MADRID / Pygmalion en el Teatro Real: liturgia y dramaturgia para Ophélie

Madrid. Teatro Real. 13-V-2025. Ciclo “Voces del Real”. Sabine Devieilhe (soprano), Stéphane Degout (barítono). Coro y Orquesta Pygmalion. Raphaël Pichon, director. Requiem por Ophélie. Obras de Berlioz, Thomas y Fauré.
Hay actuaciones musicales que por su dimensión artística, emocional o espiritual sobrepasan el marco de aquello que denominamos “concierto”. Fue el caso de lo que se vivió en el Teatro Real con el Ensemble Pygmalion, grupo francés formado por orquesta y coro que creó hace veinte años el contratenor, violinista, pianista y director Raphaël Pichon, a quien Bruno Serrou ha hecho una interesante entrevista que pueden leer en el número de mayo de Scherzo. Con sus instrumentos de época transitan a través de los siglos sin aparente límite –puesto que ya han abordado música contemporánea– debido a la forma de trabajo tan personal que imprime su director.
Pichon es el alma mater del ensemble no sólo porque fue él quien montó piedra sobre piedra el ensemble, sino porque elabora cada proyecto musical por y para Pygmalion, armándolo de una manera tan peculiar, única y coherente que realmente resulta difícil pensar que pudiera trasladarse a cualquier otra formación. De hecho, nos atreveríamos a decir que es imposible, dado que se trata de una agrupación no permanente pero que se reúne precisamente para trabajar sobre esos proyectos que les plantea su carismático director, con un nivel de compromiso nada frecuente.
El martes 13 de mayo tuvo lugar su esperada presentación ante el público de Madrid en el ciclo “Voces del Real” con un concierto que llevaba el título de “Requiem por Ophélie”, en el que una selección de escenas de Hamlet de Ambroise Thomas y el Requiem de Fauré se veían asociadas y contrastadas con dos número de Tristia de Berlioz, obra inusual donde las haya. Este procedimiento, habitual en Pichon y los suyos de trabajar en torno a una obra y un autor encontrando correspondencias, filiaciones y genealogías con otros, resulta francamente enriquecedor porque, a la luz de esas asociaciones –siempre lógicas y bien hilvanadas– descubrimos obras nuevas y escuchamos con otros oídos las ya conocidas. En este caso, no se trataba de algo anímicamente fácil, ya que pasa de la reflexión existencial a la locura para llegar a la muerte y por fin, a la redención. Un verdadero desafío para los músicos y para el público.
La velada se abrió con la “Méditation réligieuse” de Tristia. Esta obra reúne tres piezas compuestas en diferentes periodos de la vida de Berlioz que él mismo decidió reunir en 1852 bajo ese nombre. La segunda, “La mort d’Ophelie”, es la única que no se interpretó en el concierto: hubiera sido una redundancia. La “Méditation” fue escrita durante su estancia en Roma en 1831, con un coro a seis partes. Una larguísimo momento de concentración –y de extinción de la última y enésima tos– precedió a unos toques de campana, como llamando a los oficios, y al comienzo de esta partitura de delicada expresión. Un coro de mediano tamaño y extremada atención (cantaron buena parte del concierto de memoria) mostró desde el comienzo una precisión perfecta en la emisión, el empaste y la dicción. Cocinero antes que fraile, o cantante de escolanía antes que director, el trabajo de Pichon con su sección vocal es realmente primoroso. En cuanto al acompañamiento de la orquesta, pudimos apreciar que no hay nota banal ni fraseo que desperdiciar: la consigna es que cada uno contribuya al todo y se funda en él. Muy bello el final con esa trompa natural que se pierde en la lejanía y que nos sumergió en el mundo de profunda agitación de Hamlet.
Es curioso que la ópera que llegaría a ser la más representada en la segunda mitad del XIX haya caído prácticamente en el olvido y salvo honrosos y puntuales rescates, sea difícil escucharla. Personalmente no entiendo los criterios que rigen la selección de recuperación, aunque la cuestión idiomática puede influir en el asunto. Pero antes de perderme en excursos que nos llevarían muy lejos, vuelvo a la obra y al autor. Seguramente el carácter ciertamente académico y “de oficio” de muchas de las páginas de Thomas no le ayudaron a superar la barrera del siglo XX, a pesar de sus virtudes. De hecho, el compositor Emmanuel Chabrier, con humor y muy mala uva decía que “hay música buena y música mala; y luego está la de Ambroise Thomas”.
Rompamos una lanza por Thomas y sus no pocas inspiradas obras, como la opéra-comique Mignon o este Hamlet, estrenado en 1868 en la Ópera de París. No hace falta explica el argumento, aunque sí diremos que el libreto fue obra de Michel Carré y Jules Barbier (habituales del oficio) y se basó en una adaptación de Alejandro Dumas padre y Paul Meurice. La primera de las escenas fue “La fatigue alourdit mes pas”, precedida del semi-recitativo “O séjour du néant” del Acto V, interpretadas por el barítono Stéphane Degout, habitual partenaire de Pichon y uno de los más interesante de su cuerda en términos generales y si hablamos de repertorio francés, seguramente el mejor a día de hoy. Su voz, de caudal generoso y timbre carnoso y profundo a la vez que de emisión clara, y su siempre justa expresividad se adaptan como un guante a las zozobras del personaje. Tiene Degout –ya bien conocido por estos lares– un don especial para transmitir la mayor emoción interior con el decoro y contención que exige el estilo y estuvo realmente estremecedor en las frases finales.
Tras el animado Entreacto del Acto I, en el que la trompa y las maderas ofrecieron muy bellos fraseos entrelazados, escuchamos por fin a Ophélie, que había hecho una aparición escénica muda, como un fantasma. La fantástica soprano ligera Sabine Devieilhe, a la que hemos tenido oportunidad de escuchar esta misma temporada en el ciclo de Lied del Teatro de la Zarzuela y a finales de la anterior en el mismo Teatro Real como Micaëla, es también la esposa y cómplice de Raphaël Pichon en no pocos proyectos. En este caso, son ella y Stéphane Degout los “veteranos” en Hamlet, puesto que es una ópera que han cantado juntos en bastantes ocasiones. En “Sa main depuis hier… Adieu, dit-il” pudimos apreciar que su voz ha ganado algo de cuerpo sin perder en absoluto agilidad. Devieilhe es capaz de hacernos sentir que cada cosa que canta es lo más sublime del mundo, porque jamás deja de interpretar una sola nota sin intención. Maravillosa de fragilidad y determinación estuvo en ese anuncio de los momentos aún peores que le esperaban. El acompañamiento de la orquesta, absolutamente implicado, lleno de matices, detalles y justas respuestas al fraseo de la solista.
Después de hacernos temblar con ese pálpito del corazón helado de horror de Hamlet ante la visión del espectro que los Pygmalion interpretaron con una precisión absoluta y una expresión electrizante, Degout nos introdujo en ese “Être ou ne pas être” envolviéndonos en ese duda devastadora que roe al protagonista. Se trata de un aria incómoda porque apenas tiene más melodía que un recitativo y hay que ser capaz de dotar de muchos matices a ese tenso pero parco texto musical. El barítono estuvo fantástico, con un control perfecto de cada ligero matiz. Pequeño momento de reposo con la escena “Voici la riante saison”, una especie de bourrée instrumentalmente muy coloreada con destellos tímbricos de gran belleza en los juegos de los vientos con los que Pichon parecía disfrutar especialmente después de tanta tragedia y contención. Estupenda la intervención del coro, equilibrada, entusiasta y perfectamente clara en lo idiomático. Llegaba el punto culminante de esta primera parte, la escena de la locura de Ophélie. Y Sabine Devieilhe estuvo realmente como la esperábamos: soberbia. Es difícil imaginar una mejor versión de esta aria tremenda. Esa pérdida de la razón, esa confusión y fragilidad nos fue representada a través de coloraturas y agilidades, de sobreagudos al límite del registro, de pianissimi, de messa di voce y de trinos ejecutados con una técnica infalible y pasmosa pero dotándolos de todo el sentido y la emoción.
Preciosos los momentos en que la locura la domina y una melodía oriental brota de su garganta para convertirse en una triste canción. Imposible contener al público que prorrumpió en una catarata de aplausos antes de la última escena de este Hamlet centrado en la joven enamorada. Llegó el momento culminante del suicidio, “Doute de la lumière” con un maravilloso coro bocca chiusa como fondo prácticamente instrumental y unas estupendas intervenciones del arpa, de la trompa, la flauta, el clarinete y la trompeta en esta escena de enorme delicadeza. Devieilhe demostró que Ambroise Thomas sí compuso páginas magistrales, así como los Pygmalion dejaron patente que la intención en el fraseo del acompañamiento es clave para que esta música, tan al servicio de la voz, funcione y conmueva. Magnífico cierre en el que ese corazón devastado de Hamlet palpita con dificultad ante la evidencia fatal y que Degout representó con auténtico desgarro en la solidez de su hermosa voz.
La “Marche funèbre pour la dermière scène d´Hamlet” de Tristia culminó, con su ritmo impenitente –y que recordaba a ese ostinato del corazón devastado del Hamlet de Thomas– el homenaje directo a los personajes shakesperianos. Obra de gran interés armónico, que mezcla, como tantas veces en Berlioz una cierta aspereza con un lirismo de vuelo auténticamente romántico. Si hasta aquí habíamos podido comprobar el trabajo mimadísimo de conjunto de orquesta, de coro y de ambos juntos, a partir de este momento y ya con intervenciones mucho más sucintas de los solistas, asistimos a un auténtico trabajo camerístico llevado a un ensemble de gran tamaño. La interpretación estuvo espléndida de contrastes, dosificación del ostinato rítmico y conducción de la terrible tensión que Berlioz plantea desde el principio, merced a unos juegos constantes de cromatismos entre las distintas secciones, hasta ese final sereno por necesidad, porque no queda otra que rendirse ante la Parca y de una tristeza realmente pesante, con esas bajadas cromáticas cada vez más breves que pasan de unos a otros instrumentos. A estas alturas el carisma de Pichon y su capacidad de conseguir lo que pretende de su grupo había quedado bien patente.

Llegó el momento de la misa fúnebre por Ophélie, es decir, el Requiem en Re menor op. 48 de Fauré. Abocado en cierta manera por su propia formación musical en la Escuela Niedermayer a una carrera en la música religiosa, el compositor fue organista y maestro de capilla de la Madeleine en París, donde se estrenó su Requiem en 1888, escrito, según parece, para un parroquiano. En un momento en el que las misas de funeral en Francia habían caído en lo espectacular, el recogimiento y carácter angélico que impregna la obra lo hizo destacar por su novedad e incluso, propició que se convirtiera pronto en pieza de concierto: Fauré quería hacer algo distinto, presentar la muerte como un remanso y lo logró. Entre otras novedades, omitió el Dies Irae (no deseaba ningún tipo de cólera, así fuera la divina) y añadió el In Paradisum. Como peculiaridad de la versión que ofrecieron los Pygmalion destacaremos la sustitución del órgano por un armónium, cosa no habitual pero que sí se ha hecho en ocasiones y que, desde luego, dota de un carácter más íntimo al conjunto.
Quien suscribe nunca había tenido ocasión de escuchar una interpretación de una obra para coro y orquesta con tal nivel de escucha interna, de atención de los unos por los otros y con una concepción del coro como un instrumento y de las secciones orquestales como voces del coro: con Pichon nunca se sabe dónde empieza una cosa y dónde acaba la otra, porque la idea de que cada uno es esencial porque contribuye a la perfección del todo parece ser su ideal musical. Y está bien que así sea porque el nivel de implicación de sus músicos es algo fuera de serie. El coro –con la pronunciación francesa del latín, naturalmente– nos regaló momentos de una delicadeza y una precisión inigualables y la orquesta jugó admirablemente la presencia o ausencia del vibrato, con la intensidad de los reguladores y con los contrapuntos a coro y solista en el Ofertorio, en el que volvió a cantar Stéphane Degout. Muy emocionante el Sanctus, del que Pichon y los suyos extrajeron todo el lirismo sin afectación ninguna, con mención especial para el concertino en su difícil cometido y par los estupendos los metales, con presencia pero sin excesos en esa breve aunque fundamental intervención.
El Pie Jesu contó con Ophélie Devieilhe como solista, encaramada a las alturas del teatro, en una metáfora sonora que se explica por sí sola y que hizo que su voz llenara el recinto de una manera muy especial: muy acertado hallazgo para esta interpretación que destacó el recogimiento y la resonancia de la obra en cada alma. El Agnus Dei fue cantado con una unción y al mismo tiempo una proyección realmente excepcionales, con una gradación estupenda de cada frase hasta ese punto trágico en el que se vuelve a pronunciar “Requiem”, como una última mirada al difunto. Fantástico el legato de las cuerdas con ese vibrato tan medido. Fantástico Stéphane Degout en el Libera me, que es uno de los momentos más intensos de la obra y, curiosamente (o no tanto) no exento de sensualidad, aspectos que él supo aunar a la perfección. Tanto el coro como la orquesta dibujaron de forma muy marcada los cambios agógicos e logrando un gran efecto expresivo. Bellísimo, lleno de sutilidad y fervor sincero el In Paradisum al que nos transportó el canto suspendido de Sabine Devieilhe y ese pianissimo casi inverosímil, tenido, larguísimo y afinado del coro.
Pichon comentaba antes del concierto su preocupación por comprobar si el público entendería lo que habían querido transmitir con este “Requiem por Ophélie”. Personalmente tuve la sensación de asistir a una dramaturgia convertida en liturgia o a una liturgia que se transformaba en dramaturgia, donde los límites entre lo uno y lo otro se difuminaban con una coherencia inapelable. La reacción de los asistentes fue un respetuoso silencio tras las campanadas que cerraron el oficio y/o el concierto, seguida de una gran ovación ante lo que sin duda constituyó una experiencia musical, emocional y anímicamente transformadora.
Ana García Urcola
(fotos: Javier del Real)


