Filarmónica Checa. Director: Semyon Bychkov. Solista: Augustin Hadelich, violín. Obras de Dvořák.
El segundo programa de la Filarmónica Checa en Madrid, como ya apuntamos, era otro monográfico Dvořák, también con el clásico esquema obertura-concierto-sinfonía. La primera llegó de la mano del segundo capítulo del tríptico comentado ayer (Naturaleza, vida y amor) que finalmente no fue tal en la forma (fueron piezas independientes) aunque sí en el carácter. Si ayer comentamos la capacidad evocadora de la naturaleza en la obertura del mismo título, hoy fue evidente el festivo y exultante júbilo que preside la obertura Carnaval op 92, cuya interpretación comentaremos después.
La pieza concertante de la ocasión fue el Concierto para violín op 53. Creo haber comentado ya con anterioridad (si no me falla la memoria, cuando lo interpretó la gran Julia Fischer en este mismo ciclo, hace cuatro años) que el concierto en cuestión es complicado, no especialmente agradecido y tampoco se cuenta entre los más populares del romanticismo, donde queda, creo que con razón bien justificada, muy por detrás de los de Brahms, Mendelssohn, Chaikovski o Bruch, por poner los más significados. De las tres piezas concertantes del compositor checo, esta para violín, para quien esto firma, sería secundaria, a una distancia considerable de esa obra maestra que es la escuchada ayer, el concierto para chelo. Todo lo cual no es óbice para reconocer que grandes violinistas, empezando por el mismísimo Oistrakh, han sido convencidos apóstoles de su causa.
El solista de la ocasión era el alemán-estadounidense Augustin Hadelich (Cecina, 1984), a quien el firmante escuchaba en vivo por vez primera. Armado con un Guarneri del Gesù de 1744, Hadelich lució un sonido poderoso, redondo, de bonito timbre, aunque sin alcanzar el precioso aterciopelado de Hahn o, por referirnos a la última intérprete de la obra en el ciclo, de Julia Fischer, cuyo volumen es, sin embargo, más tenue que el del estadounidense. La dinámica se antojó ancha, el vibrato equilibrado y la afinación, excelente. El arco se mostró ágil y los ataques fueron decididos, alguno un punto áspero, pero el mecanismo siempre fue de enorme precisión, con una articulación de exquisita nitidez. Salvó de forma sobresaliente las más que considerables dificultades de la obra. Defendió con convicción las bondades de la partitura, extrayendo todo el partido posible a un primer movimiento solemne, en el que no es fácil encontrar una vibración que enganche al oyente. Con todo, dibujó con grácil ligereza el pasaje marcado scherzando de ese primer tiempo. Planteó con buena línea cantable y delicada expresividad el segundo, bien apoyado por el cuidado acompañamiento de Bychkov y la orquesta checa. Como de costumbre con esta obra, la vibración mayor llegó con un tercer movimiento cuyo aroma de danza si cautiva, y Hadelich lo interpretó con ardor y decidido impulso.
El éxito fue grande, y el estadounidense concedió (gesto no habitual), dos propinas. La primera, su propio arreglo (muy bonito, por cierto) del tango de Carlos Gardel Por una cabeza. La segunda fue Wild Fiddler’s Rag de Howdy Forrester, de nuevo en arreglo de Hadelich.

La sinfonía que completaba el programa era no solo la más conocida de su autor, sino una de las más conocidas de toda la historia: la Sinfonía nº 9 en mi menor “Del nuevo mundo”, obra maestra que no necesita presentación, y que es, sin duda, una de las maravillas del repertorio sinfónico. Sobre la interpretación de obertura y sinfonía, la dirección de Bychkov y la prestación orquestal, cabría repetir punto por punto lo comentado ayer. Desde los primeros compases de la obertura Carnaval, era inevitable quedar enganchado por la contagiosa energía de ese exultante júbilo que respira la vibrante partitura, porque es difícil escucharla con una sonoridad más brillante, poderosa y exquisitamente equilibrada que la conseguida por Bychkov y la estupenda formación checa. El exaltado festín de vitalidad que llegaba con la música lo hacía con una cuerda de asombroso empaste y precisión, bellísima sonoridad y preciosos matices, pero también con unos metales tan poderosos y brillantes como sabiamente manejados desde el podio. Bychkov volvió a impartir otra lección magistral de gestión del sonido y del discurso. El primero, presentando otra vez un balance perfecto. El segundo, demostrando su manejo primoroso de las transiciones (una maravilla, en la obertura, la que conduce al pasaje poco tranquillo, y luego también la que lleva al andante con moto) y su sabia graduación de las tensiones. El trepidante final fue de los que le ponen a uno al borde de la silla.
La sinfonía, por su parte, ofreció más ejemplos de esas maestrías, para redondear una interpretación gloriosa. Esta sinfonía se escucha cientos de veces. Pero así… muy pocas. De nuevo tuvimos la minuciosa atención al detalle, desde el delicado pp del inicio al minucioso fz-pp de los trompas a los pocos compases. Y también ese fino equilibrio que permitió un Allegro molto vivo, indudablemente enérgico, pero sin arrebatar, en el que se omitió la repetición de la exposición. Tuvo, como ya apunté cuando escuché esta misma interpretación en Praga, el grado justo de nostalgia y melancolía el bellísimo Largo, que jamás resultó decaído ni en exceso edulcorado. Matices de enorme sutileza (ppp de envidiable levedad), tramos de una belleza cautivadora (esos pocos compases en que Dvořák deja solos a los primeros atriles de violines, violas, violonchelos y contrabajos) y final sobrecogedor, con dos delicadísimos acordes de los contrabajos. Vivo, enérgico, con envidiable impulso rítmico, el Molto vivace, y triunfal, exuberante Allegro con fuoco final, dibujado con trepidación y un manejo, otra vez, sencillamente espectacular de las transiciones hasta llegar a una coda de irresistible vibración. Pero, en la línea de la minuciosa atención al detalle, y tras la rotunda coda, no dejó escapar Bychkov la ocasión del prescrito diminuendo sobre el acorde final, pocas veces tan mágico. Esa magia merecía unos buenos segundos de silencio para ser adecuadamente degustada. Excuso decir que apenas tuvo un par de ellos, porque el impaciente de turno la rompió, incontenible su entusiasmo en el aplauso, por lo demás merecidísimo.
Todo lo comentado ayer sobre la orquesta es perfectamente traspasable al concierto de hoy. La pequeña pifia de las trompas al principio del desarrollo del primer tiempo de la sinfonía no debe engañar, porque su prestación fue estupenda antes y después del mínimo percance. Y el resto volvió a confirmar la formidable clase de la agrupación checa. La cuerda es, en todas sus secciones, una maravilla. Los metales, muy especialmente trompetas y trombones, otro tanto. La madera, con especial mención a la excepcional flautista, pero también a los solistas de clarinete, fagot y oboe, y en este caso, al estupendo y muy aplaudido de corno inglés, brilló igualmente a gran altura.
No puede extrañar que el éxito fuera arrollador, y hasta creció después de otra brillantísima propina, otro derroche de contagiosa vitalidad: la primera de las Danzas eslavas op 46 del propio Dvořák. Seguían los aplausos, pero no hubo más propinas. El resumen es bien evidente: otra dosis de emoción con Dvořák por Bychkov y la Filarmónica Checa. Y, sin duda, estos dos conciertos han sido dos de los mejores de la temporada.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Petra Hajská)


