MADRID / Queyras entusiasma con la sublime y trascendente belleza bachiana

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 25-I-2026. Ciclo de Conciertos Impacta. Jean-Guihen Queyras, violonchelo. J.S. Bach: Las seis Suites para violonchelo solo BWV 1007-1012.
Hace apenas tres años, en febrero de 2022, quien firma estas líneas reseñó el concierto que Yo-Yo Ma ofreció para Ibermúsica con las Seis suites para violonchelo solo de Bach. En la tarde del domingo 25 de enero de este año se repitió esa aventura en manos de otro violonchelista formidable, aunque bien diferente: el francés Jean-Guihen Queyras. La sala sinfónica del Auditorio Nacional estuvo abarrotada en el concierto de Ma, y lo mismo ocurrió en el de Queyras que es objeto de esta reseña.
Uno diría que la música del Cantor arrastra masas, y eso no solo vale para La Pasión según san Mateo. También es válido para una dosis completa de la música sublime que Bach escribió para violonchelo solo. Cuando “lo de siempre” es bueno, la gente acude. Ahí lo dejo. Viene a la cabeza aquello de que algo tendrá el agua cuando la bendicen.
¿Qué es ese algo? Si alguna música es especialmente esquiva para su explicación verbal, esa es la de Bach. Es bellísima, sí. Y de una perfección abrumadora, también. Produce admiración en aficionados y profesionales (¿hay algún compositor que entre sus colegas compositores haya levantado, a lo largo de los siglos, tan unánime admiración? Honestamente, creo que no). Emociona, conmueve, sobrecoge, es visionaria, está inundada de un torrente aparentemente inagotable de imaginación y fantasía.
Y también desconcierta, se antoja un mundo que uno aspira a aprehender, se esfuerza con denuedo en conseguirlo… sin que llegue a lograrlo, porque siempre, siempre, aparece un rincón por descubrir, un giro de esos que nos deja entre asombrados y casi bloqueados preguntándonos cómo ha podido hacer esto o aquello. No puede extrañar que grandes músicos hayan expresado temor ante la colosal dimensión de algo que se anhela con un afán cuya dimensión es casi idéntica a la certeza de que nunca será posible abarcarlo del todo.
En el caso de las Suites para violonchelo solo, hay que recordar que luminarias como Rostropovich solo las llevaron al disco cuando estaban en el último tramo de sus carreras, tras décadas de esa búsqueda sin fin. Cuando el firmante le preguntó, hace muchos años, a un joven Christophe Coin, tras escuchar su interpretación de algunas suites en vivo, si pensaba grabarlas, la respuesta fue que aún le quedaban años de trabajo, de profundizar y asimilar lo que contenía la monumental colección bachiana.

Belleza, perfección, fantasía y anticipación son algunos ingredientes de una mezcla que tiene por resultado una obra intemporal, por la que pasan los siglos sin que aparezca una mínima telaraña que reste un ápice a una modernidad que se antoja eterna. Hay otro resultado también: la trascendencia. Algo hay en la música del Cantor, quizá producto de esa alquimia especial, que hace que toda ella, también las suites de danzas, trascienda instrumento, intérprete, propósito y tiempo. Sí, también trasciende la rigidez del puritanismo historicista más radical, que hace anatema de cualquier cosa que no sea interpretada con cuerdas de tripa y arco barroco. La trascendencia bachiana es tan conmovedora como, muchas veces, inesperada y, tal vez por ello, desconcertante. Pero esa misma trascendencia es, muy probablemente, la que lleva al público a sumergirse en ella y dejar que el tiempo se detenga y la emoción gane la partida. Lo hace siempre, no cabe duda.
Ese asombro… ¿Cómo va uno a esperar que la congoja desolada asome, con estremecedora desnudez y dibujo, permítanme la expresión, abstracto, en esa Sarabande sublime de la Quinta Suite? Se queda uno horas preguntándose cómo alguien ha podido escribir algo así. Música del misterio transida de dolor, sencillez llevada al extremo que conmueve con lo mínimo. Y que podría haber sido escrita ayer. Porque suena absolutamente actual. Y aunque este es quizá un ejemplo muy especial y significado en la serie, podrían ponerse muchos. En realidad, esa Quinta Suite, con el violonchelo afinado de manera diferente (en scordatura) es en su totalidad una obra tan maravillosa como, permítanme la reiteración, desconcertante.
Por si la complejidad, la dimensión, la cantidad de detalles mínimos pero imprescindibles para una traducción convincente no fueran suficiente reto para el intérprete, el Cantor, además, no ofrece prácticamente indicación alguna de la ruta a seguir. Su fantasía era inagotable, y es lícito esperar que el intérprete siga, en ese sentido, su propia senda. Hace cuatro años, Ma ofreció un acercamiento alejado de cualquier consideración historicista, pero era inevitable sentirse conmovido por la intensidad, sinceridad y gusto de su propuesta.

Queyras, que también lleva tiempo en el tránsito de estas obras (las ha grabado dos veces, la última en 2023), armado con el Kaiser Stradivarius, ofreció una interpretación en la que no solo lució una técnica superlativa, con un arco de asombrosa agilidad y una afinación de precisión inatacable, sino que extrajo del maravilloso instrumento que tenía en las manos una paleta de matices y colores realmente formidable.
Sobrio en el vibrato, su interpretación tuvo muchas conexiones con lo históricamente informado, pero también muchas, muchísimas libertades que mantuvieron debidamente alejado el concepto de un Bach rígido, metronómico, como si el marco de su perfección fuera necesariamente uno debidamente cuadriculado. No, Queyras desplegó inflexiones de fraseo, acentos muy evidentes (para algunos, quizá demasiado evidentes) y anchura de matices llevada al extremo. Todo ello fue ya evidente desde el hermoso Preludio de la Primera suite, dibujado con un fraseo cargado de expresión y grandeza.
El sobrecogedor susurro, adelgazado hasta el extremo, en el comienzo de la citada Sarabande de la Quinta suite, es quizá el ejemplo de uno de los momentos más intensos de la velada; habrá quien vea en tan delicado pianísimo exageración romántica. Para quien esto firma, en cambio, lo que hay es una emoción profunda, que llega dibujada con absoluta sinceridad y se antoja una genuina lectura de esa música inalcanzable. La fantasía fue otra característica. La tuvo, y en abundancia, la forma en que afrontó las repeticiones (se respetaron la mayoría; entre las que se omitieron, llamó especialmente la atención la omisión del da capo de la Gavotte I en la sexta y última Suite), porque los ornamentos incorporados fueron más que meros adornos añadidos; a menudo se modificó levemente (en algún caso, no tan levemente) la escritura original, o se incorporaron efectos (pizzicato ocasional de mano izquierda en la repetición de la primera parte de la Giga de la Sexta suite) que quien esto firma no recuerda haber visto en las numerosas interpretaciones previas de estas obras que ha podido presenciar.
Para quienes puedan echarse las manos a la cabeza, hay que recordar que un historicista de los más rotundos que han existido, Gustav Leonhardt, hizo algo parecido (en algunas de sus grabaciones de las Partitas, por ejemplo, pero aún más en vivo). Como ejemplos de algunas otras libertades curiosas (pero perfectamente lícitas: nada hay en la partitura que lo impida) cabe citar el pizzicato empleado en la ejecución del Menuet I de la Segunda suite (cambió al arco en la repetición) o el dibujo más cercano a las fusas que a las semicorcheas en algunas frases de la Allemande de la Quinta suite, realizado de forma preciosa.
Los Preludios tuvieron toda la fantasía e imaginación que cabe esperar, las danzas, el carácter y dibujo rítmico adecuado, con especial belleza en la recreación, bellísima, de las Sarabandes. Antes de la Sexta Suite, el siempre cercano Queyras tomó el micrófono para expresar su alegría por poder tocar “esta música maravillosa” en Madrid, con el fantástico violonchelo que tenía en las manos. Agradeció al equipo de Impacta su esfuerzo para organizar el concierto y, tras decir, con toda razón, que la música de Bach es consuelo y cura para el alma, dedicó la interpretación de esa última Suite a las víctimas de la reciente tragedia ferroviaria en Andalucía. El gesto, como es obvio, fue acogido con calurosa y emocionada ovación del público. El éxito, cuando culminó la Giga de esa Suite, fue enorme. Y merecidísimo.
Una última consideración: para un concierto de casi 160 minutos, en domingo, quizá hubiera sido deseable un inicio más temprano. El CNDM suele programar esos conciertos a las 18:00. Quizá hubiera sido una buena opción copiar ese esquema.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Cristina Martínez)


