MADRID / Samuel Mariño, entre el concierto y el cabaret

Madrid. Auditorio Nacional de Música. 21-II.2024. Samuel Mariño, sopranista. Arias y conciertos de A. Vivaldi, A. Scarlatti, A. Caldara y A. Corelli.
El mundo del sopranista siempre ha estado rodeado de polémica y de un cierto halo de frikismo. Baste recordar fenómenos como Radu Marian, Jörg Waschinski o Jacek Laszczkowski para situarnos en un ámbito más cercano a la pesadilla que al canto. En tiempos recientes algunos cantantes, como Bruno de Sá, han tratado de dignificar esta voz –un hombre que canta de cabeza en la tesitura de soprano– sin mucho éxito, francamente. La popularidad de estos cantantes se debe, en buena medida, al exotismo de esta forma de cantar, que los sitúa, lamentablemente, más cerca del fenómeno de feria que del arte del canto. En esta órbita se sitúa el caraqueño Samuel Mariño, quien combina el agudísimo falsetismo con una estética próxima a las drag queens. Todo ello sería disculpable si nos encontrásemos en presencia de una voz admirable, capaz de expresar las sutilezas del aria barroca; pero, por desgracia, no es el caso.
El gran problema de Samuel Mariño es el instrumento: una voz muy pequeñita, incolora, inodora e insípida, sin carne, sin armónicos, pálida, de un blanco nuclear, propia de un duendecillo de dibujo animado e inexpresiva. Con semejante materia prima las indudables buenas intenciones del cantante naufragan inevitablemente. No obstante, para ser justo, Mariño tiene dos puntos fuertes indiscutibles, una afinación perfecta y una agilidad sobresaliente. De todo ello tuvimos muestras sobradas en el concierto de anoche.
En la parte vocal, el repertorio, consistente en ocho arias, se repartió a partes iguales entre las arias de agilidad y las patéticas. En el primer caso, cuando entró en el sector de la bravura, se evidenciaron las carencias anteriores. Hacer como aria de salida Agitata da due venti es de una valentía que roza la temeridad y la verdad es que por ahí no hubo problemas. Clavó la coloratura, pero exhibió una total falta de fiato, ausencia de graves y ahogamiento al final de las frases. Y absoluta insipidez. Algo que se repitió en Torbido, irato e nero y Anch’il mar par che sommerga, con preocupantes problemas de respiración en esta última. La cosa cambió considerablemente cuando Mariño abordó las arias patéticas. Ahí indudablemente exhibió buen gusto y cuidó la línea de canto, logrando notable expresividad en la maravillosa Vanne pentita a piangere, aunque el final, en vez de una cadencia, remató con un ataque de intensidad emocional completamente fuera de lugar, un toque histriónico muy acorde con el personaje. En Caldo sangue el resultado no fue memorable y, desde luego, no hizo olvidar a un jovencísimo Jaroussky, que hizo el papel de Ismaele en su primera incursión discográfica (como sopranista) de la mano de Gérard Lesne en el Sedecia scarlattiano editado por Virgin Veritas hace veinte años. Correcto en Dite, oimè!, convertida en cavatina al cortar la sección B y el da capo (una mala práctica que se repitió en Anch’il mar par che sommerga). Entre medio, el aria ornitológica Quell’augellin che canta constituyó una agradable sorpresa, pues Mariño hizo gala de su facilidad para las agilidades, con una interpretación performativa que incluyó un breve intercambio con la concertino y saltitos en imitación del avecilla del aria y bordeó lo ridículo en varios momentos. Como bises, se hicieron Sventurata navicella (de nuevo en versión cavatina) –que incluyó un absurdo taconeo– con los problemas ya indicados en las arias de bravura, y un Lascia ch’io pianga lastrado por una patente inexpresividad. Eso sí, nos deslumbró con un cambio de vestuario en el descanso, cuando mutó un conjunto plata galáctico por otro en rojo plasticoso, siempre aderezado por unos tacones de infarto.
La orquesta no brilló en exceso. Lo mejor, el extraordinario Concierto para cuerda en sol menor, RV 156. Lo peor, un problema de afinación constante. La intervención de Marcello Di Lisa, dirigiendo sin clave a un grupo de seis instrumentistas, superflua. Queda para la imaginación cómo se puede hacer un concerto grosso sin ripieno (nº 4 del opus 6 de Corelli); pues muy malamente.
Javier Sarría Pueyo
(foto: Rafa Martín)


