MADRID / Pletnev, regreso a lo grande

Madrid. Auditorio Nacional. 4-XI-2025. Ciclo de Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo. Mikhail Pletnev, piano. Obras de J.S. Bach, Schumann y Grieg.
Si mis cuentas no fallan, hace 22 años de la última visita de Mikhail Pletnev (Arkhangelsk, 1957) al ciclo de Grandes Intérpretes, y creo que tampoco ha vuelto a Madrid desde entonces. Nacionalizado suizo desde hace años, y depurado no hace mucho por Putin de su puesto como director de la Orquesta Nacional Rusa (que él mismo había fundado), es una espléndida noticia tenerle de vuelta en nuestros escenarios. Antiguo compañero de clase de Ivo Pogorelich, con quien entabló buena amistad, su carrera despegó con el triunfo en el Concurso Chaikovski de 1978, al contrario que la del croata, cuya explosión en 1980 vendría justo por lo contrario, al sufrir una polémica eliminación en el Concurso Chopin (hoy objeto de turbulenta polémica en su reciente edición).
Pianista de excelencia técnica y de gran personalidad artística, ha cultivado con cierta frecuencia (para disfrute de quienes admiramos su arte) repertorios no tan habituales en otros de sus colegas, como la música de C.P.E. Bach o las Sonatas de Haydn (que siempre me parecen tan injustamente infravaloradas y sobre las que insisto en cuanto tengo ocasión), además de los grandes autores románticos y, naturalmente, el repertorio ruso. El programa de la ocasión unía tres autores por los que ha transitado con éxito desde hace tiempo: una selección de Cuatro Preludios y Fugas de El Clave bien temperado de J.S. Bach (se habían anunciado dos del primer libro, BWV 861 y 867, y dos del segundo, BWV 874 y 884, pero en lugar del BWV 867 en si bemol menor, vigésimo segundo del primer libro, escuchamos el vigésimo segundo del segundo libro, en la misma tonalidad, al que corresponde el BWV 891), la Kreisleriana de Schumann y una selección de 16 de las Piezas líricas de Edvard Grieg, en las que también observamos un par de cambios sobre lo anunciado.
El Clave bien temperado es probablemente la mejor demostración de que el rigor y perfección que salían de esa mente superior que poseía el Cantor de Leipzig no estaban reñidas con la más asombrosa de las imaginaciones. Por muy exactamente cuadrada y perfecta que sea su música, la interpretación debe hacer justicia a ese derroche de imaginación. Pletnev, que salió al escenario con severa parsimonia y ademán imperturbable, se sentó sobre una silla con respaldo (como Lupu, como Volodos) y se sumergió de inmediato, sin aparato gestual alguno, en un Bach decididamente pianístico (que no romántico) y declaradamente “fantástico” (en lo que tiene de fantasía). La primera buena noticia (no da el ahora suizo puntada sin hilo) fue la elección del piano: escuchamos un espléndido Shigeru Kawai, al que sacó el mejor partido. Una gozada poder escuchar un instrumento en plenitud, en lugar de los ahogados pianos del auditorio, sobre los que nos hemos lamentado en varias ocasiones. El Bach de Pletnev nos llegó con impulso decidido (BWV 874), incluso hasta demasiado fulgurante (pocas veces he escuchado el BWV 884 con tan desatada velocidad; eso sí, la articulación siempre cristalina y demostrando una agilidad felina), con pedal mesurado y finas inflexiones que añadían al color y la expresión en los Preludios, y las voces y el contrapunto siempre nítidamente dibujados en las Fugas.
Muchos detalles de extraordinaria altura en lo escuchado. La pulsación de Pletnev, partiendo muchas veces de una posición de muñeca ligeramente por debajo del plano del teclado (no tan exagerado como Gould, pero en esa línea) resultó, a lo largo y ancho del recital, sencillamente sublime. Solo así puede conseguirse la levedad de los largos trinos prescritos por Bach para ambas manos en el Preludio BWV 867, nada problemáticos en el clave, pero mucho más exigentes en el piano para alcanzar la claridad deseable sin un peso excesivo. Cada cesura, además, tenía sentido para un fraseo que siempre se alejó de la cuadrícula para extraer con fortuna toda la imaginación que contiene la música.
Me disculparán los lectores la autocita, pero en el programa de mano me refiero a la Kreisleriana como una obra maestra de la fantasía, y de hecho no es casual que su subtítulo sea Fantasías para piano, inspiradas en Johannes Kreisler, el personaje creado por E.T.A. Hoffmann. Como tantas veces en Schumann, asistimos a un desfile de emociones contrastadas, desde el turbulento (y endiabladamente difícil de exponer con la claridad necesaria sin perder impulso) inicio hasta el casi sorprendente y casi evanescente final.
Schumann es un autor especialmente querido por Pletnev, y se nota. Se sumergió en el intrincado caleidoscopio de emociones que contiene la Kreisleriana con total naturalidad, y con la determinación que caracteriza todo su quehacer. Siempre lejos de cualquier aparato gestual, la fuerza de lo que hace Pletnev está en lo que suena y no en lo que se ve. Turbulento el primer número, en cuya segunda sección ya lució de nuevo el inalcanzable leggiero que no cesamos de admirar en toda la velada. Hubo también exaltada ensoñación en algunos momentos del segundo número, con preciosos momentos, como la delicadeza de la voz intermedia en la sección principal del Intermezzo I. A destacar el hermoso canto del cuarto número, uno de los momentos cumbre de su interpretación, dibujado con expresión rica y tranquila, con unos pp emocionantes. Pero hay que recordar también los hermosos contrastes del casi saltarín quinto episodio o el estupendamente conseguido final, contrastado, expresivo y con ese cierre casi evaporado. Pletnev se toma libertades, a veces de matiz, a veces de tempo, pero todo adquiere buen sentido en un discurso que se arma con lógica. Su Kreisleriana llegó como lo que es: el intrincado caleidoscopio de emociones aludido al principio de este párrafo.
Cerraba el programa otro tipo de fantasía, la desplegada con singular encanto, espontaneidad y belleza poética por parte de ese músico sencillo pero lleno de rica y cautivadora imaginación que fue el noruego Edvard Grieg, cuya colección de Piezas Líricas constituye, como señalaban oportunamente Ernst-Günter Heinemann y Einar Steen-Nøkleberg en el prólogo a una de las ediciones de la partitura, un auténtico “diario poético para piano”. También aquí hubo algún cambio sobre lo anunciado. La cuarta de las piezas tenía por título Elegía, en efecto, pero no fue la anunciada sexta pieza del segundo libro, op. 38, sino la séptima del libro cuarto, op. 47. Ocurrió algo similar con la quinta, que tenía, como la prevista, el título Melodía, pero no era la tercera del op. 38, sino la tercera del op. 47 (por cierto, una de las más conocidas de la serie).
Más allá de estos cambios, lo que pudimos apreciar en esta segunda parte fue un desfile de maravillas. Es evidente que Pletnev ama esta música, y la desgrana con mimada delectación. Desde la simpática solemnidad del himno evidente en la Canción nacional que abría la serie, hasta la traviesa, sonriente agilidad del duende (Smatroll) que la cerraba, asistimos a un formidable despliegue de expresiones y colores. Hermosas inflexiones en la Berceuse, finamente articulada, con exquisita diferenciación de voces y matizada de manera sobresaliente (tremendo el ppp final).
Fantástica la ligereza, la levedad de pulsación en la fulgurante Mariposa, pero también en el Arroyito, o el simpático Pajarito. Envidiable también el aliento lírico de las antes mencionadas (por el cambio) Elegía y Melodía. Emotiva la nostalgia de la pieza así titulada, cuyo título casi se adivinaría escuchando apenas una música que, así expuesta, es bien explícita en su carácter. Precioso, con el rubato justo, el Vals-Impromptu, y sonriente simpatía en el Minueto de la abuela. La más larga de la serie (Svunne dager, Días idos) fue en si misma un desfile de expresiones: nostalgia, apasionamiento, exaltación, emocionada melancolía. Una maravilla. Deliciosa también la tranquila Tarde de verano, y la ágil trepidación de un delicioso y sonriente scherzo. Hermoso, emotivo, el triste dibujo del Viajero solitario. La penúltima de las piezas, el Nocturno, nos regaló otro de los momentos sensacionales del recital. Con preciosos efectos de pedal, con una levedad que, si nos había asombrado en todo el recital, nos dejó ya boquiabiertos en el tramo final. Casi hubiéramos querido una pausa mayor, para digerirlo adecuadamente, antes de ese traviesillo y simpatiquísimo Smatroll final.
El éxito fue grandísimo, y un Pletnev entre agradecido y (aparentemente) casi sorprendido, respondió con dos propinas. La primera, otra delicia del propio Grieg: Del Carnaval, de sus Escenas campesinas op. 19. La dibujó con el mismo gusto exquisito que las Piezas líricas. La segunda, el archiconocido Nocturno op. 9 nº 2 de Chopin. Se tomó en él muchas libertades, con rubato generosísimo y una floritura de la mano derecha en el tramo final que adquirió libertades (también en una inusitada prolongación) de cadencia. Eso sí, todo ello servido con el sonido maravilloso que nos había regalado en toda la velada.
Un resumen bien fácil: recital fantástico de un grandísimo pianista que ha tardado demasiado en volver. Cuando lo ha hecho, ha sido a lo grande.
Rafael Ortega Basagoiti


