MADRID / William Christie: regodeos purcellianos

Madrid. Auditorio Nacional de Música. 14-I-2024. Universo Barroco. Paulina Francisco, soprano; Georgia Burashko, Rebecca Leggett, Juliette Mey, mezzosopranos; Ilia Aksionov, Rodrigo Carreto, tenores; Hugo Hermasn-Wilson, barítono; Benjamin Schilperoort, bajo barítono. Les Arts Florissants. Director: William Christie. Ballet: Compañía Käfig. Director de escena y coreógrafo: Mourad Merzouki. Purcell: The Fairy Queen (versión semiescenificada)
Hay actualmente una tendencia en el mundo de la música consistente en desconfiar de las composiciones (por parte, generalmente, de personas que lo ignoran todo acerca de aquellas) e introducir en la ejecución musical elementos perturbadores que ponen el foco en cosas que no solo distraen de la escucha, sino que llegan hasta el punto de casi imposibilitarla. Es –lamento decirlo– lo que pudimos presenciar anoche en el Auditorio Nacional. Soy consciente de que al afirmar esto doy voz a una proporción cada vez menor de la melomanía, lo que pudo comprobarse por las ovaciones, casi aullidos, que se granjearon los perpetradores en una sala llena hasta los topes, pero es algo que percibo con claridad. Y es que, en demasiados momentos, la genial semi-ópera de Henry Purcell parecía un mero telón de fondo, un decorado sonoro para los bailecitos y naderías escénicas –intrusivas, carentes de gusto, absurdas– que Mourad Merzouki (un confeso admirador del break dance y otras delicatesen de la street dance) hizo desempeñar a su compañía Käfig. Y lo peor fue que las escasas escenas con contenido dramático (singularmente la del poeta borracho en el primer acto) fueron abandonadas a su suerte sin extraer su potencial teatral (bien es cierto que Hugo Herman-Wilson no es lo que se dice un gran actor). Hubo momentos de verdadera desesperación, como los ridículos grititos durante la Danza de las hadas del segundo acto, Here’s the Summer, del cuarto, el dúo del quinto acto o la gran chacona final, destrozada sin piedad.
Yendo a lo mollar, es de lamentar que Les Arts Florissants se presentasen en formato reducido en demasía: siete violines, dos violas, tres violonchelos, viola da gamba y contrabajo, más los obligados (flautas dulces, oboes, fagot, trompeta y timbales). Una vez más hay que mencionar que el enorme espacio de la sala sinfónica es excesivo para formación tan pequeña, al perderse buena parte del impacto y las sutilezas. En este caso, además, la cosa se agravó por tener que situar la orquesta al fondo del escenario, dado que la parte delantera y central se reservó para los bailarines y cantantes.

No obstante lo dicho, la interpretación estuvo plagada de virtudes y aciertos. El reparto es la más reciente cosecha de Le Jardin de Voix, ese maravilloso semillero creado por William Christie del que, posteriormente, se nutren numerosas formaciones especializadas. Como suele ser habitual, el nivel medio de los jovencísimos cantantes fue muy elevado. En el punto más alto se situó el tenor lituano Ilja Aksionov, un auténtico high tenor que parecía recién salido de las brumas de Oxford. Hizo un bellísimo One charming night y una hilarante Mopsa en su dúo con Coridon en el acto tercero. Muy notable también la soprano Paulina Francisco en todas sus intervenciones. Bellísima voz (con esa edad, le falta ir haciéndose) la del bajo-barítono Benjamin Schilperoort. El barítono Hugo Herman-Wilson cantó bien, pero, como se ha indicado antes, desaprovechó la magnífica escena del poeta borracho y, en menor medida, su dúo con Mopsa; es evidente que carece de vis cómica. Dio la de cal con un estupendo See, see, I obey. De las mezzos cabría destacar a Juliette May, quien hizo una preciosa O let me ever (The Plaint), cuyo acompañamiento, frente a lo habitual (y más acertado, a mi juicio) no fue el oboe, sino el violín, magníficamente tocado por Emmanuel Resche-Caserta.
El coro estaba formado por los propios solistas vocales y, curiosamente, funcionó como un reloj, con un empaste y volumen envidiable. Al coro debemos alguno de los mejores momentos, como el hermosísimo Hush, no more, con un final a capella realmente glorioso.

La orquesta, al margen de lo magro del dispositivo, sonó maravillosamente en la sección de cuerda, con un continuo extraordinario protagonizado por el formidable chelista Félix Knecht, Myriam Rignol en el bajo de viola y, claro está, Thomas Dunford con su tiorbino. Sébastien Marq y Nathalie Petibon (flautas dulces) protagonizaron un instante mágico en su preludio del segundo acto. Bien las trompetas y creativa –y algo excesiva– como de costumbre Marie-Ange Petit en la percusión.
Christie es un gran purcelliano, pero en esta ocasión creo que se mostró en exceso amanerado. Hay muchos números en que se deleita tanto, alargando el tempo, entre otras cosas (Ye gente spirits of the air, Three happy lovers), que se pierde el hilo y uno no sabe para dónde nos encaminamos. Purcell tiene también una parte muy espontánea y directa que se pierde con tanto rebuscamiento. Al margen de ello, es indudable que su magisterio realza la obra en muchos otros momentos, dando rienda suelta a su vena más gamberra en el primer acto, en la escena del poeta borracho, con los desafines intencionados o los glisandos.
Una buena noche que pudo ser mejor.
Javier Sarría Pueyo
(fotos: Rafa Martín)


