MADRID / Schubert, Schumann y Liszt por Volodos: Colosal

Madrid. Auditorio Nacional. 4-VI-2025. Ciclo de Conciertos Impacta-Arte. Arcadi Volodos, piano. Obras de Schumann, Schubert y Liszt-Volodos.
El pianista ruso Arcadi Volodos (San Petersburgo, 1972), hace años muy ligado a nuestro país, en el que reside, es un intérprete al que quien esto firma viene siguiendo desde hace muchos años, desde sus primeros recitales en España. Asombró entonces el espectacular virtuosismo que atesoraba, y que brillaba de forma abrumadora en el repertorio, también aparatoso, que en aquel momento ofrecía. Virtuosismo que no vivía en absoluto del aparato externo ni de una gestualidad que, muy al contrario, era de notable sobriedad. Volodos siempre fue un pianista espectacular, pero jamás lo pareció en lo que podríamos llamar “externo”. Algo, por otra parte, muy acorde con el propio carácter del pianista, muy discreto y bastante ajeno a todo lo que rodea al marketing y otros postureos mediáticos de diversa naturaleza que, por desgracia, están tan a la orden del día en algunos otros casos.
Más allá de lo boquiabiertos que a todos nos dejaba semejante portento técnico, los años han dado paso a un músico de gran personalidad, y de una capacidad expresiva que ahora nos admira tanto (en realidad, más) como en su día lo hizo (y lo sigue haciendo, no nos engañemos) aquella inverosímil perfección técnica y mecánica. Quedan así en la memoria reciente las sutilezas introspectivas de su Mompou, la delicadeza nostálgica y la emotividad de su Schubert o la crepuscular intimidad del último Brahms. Digamos ya que el memorable recital vivido en el Auditorio Nacional este miércoles evidenció todos esos ingredientes… y más.
En esta nueva presencia madrileña, para el ciclo que organiza Impacta-Arte, presentaba Volodos tres obras de gran belleza y variedad expresiva, todo un reto para quien las afronta. Abría el fuego la Sonata D 959 de Schubert, sustituta de la inicialmente programada D 845. Siendo ambas admirables, esta D 959, penúltima de la colección del vienés, es una joya muy especial. Fruto, como las otras dos de la triada final, del último año de vida del compositor, no sabe uno qué admirar más en ella, si el rotundo, casi sinfónico movimiento inicial, con tantos contrastes y carga emotiva, la conmovedora barcarola del Andantino, con la turbulencia, impregnada de un trágico desasosiego, que asoma de manera inesperada en su sección central, o ese casi camaleónico rondó final, edificado sobre el motivo (transformado) del tiempo lento de la Sonata D 537, que evoluciona desde la tranquilidad inicial a la contundencia de una coda arrebatada. Todo aquí, como en realidad todo en el último Schubert, es emoción profunda, una a la que es imposible resistirse.
Encanto bien distinto es el del joven Schumann, que en 1837 componía una colección de dieciocho breves piezas a las que puso el título de Davidsbündlertänze, o Danzas de la cofradía de David, esa liga imaginaria que Schumann ideó en sus escritos para defender la música de su tiempo frente a sus detractores, considerados por el compositor “filisteos”. Piezas que, pese a su título, son “de carácter”, no de danza. Aunque de diferente ámbito, la conexión con otra serie de piezas de carácter del propio Schumann, el Carnaval Op. 9 (escrito pocos años antes, aunque el número posterior de opus sugiera otra cosa; obra que, curiosamente, escucharemos en otro recital dentro de pocos días) no deja de ser significativa, teniendo en cuenta que el último número de esa obra se titula, justamente, Marcha de la cofradía de David contra los filisteos. El tema inicial de estas Davidsbündlertänze procede de una Mazurka de la que sería su mujer, Clara Wieck (de sus Soirées musicales). Schumann recuerda aquellos días, pese a los conflictos con su futuro suegro, como los más felices de su vida. Y se nota, en efecto, en la música. Aún lejanos todos los problemas mentales que acabarían precipitando su final, estamos ante una música de una belleza especialmente luminosa, llena de contrastes, poesía y efusión lírica, apasionada y apasionante, y con momentos de una sutileza intimista exquisita, todo cuadrado en un discurso siempre elegante y trazado con singular perfección.
Se cerraba el recital con un retorno a la festiva y contagiosa brillantez lisztiana con la que tanto nos encandiló Volodos en sus inicios, a través de la decimotercera Rapsodia húngara del compositor, que Volodos ha enriquecido con sus propias adiciones, muy en la estela de ese pianista de leyenda que hizo lo propio con esta misma obra: Vladimir Horowitz. Página llena de fantasía, colorido rítmico y sabor, con un motivo en la sección rápida que habrá resultado familiar para muchos porque suena también en los Aires gitanos de Sarasate.

Como de costumbre, con su silla con respaldo, Volodos, llegó, saludó y sin ceremonia ni espera, atacó con rotundidad el Allegro inicial de la Sonata schubertiana. Los primeros compases sirvieron para paladear una muestra variada de lo que vendría después, siempre conseguido con una facilidad que desde fuera parece casi imposible. El control absoluto de la redondez sonora, la dinámica anchísima, la articulación cristalina, los matices exquisitos, y el fraseo, armado sobre una capacidad de respirar, de pausar, de construir un rubato de maravillosa adición expresiva, nunca amanerado ni edulcorado ni forzado. Extrajo Volodos de los silencios, algunos (unos muy notorios que en realidad están escritos como de corcheas) larguísimos, el máximo partido. Y presentados como una conclusión lógica, inapelable, de la frase. Una conclusión que traía consigo una tensión singular, una expectativa que, en sí misma, se incorporaba al discurso como parte de una intensidad particularmente cautivadora. Y todo, insisto, como si tal cosa, como si aquello fuera coser y cantar. Volodos siempre emplea los pedales con mesura e inteligencia, pero pudimos apreciar también en la Sonata, como luego también en Schumann, cómo creaba, en momentos puntuales, unas resonancias con las que conseguía un efecto mágico de suspensión, al tiempo que de fusión de armonías.
Magistral la forma en la que edificó la tensión creciente en el desarrollo del primer movimiento, estupenda igualmente la reexposición, y realmente estremecedor el final. Si alguien se pregunta si es posible adelgazar el sonido hasta el extremo y que aún suene lleno y redondo, que nos sobrecoja en medio de esos compases de enorme emoción, la respuesta es: sí, a Volodos, al menos, claro que le es posible. Vaya si lo es. Si el Allegro nos hizo contener la respiración, el conmovedor Andantino nos terminó de rematar. ¡Qué forma tan sencilla, directa y emocionante de armar ese discurso de irresistible y desolada tristeza! La turbulencia que crece en la sección central tuvo el auténtico carácter de libertad improvisadora que la propia música demanda. Ese arrebato casi beethoveniano es justamente lo que pide. La barra de compás estaba ahí, pero Volodos, con toda justificación, la difuminó. Se dedicó a edificar ese pronto casi desde la nada, y a culminarlo con otro uso del pedal realmente mágico. Música que estaba ya en el romanticismo más arrebatado. Otra muestra más de magisterio: el tránsito desde lo turbulento hasta el retorno al motivo inicial, ahora levemente transformado, pero sin merma alguna de su más honda tristeza. Faltan palabras para describir el espeluznante final de este movimiento, sobre un ppp que ponía un nudo en la garganta.
Siempre como el que no quiere la cosa, con la misma facilidad con la que se pulsa un interruptor, se lanzó Volodos a por un Scherzo luminoso, ligero, danzarín, variado en la matización de las repeticiones, y después a ese Rondó final que nos invita a la sonrisa amable en su encantador inicio y que poco a poco crece hasta alcanzar una gran tensión, con muchos episodios (el del cruce de manos sencillamente inolvidable) verdaderamente excepcionales. Otra vez extrajo el mejor partido a silencios, pausas, suspensiones, y arrasó en un Presto final fulgurante. La palabra que quizá lo resumen todo mejor es: tremendo. Y las ovaciones (era apenas el momento del descanso, pero daba igual), igual de tremendas.
El piano fue sometido a un repaso concienzudo en el descanso (incluida la extracción parcial del teclado, creo que no había visto algo así hasta ahora en medio de un concierto) y el técnico fue muy aplaudido cuando abandonó el escenario con todo el público ya aguardando el comienzo de la segunda parte. Las Davidsbündlertänze de Schumann son, en otra dimensión estética, igualmente difíciles de aprehender. Dieciocho miniaturas llenas de múltiples giros y contrastes, todo un caleidoscopio de sensaciones y emociones, todo un cuadro de poesía, evocación, a veces tranquila, otras veces, apasionada, y otras, enérgica. El repaso minucioso de todas las piezas haría la reseña más extensa de lo que ya es, pero merece la pena destacar la maravilla de la quinta, llena de sutilezas y culminada con una evanescencia imposible (excepto para Volodos), la contundencia e impulso rítmico de la sexta, el fino y sonriente humor de la duodécima (que, efectivamente, demanda Schumann en su indicación), el exquisito canto de la decimocuarta y, muy especialmente, la auténtica maravilla de las dos últimas, conectadas entre sí sobre una resonancia suspendida en el final de la penúltima, y que fueron unas pinceladas de un encanto poético maravilloso. Consiguió Volodos una recreación especialísima de estas dos últimas miniaturas, casi extática, susurrada, dibujando un discurso tan delicado que sugería más que decía, pero siempre de una belleza quintaesenciada.
El arreglo de Volodos de la Rapsodia nº 13 de Liszt fue un espectáculo de libertad en la fantasía del fraseo, el contagioso impulso y colorido rítmico y la arrebatada vibración de un Vivace arrollador, electrizante. La dificultad de aquello se antoja, otra vez, imposible, pero Volodos no solo añade problemas a los que ya plantea Liszt, sino que los salva como si el término dificultad fuera un desconocido para él. La palabra que procede aquí es: apabullante.
No se sorprenderá el lector a estas alturas de que el auditorio se viniera abajo. Lo hizo, y muy merecidamente, con ovaciones atronadoras. El éxito apoteósico fue recompensado con cuatro regalos. Llegó en primer lugar el Intermezzo op. 117 nº 1 de Brahms, en el que Volodos volvió a sacar las exquisiteces de matiz, de respiración, de pausas inalcanzables, de diferenciación de voces. Qué forma de “suspender” la música. El canto, sencillo y elegante del Momento musical nº 3 de Schubert, después. Tardamos en confirmar la tercera propina, que sonaba a un nuevo arreglo de Volodos, y lo era. El ruso arregló hace años la Malagueña de la Suite Andalucía de Ernesto Lecuona. Todo lo dicho para Liszt es aplicable aquí, y apabullante hasta casi se queda corto. La delicia final no podía faltar, para quienes nos hemos pasmado con el Mompou de Volodos. Él mismo lo anunció: el Pájaro triste, de las Impresiones íntimas. Qué les voy a decir: emocionante.
Rafael Ortega Basagoiti


