MADRID / Pinturas bien coloreadas

MADRID / Pinturas bien coloreadas

Madrid. Auditorio Nacional. 27-I-2020.  Joan Enric Lluna, clarinete. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Director: Jordi Francés. Obras de Bartók, Torres y Shostakovich.

El interés se centraba especialmente en el estreno del Concierto para clarinete de Jesús Torres, compositor un poco de vuelta de muchas cosas, dotado ya de una gramática muy propia, de un conocimiento y de una soltura de trazo de notable firmeza, claridad y solvencia. Sabe manejar acordes, variar texturas, enhebrar de forma coherente un discurso ameno y fluido. Aspectos que hemos podido reconocer en esta composición, en la que ha brillado la técnica limpia, sobria, equilibrada, bien matizada de Lluna, que ha sabido seguir con fantasía las propuestas de la mano creadora.

Son tres los movimientos, en una estructura de corte tradicional. El Allegro elettrico, tras un arranque súbito, deja paso inmediatamente al solista para que comience a dibujar fructuosos pasajes cadenciales. La tesitura tira hacia arriba y aparecen los glisandi. Sentimos lo acuciante de un discurso de impulso ‘motórico’ en el que no faltan las disonancias estratégicas. La calma llega poco antes de la cadencia resumidora. Se agita luego el discurso con trinos y ondulaciones variados y ágiles diseños. El Andante sinuoso expone una melodía bien conformada, larga, sobre la línea acolchada del tutti. Pintura etérea a la acuarela, revestida de leves resplandores. El clarinete se pierde en un acogedor silencio.

Con el Presto vibrante entramos en un desbordante movimiento que nos llega a ráfagas, con abundantes contratiempos y pasajes danzables animados por la dulce voz del solista, que participa activamente en el tourbillon final, en el que surgen pizzicati e imitaciones. Un brutal acellerando remata la amena partitura, que fue tocada magistralmente por ese virtuoso, de tan bello y cálido sonido, que es Lluna, acompañado con escrupulosidad por la fina batuta de Jordi Francés, un director a seguir, sobre todo en el repertorio del siglo XX y XXI, y que ha sido asistente a veces de relevantes batutas.

Él maneja la suya con seguridad, aplomo y soltura, cuadrando bien los gestos y batiendo con claridad y presteza más que con elegancia. Pero es muy eficaz, como pudo demostrar enseguida con una versión muy en su punto, irónica en ocasiones, rememorativa en otras, bien cuidada en los timbres y cantada convenientemente en los pasajes melódicos, incluidos aquellos en los que el compositor emplea citas rossinianas y wagnerianas, de la Sinfonía nº 15 de Shostakovich. Francés supo inaugurar la obra con finura arropando bien a la flauta y dando cauce a la progresiva incorporación del tutti. Se acertó, con la buena colaboración de la dispuesta agrupación comunitaria, a dotar de espumosidad a tantos pasajes de corte bien humorado.

Solemnes y afinados metales, quejumbroso chelo solista (bien Stockes) abrieron el Adagio, en el que la batuta, a veces bailona, supo imprimir el necesario aire de contrastante desolación, y donde comunicó la precisa energía que debe revestir cada una de las habituales expansiones marca de la pluma del creador ruso. Aire fúnebre en recuerdo de tantas otras obras salidas e su mano. Mucho humor del bueno en el restallante Allegretto y excelente proceso, con buen trabajo de la materia, de la lenta ascensión. No se disimuló, afortunadamente, lo corrosivo de las disonancias. Adecuado, delicado y evanescente cierre.

Unas bien aireadas Danzas campesinas del siempre estimulante Bartók folkórico nos hicieron ver la marcha, con baile incorporado, de Francés, que supo subrayar el lado más rústico de las piezas.