MADRID / Schumann de elegancia italiana en manos de Gatti y la Staatskapelle de Dresde

Madrid. Auditorio Nacional. 21-IV-2025. Staatskapelle Dresden. Director: Daniele Gatti. Schumann: Sinfonías nº 1 y 3.
La noticia impactó a todo el mundo: el Papa había fallecido a primera hora del lunes. No sorprendió por tanto que, tras expresar el profundo sentimiento de Gatti y la orquesta sajona por la muerte del pontífice, se anunciara que antes de iniciar el concierto propiamente dicho, se interpretaría en recuerdo del Papa el Aria de la Suite nº 3 BWV 1068 de Bach, para guardar después un minuto de silencio, algo que, con la excepción de algún despistado que aplaudió tras el aria, el público secundó de manera escrupulosa. Homenaje sentido, por cierto, con una interpretación de hondo sentimiento de la página bachiana.
Salvo en maratones excepcionales (lo fue el que dirigió James Conlon para la iniciativa “Solo Música” del CNDM, cuando entre el 18 y el 20 de junio de 2021 ofreció las Cuatro Sinfonías de Schumann junto a las de Brahms) no es frecuente poder escuchar en sesiones sucesivas la integral sinfónica de Schumann que, a estas alturas, aún encuentra sus reticentes. La gira de Gatti con la Mahler Chamber aludida ayer en Scherzo, realizada en abril de 2021 en la que el mismo director milanés ofreció estas sinfonías, no llegó a la capital de España. Así que la ocasión que presentaba Ibermúsica de disfrutar de la integral schumanniana, sobre todo si viene de la mano de una de las más ilustres orquestas del planeta, tenía todos los ingredientes para ser algo del mayor interés.
La Staatskapelle de Dresde, a poco de cumplir el medio milenio de historia, está sin duda en esa liga. Celebró la temporada pasada su 475 aniversario, y en esta, además, estrena titular, el milanés Daniele Gatti (1961). Como recordaba ayer el reportaje previo de Scherzo, el repaso a los nombres que han presidido esta formación es todo un tratado de dirección orquestal: desde Schütz, Weber o Wagner a otros más recientes: Fritz Reiner, Karl Böhm, Joseph Keilberth, Rudolf Kempe, Kurt Sanderling, Herbert Blomstedt, Bernard Haitink o el último antes de Gatti, Christian Thielemann. Justamente con este último, Thielemann, grabó la orquesta las Sinfonías de Schumann para el sello Sony en 2018, durante una gira por Japón.
Las sinfonías de Schumann, como apunta Pedro González Mira en sus notas al programa del primero de estos conciertos, respiran libertad y ausencia de rutina. Uno se atrevería a decir que hasta audacia, para encarnar, como expresaba George Szell, “lo mejor del romanticismo puro”. Han sido (y, en algunos círculos, siguen siendo) criticadas por lo abigarrado de sus texturas y lo espeso de su orquestación. Aunque se discrepe, y quien esto firma lo hace, de tales críticas, es cierto que, en Schumann, pero no solo en el sinfónico, las texturas son de complejo desentrañamiento, pero lo son por la propia elaboración de la música, por la manera en la que el compositor lleva sus ideas al pentagrama.
En todo caso, es perfectamente lógico que la búsqueda de la transparencia, de la claridad de planos, sea objetivo más que deseable. La sonoridad grande, opulenta, que a menudo asociamos (no siempre acertadamente, dicho sea de paso) al romanticismo alemán, no se lleva muy bien con esa claridad, y se corre el riesgo de que terminemos escuchando un Schumann, por así decirlo, wagnerizado. El pasado nos ha demostrado, no obstante, que el equilibrio es posible, y que se puede conseguir lo mejor de la efusión schumanniana sin perder esa claridad. Los clásicos Szell, Kubelik o Sawallisch, pero también Karajan, han demostrado que eso es perfectamente posible. En épocas recientes, el acercamiento históricamente informado, bien presidido por Harnoncourt, Gardiner o Norrington, ha presentado interpretaciones más vivas e incisivas, pero también más claras y ligeras.

Las sinfonías impares que se ofrecían en este primer programa de la orquesta sajona son una muestra inmejorable de la mejor y más bella de las expresiones líricas de Schumann, con una Primera en la que transpira una exultante y contagiosa felicidad, y una Tercera exuberante en sus dos movimientos extremos y de una hermosa solemnidad en los intermedios, especialmente el cuarto.
Gatti es director en el que, en efecto, se aprecia una preocupación por la claridad de exposición, ya desde el mismo gesto, claro en la intención y casi siempre más inclinado a la expresión que al compás, aunque no se descuide la indicación precisa y necesaria. Extrovertido en la medida justa, no es el milanés dado al aparato superfluo ni la coreografía gratuita. Pero modela y dibuja con habilidad e inteligencia, y se asegura no sólo de que todo esté en su sitio, sino de que lo haga en la medida en la que se escuche con la nitidez requerida. No hay, de su mano, lugar a grandilocuencias o excesos decibélicos. En su lugar, al menos en este primer concierto, lo que nos llega es un Schumann apolíneo, luminoso, de una elegancia que le acerca a su muy apreciado Mendelssohn. Puede, qué duda cabe, que tal idea no resulte del agrado de todo el mundo. Pero es el de Gatti un concepto de indudable belleza e interés, porque su discurso es nítido y está sólidamente construido, y la idea que lo preside no es, ni mucho menos, descabellada.
Con un contingente de cuerda de 11/10/8/7/5 y los violines I y II enfrentados, el milanés se adentró sin especial solemnidad, con un tempo relativamente ligero, en el Andante un poco maestoso que abre la Primera sinfonía. Quizá las aguas estaban aún un poco frías, porque hubo algún que otro ataque no totalmente cuadrado, pero pronto se encauzó todo con una buena transición a un Allegro molto vivace vivo, ligero de texturas, articulado con total nitidez y con un equilibrio muy conseguido entre la necesaria intensidad expresiva y la claridad expositiva mencionada. Bien cantado el Larghetto, más bien ligero en el tempo, y muy buena transición al Scherzo, con trombones acertados en lo solemne, pero sin grandilocuencia. Muy vivo este Scherzo, y final desenfadado, dibujado con elegante flexibilidad. Lucieron maderas y trompas (y la flauta, en el famoso solo a modo de cadencia antes de recuperar el tema principal) en una interpretación que se movió en una alegría luminosa y que al final, en esa coda magistralmente construida por Schumann (a partir del poco a poco accelerando) acaba abocando a un clima triunfal e indiscutiblemente jubiloso.
Primó también la claridad en el primer tiempo de la Renana, efusiva y luminosa, bien contrastada pero quizá no tan rotundamente afirmativa como hemos escuchado en otras ocasiones (sin que ello tenga que ser interpretado como reproche). Para quien esto firma quizá fue el Scherzo de esta sinfonía uno de los momentos más logrados de la tarde, con un hermoso aire de danza y dotado de un rubato que fue siempre ingrediente enriquecedor de la expresión del discurso y nunca elemento para el amaneramiento. Sencillo, muy lírico el tercer movimiento (nicht schnell), con muy bellos matices de la cuerda. Quien firma estas líneas echó de menos cierta calma, algo de misterio, en la solemnidad que caracteriza a la música del cuarto tiempo (Feierlich), que contiene mucho carácter de coral, de himno. Música que pide quizá un punto más de expansión en el tempo para que esa solemnidad llegue a calar. El Lebhaft final pudo sorprender (por la tendencia previa a tempi relativamente ligeros) por una velocidad más pausada, pero Gatti supo darle el carácter sonriente y alegre que indudablemente tiene, y reservó, sabiamente, para el final, cuando Schumann demanda schneller (más rápido), el brote de jubilosa exaltación que corona la obra. Haciéndolo así, logró justamente el mejor de los efectos, que esa vibración llegara, con toda su intensidad, en el momento oportuno.
La Staatskapelle confirmó la gran solidez y empaste en todas sus familias, muy especialmente cuerda y madera. Los metales se mostraron siempre redondos y empastados, con las trompetas de timbre quizá algo más agresivo. Un éxito muy considerable para esta primera entrega sinfónica de Schumann, en una interpretación de elegancia italianizante. De gran interés, qué duda cabe.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Jörg Simanowski)


