MADRID / Pinnock y el Mozarteum, un modo de hacer convincentemente clásico

Madrid. Auditorio Nacional de Música. 18-XI-2025. Julia Hagen, violonchelo. Orquesta Mozarteum Salzburgo. Trevor Pinnock, director. Obras de Mozart, Dvorák y Beethoven.
Volvía Trevor Pinnock al ciclo de La Filarmónica y lo hacía, desde su aparición en el escenario, con su característica imagen de antidivo; un profesional del oficio que lleva décadas sabiéndoselas todas, primero ante el clave, luego dirigiendo el gran repertorio barroco y, también haciendo una sustanciosa carrera como director de programas clásicos y románticos, al frente de formaciones de las hechuras de la Orquesta del Mozarteum, con la que se presentó; conjuntos casi nunca de gran tamaño, aquí de alrededor de medio centenar de músicos.
En la Obertura de La flauta mágica ya quedaron expuestas las constantes por las que se iba a mover el concierto. Con una afinación impecable, el director inglés pese a provenir de la tradición historicista trazó un Mozart solemne, en las antípodas de otros colegas suyos —se piensa en el venerable Sir Roger Norrington, tan opuesto musicalmente a Pinnock—, en el que por supuesto que hubo ligereza, pero esta no se arropó con aceleraciones, mucho menos con una cuerda liviana; nada que ver con atisbo alguno de tercera vía; se oyeron acordes graves, y la orquesta perfiló unas transiciones que buscaron un sentido apolíneo, con un vibrato medido pero notable.
Claro está que todo lo que sonó había sido, de antemano, milimétricamente preparado con Pinnock. Hubo, esto sí, cierto desacuerdo entre el sonido abierto, grande y arrobadamente romántico de la violonchelista Julia Hagen y las aproximaciones camerísticas que allí y allá hicieron los profesores del Mozarteum ante el Concierto para violonchelo de Dvorák. En los fraseos líricos de la solista, al comienzo, tras el prólogo orquestal, se percibió que mientras que el rubato de Hagen era profuso y desinhibido, el resto de los músicos, aun con flexibilidad, lo ofrecieron con mayor prudencia. La violonchelista austriaca lo empleó a demanda en el concentrado Adagio en el que acusó rigidez en las dinámicas, muy parcas, lo que dio cierta sensación de monotonía. Desde el podio se colaboró con la solista aportando un envolvimiento más expansivo que el cantar del propio chelo.
Con la Quinta de Beethoven, Pinnock quiso decir que no viene a reinventar nada, tampoco y por lo mismo a repensar el repertorio; llegó con ella (partitura por delante) para ofrecer una sonoridad rápidamente identificable como beethoveniana, con toda su carga expresiva, más luminosa que oscura, más esperanzada que desesperada. La orquesta jugó un papel importantísimo no solo en acertar en lo que se demandaba de ella —la del Mozarteum es una formación que se siente cómoda en este ámbito y en este modo de hacer— también en lucir acentos muy bien definidos. El maestro otorgó un dramático lugar a los silencios, a las transiciones, claro también a la exposición de los motivos, no enfáticamente, pero sí con gigantesca musicalidad. Frente a un Andante ligero, en el Scherzo sí hubo retazos de novedad con un acercamiento a un sonido de orquesta muy pequeña, en la que las voces intermedias tuvieron todo el protagonismo. Terminó el concierto con el regalo del Intermedio de Rosamunda, de Schubert.
Ismael G. Cabral


