MADRID / Rachmaninov y Bartók, protagonistas en el concierto de Abduraimov y Bihlmaier con la Nacional

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 7-II-2025. Concierto sinfónico 14 de la temporada de la Orquesta y Coro Nacionales de España. Solista: Behzod Abduraimov, piano. Directora: Anja Bihlmaier. Obras de Coleridge-Taylor, Rajmáninov y Bartók.
Volvía la germana Anja Bihlmaier (Schwäbisch Gmünd, 1978) al podio de la Nacional para el decimocuarto sinfónico de la temporada. Bihlmaier dejó muy buenas impresiones en sus visitas anteriores (creo que esta es la tercera o la cuarta), de forma que las expectativas eran altas. El solista, a quien hemos visto en anteriores ocasiones en Madrid (creo que una de las primeras fue cuando sustituyó a un indispuesto Perahia en el ciclo de Grandes Intérpretes, hace ya 7 años), era el pianista uzbeko Behzod Abduraimov (Taskent, 1990).
El programa seguía, una vez más, el diseño clásico: obertura-concierto-sinfonía. El papel de la obertura lo desempeñó una obra muy poco conocida, la Balada op 33 en la menor del compositor afro-ínglés Samuel Coleridge-Taylor (1875-1912), un músico de talento precoz, fallecido prematuramente (a los 37 años). La música de esta muy estimable Balada transita por un romanticismo que tiene, como señala Fernández de Larrinoa en sus notas, una buena inspiración melódica, algo que sin duda apreciaría Elgar, que fue mentor principal de Coleridge-Taylor y llegó a decir de él que era “de lejos, el más brillante de los jóvenes compositores” de la época. Fue por mediación de Elgar que Coleridge-Taylor recibió el encargo del Three Choirs Festival para componer una obra que se ejecutaría en su ciclo de conciertos de 1898. La obra en cuestión es la Balada que nos ofreció la Nacional hoy. Página de poco más de trece minutos de curso, que transpira en buena parte de su recorrido una vibrante y bien armada exaltación romántica, con colorida y acertadamente construida orquestación, que alterna con efusiones de bello lirismo, evidentes en el pasaje indicado moderato ma con passione, en el que cabe apreciar, como apunta Fernández de Larrinoa en sus notas, ecos de Grieg.
La afrontó Bihlmaier con el mando firme, claro y seguro que la caracteriza, dibujando un allegro energico ma non troppo decidido, afirmativo y, efectivamente, con buena energía. El lirismo afloró con atinada expresión en el pasaje moderato ya referido, con una cuerda de expresiva sonoridad. La orquesta respondió con presteza a la demanda de la batuta, consiguiendo una interpretación muy notable. Música, en fin, de muy grata escucha y evidente brillantez, que fue bien recibida por el público.

Aunque entre los pianistas hay quizá más inclinación por el tercero, entre el público parece más popular (de hecho, es probablemente la más conocida de sus obras) el Segundo Concierto para piano de Serguéi Rajmáninov. Compuesto en el cambio de siglo (1900-1901), el propio compositor lo interpretaría en su debut como pianista en Estados Unidos (1909) y dejaría un legendario registro del mismo en 1929 junto a la Orquesta de Filadelfia dirigida por otra celebridad: Leopold Stokowski. No hay que bucear mucho para encontrar las razones que han hecho de esta obra una de las más apreciadas del repertorio concertante para piano. Rajmáninov encontró lo mejor de su invención melódica cuando componía este concierto, y su maestría y dominio del piano hicieron el resto. Música llena de ideas a cuál más hermosas, profundamente emocionante, en un discurso de una fluidez excepcional, como ha resaltado el gran pianista Stephen Hough.
En el origen de la pieza, dedicada al neurólogo Nikolai Dahl, que consiguió que el compositor superara el bloqueo mental en el que se había sumergido tras el fracaso de su primera sinfonía, hay alguna historia no certificada pero curiosa, como la relatada por el nieto de Rajmáninov al precitado Hough, según la cual lo que el compositor perseguía en las visitas continuas a Dahl no era tanto (o no solo) su tratamiento sino cortejar a la hija del neurólogo, que habría sido, si creemos al nieto del músico, Alexander, la verdadera inspiradora del concierto. Sea como fuere, la música es de una belleza excepcional, y en la producción de Rajmáninov, pocas veces encontramos algo tan conseguido como en esta oportunidad.
El solista de la ocasión, el uzbeko Abduraimov, lo era de plena garantía. En las varias ocasiones en que hemos podido escucharle en vivo, siempre ha demostrado una gran clase. La técnica es de una enorme solidez, con un mecanismo ágil y preciso, capaz de delicada sutileza pero también de imponente poderío. El sonido siempre es lleno y sirve a un discurso musical que se mueve como pez en el agua en el repertorio romántico. Utiliza el rubato con sensibilidad, pero se lanza con total decisión a las inflexiones indicadas por Rajmáninov, y cuando este pide un accelerando, no cabe dudar que este va a llegar con toda su intensidad. Entiende particularmente bien el lenguaje de Rajmáninov, y su interpretación del conocidísimo concierto fue, sin duda magnífica.

Ya el comienzo, con un muy expresivo pp y un bien dibujado crescendo sobre los solemnes acordes iniciales, permitieron crear la atmósfera adecuada. Abduraimov supo encontrar ese punto de expresión adecuada, sentida y con la emotividad justa, sin edulcorar. En su rubato no siempre le siguieron Bihlmaier y la orquesta con el mejor de los encuadres, pero ya se sabe que la parquedad de ensayos en los conciertos con solista hace dicho ajuste particularmente complicado cuando median, como es el caso, abundantes (y necesarias) inflexiones de tempo. Consiguió Abduraimov exponer de manera estupenda el maestoso alla marcia, y dibujar posteriormente un muy expresivo fraseo sobre el meno mosso posterior.
Precioso el canto del uzbeko en el inicio del adagio sostenuto, que contó con muy buenas prestaciones de los solistas de flauta y clarinete. Estupenda la semicadencia del solista en este movimiento, resuelta con agilidad y perfecto control de la pulsación, con un diminuendo perfecto. En este movimiento, por desgracia, el gran cola del auditorio confirmó que su estado distaba de ser el mejor. Ya en el primer tiempo dio la sensación de presentar una proyección un tanto ahogada. Cuando uno, como es el caso, conoce al pianista y sabe lo que es capaz de dar de sí en términos de sonido, pero aprecia esa falta de proyección, la duda está servida. Pero cuando en el segundo movimiento se detectaron, además, notas desafinadas (algunas muy evidentes en la octava del Do5, por ejemplo), es evidente que el instrumento no está bien. La propina ofrecida (el Preludio op 32 nº 5 del mismo Rajmáninov), abundante en tales notas, no hizo sino confirmar el desajuste. Ignoro las razones, pero debo señalar lo que es un problema que a muchos (no soy el único) nos lleva pareciendo evidente ya desde hace algún tiempo. No tuve ocasión de confirmarlo esta vez con el pianista uzbeko, pero sí lo he hecho en otras ocasiones y cuantas veces he formulado la pregunta he obtenido respuesta confirmatoria de que los pianistas no habían encontrado que el piano respondiera adecuadamente. Por algo será.
Con todo, Abduraimov se elevó por encima de las circunstancias y cerró, con un allegro scherzando brillantísimo, una interpretación espectacular. Brillaron oboe y violas en el canto del segundo motivo, muy lírico, luego recogido por el solista de forma espléndida.
El poco a poco acelerando hasta el agitato lo planteó de manera bastante vertiginosa, lo que hizo tambalear un poco el ajuste con la orquesta, pero la trepidación tenía una intensidad envidiable, de esas que hasta hacen perdonar algún encuadre no perfecto. El éxito, como no podía ser de otra forma, fue muy grande, y obtuvo como regalo la propina mencionada, interpretada de forma bellísima aunque lesionada por el acontecer técnico descrito.

La segunda parte del concierto la ocupaba una obra tan emblemática y bella como compleja: el Concierto para orquesta de Béla Bartók. La obra nació como encargo de la Fundación Koussewitzki (el director ruso era entonces el titular de la Sinfónica de Boston), en 1943. Bartók, ya enfermo de leucemia, escribiría la obra en un tiempo récord, y más para las circunstancias en que se encontraba: apenas dos meses. Una página llena de una singular vibración rítmica, en la que hay distinguidos papeles para varios solistas y secciones de la orquesta, pero en la que, sobre todo, prima una evidente añoranza de la tierra natal, Hungría, de la que el compositor se exiló en 1940. Es ilustrativa la explicación que, tiempo atrás, daba uno de sus más celebrados intérpretes, el también húngaro (y discípulo de Bartók) Sir Georg Solti, sobre los tres retos fundamentales a los que se enfrenta un director en esta obra: la complejidad rítmica, con continuos cambios de compas, el equilibrio sonoro interno (“que ningún motivo esencial quede tapado por la armonía o el contrapunto” decía Solti) y el conocimiento necesario, por parte del director, de la música del Este de Europa, y especialmente de la música popular y la danza, porque ambas están en el trasfondo de toda la obra. En resumen, una partitura preciosa, de una brillantez y calidad tan incuestionables como su dificultad, para quienes la ejecutan y para quien la dirige.
A los retos acertadamente descritos por Solti habría que añadir uno más: conseguir no solo que todo cuadre (que ya se las trae), sino que el discurso tenga enjundia musical, cuando el tiempo disponible para ensayos, en los tiempos que corren, es el que es. Y en muy buena medida lo logró la directora germana, ahora sin batuta (excepto, curiosamente, en el último tiempo, en el que sí la empleó). Plausible misterio en el inicio del primer tiempo, y buena intensidad en el allegro vivace. Brillaron en este movimiento los solistas de clarinete y flauta, al igual que los metales. El segundo, Giuoco delle copie, marcó uno de los puntos más altos de la interpretación. Se lucieron aquí las parejas de fagots, oboes, flautas y trompetas, dotando a este allegretto scherzando de toda el gracejo rítmico y armónico que contiene. Muy sólidamente construido, tranquilo, aunque quizá pudo haber tenido algo más de intensidad en la expresión, la Elegía central, que en todo caso encontró una sección de cuerda de bella y bien ajustada sonoridad. Notable el Intermezzo interrotto, en el que destacaron las intervenciones de oboe, flauta, clarinete y trompa, antes de un hermoso canto de los chelos (pasaje indicado calmo). Muy bien conseguido el ritmo de danza posterior, sonriente, con buenos glissandi de trombones. El Presto final fue, posiblemente, el momento (junto al segundo movimiento) más conseguido. De vibrante y enérgica intención, resultó muy bien dibujada la fuga y el final tuvo toda la trepidación deseable. Más que notable respuesta de la Nacional en obra que, aunque considerada de repertorio, no se ejecuta todos los días y es, no podemos dejar de insistir, de una enorme complejidad. Bihlmaier y la Nacional fueron, de forma más que merecida, muy ovacionados por un público que disfrutó de otro gran concierto de la temporada de los conjuntos nacionales.
Rafael Ortega Basagoiti
Foto: Rafa Martín


