MADRID / Scaramuccia desgrana la búsqueda de un ‘estilo alemán’ en Dresde

Madrid. Fundación Juan March. 14-II-2026. Scaramuccia (Javier Lupiáñez, violín; Inés Salinas, violonchelo; Patrícia Vintém, clave). Obras de Pisendel, Telemann, Veracini, Vivaldi y anónimas.
Culminando el ciclo dedicado por la Fundación Juan March a las cortes musicales de Versalles y Dresde y sus conexiones y diferencias en la primera mitad del siglo XVIII, el grupo Scaramuccia presentó un programa con seis obras de diferentes autores creadas o interpretadas en Dresde. Se ilustraba así el papel de la corte sajona como crisol del denominado estilo mixto o alemán fusionando elementos, fundamentalmente, de origen francés e italiano con el contrapunto tradicional autóctono.
Comparecía Scaramuccia como trío, integrado por Javier Lupiáñez (violín), Inés Salinas (violonchelo) y Patrícia Vintém (clave). Abrió el programa una de las sonatas que Veracini regaló en Venecia al príncipe Federico Augusto de Sajonia y por las que convenció a su padre para contratarlo en Dresde… suscitando tensiones sin fin que culminaron con su caída desde un tercer piso motivada por un acceso de locura, por un complot de sus adversario y enemigos (casi todos sus colegas), según él, por su absorbente dedicación a la música… o por su afición por la alquimia (Mattheson).
Siguió una sonata de Vivaldi (pasticcio, en realidad, creado a partir del Concierto RV 205), descubierta por el propio Javier Lupiáñez, recordando las varias dimensiones de su dedicación musical. De Telemann, uno de los grandes artífices de ese estilo mixto o alemán, se eligió su Sonata TWV 41:a4. Buen amigo de Pisendel, en su correspondencia compartían opiniones sobre ese estilo propio que ambos buscaban. Y de Pisendel, lógicamente, se interpretó otra obra, prácticamente desconocida —de nuevo la faceta musicológica de Lupiáñez—, en la que se funden los estilos italiano y francés. Cuatro obras en cuya interpretación, tras empezar quizá un poco fríos, se mostraron cumplidamente las cualidades de este estupendo trío. Su pericia técnica y musicalidad, el virtuosismo que en distintos momentos exhibieron todos ellos —bellísimas y muy conseguidas fueron, por ejemplo, las cadencias ejecutadas por Lupiáñez; Inés Salinas tuvo, igualmente, hermosas intervenciones en la sonata de Pisendel—, su compenetración y capacidad para encontrar el tono justo de cada obra, la elección de tiempos juiciosos, dejando que la música fluyera con naturalidad…
La portuguesa Patrícia Vintém asumió en solitario la interpretación de una sonata anónima para clave de evidente inspiración francesa con fraseo elegante y distinguido, general delicadeza y muy buen gusto en la breve improvisación con que comenzó su intervención. Otro tanto podría decirse, por cierto, de las introducciones realizadas por Lupiáñez en la sonata de Veracini y Salinas en la de Telemann.

Y en la formidable Chacona final se alcanzó el clímax. Obra anónima, puede atribuirse a Jean-Baptiste Volumier, músico nacido en el Flandes español y konzertmeister de la orquesta de Dresde, a la que convirtió en una de las mejores de Europa. Fue también quien incorporó a ella a Veracini y Pisendel. Lupiáñez recordó en su breve presentación la función de la música como creadora y transmisora de sentimientos y pasión. Los mismos que contagia irremediablemente el machacón ritmo de una chacona, cómo ésta, bien interpretada. Escuchándola, recordaba la radical transformación experimentada por esta danza en poco más de un siglo. De ser considerada tan de baja estofa como para que Berganza, el sabio perro del Coloquio cervantino, afirmara que “me pesa infinito cuando veo que un caballero se hace chocarrero (…) y se precia que nadie como él sepa bailar la chacona”, a reinar, ennoblecida y universalmente aceptada, en los más elegantes y aristocráticos salones de Europa.
Salinas, secundada armónicamente por Vintém, tradujeron con intensidad el basso ostinato, mientras el violín de Lupiáñez desgranaba la hermosa melodía en un seductor crescendo emocional, transmitiendo esa fuerza y esa pasión rítmica que encierra la danza. Así, brillantemente, culminó un concierto que, en un giro estilístico radical, sumó como bis un precioso movimiento (Largo) de una sonata de Pisendel. Delicioso broche, sin duda, para un excelente concierto.
Manuel M. Martín Galán
(fotos: Dolores Iglesias Fernández / Archivo Fundación Juan March)


