MADRID / Pichon y la ‘Pasión según San Mateo’: el arte de la intervención

Madrid. Auditorio Nacional de Música. 23-III-2026. Impacta. Julian Prégardien, Evangelista; Stéphane Degout, Jesús, bajo 1; Julie Roset, soprano 1; Maïlys de Villoutreys, soprano 2; Lucile Richrdot, alto 1; William Shelton, alto 2; Zachary Wilder, tenor; Alex Rosen, bajo 2. Pequeños Cantores de la ORCAM. Pygmalion. Director: Raphaël Pichon. J.S. Bach: Pasión según San Mateo, BWV 244.
El movimiento historicista, desde un inicio, tomó a Johann Sebastian Bach como icono y punta de lanza del repertorio. Razones no faltaban, claro. Las interpretaciones predominantes en la época de consolidación de esta tendencia interpretativa, hacia los años 70 y 80, todavía afectadas por la objetividad, frialdad y desapasionamiento, consagraron una visión de la música del barroco —y no solo de Bach— de escaso relieve, casi podríamos decir de perfil bajo —muy influido por la personalidad de sus adalides más conspicuos, situados en la órbita belga, holandesa y británica—. A partir de los años 90 y, en particular, del nuevo milenio, estas interpretaciones experimentan un cambio bien perceptible, donde se enfatizan los contrastes, las dinámicas, los acentos, el color… Son Italia y, en menor medida, Alemania, las que lideran este cambio de tendencia. Pero Bach queda al margen: adoptado como santo laico del HIP, se le rodea de un respeto reverencial que considera casi sacrílego hacer con su música algo más que tocar o cantar las notas. Cierto que no puede dejar de mencionarse el hito que supuso el Peregrinaje del 2000 encabezado por el hoy caído en desgracia John Eliot Gardiner. Y que directores como Philippe Herreweghe tomaron buena nota de los nuevos aires: es incuestionable que su estilo evolucionó en esta misma dirección. Pero, comparado con lo que por entonces ya se hacía con Haendel, Rameau o Telemann —por no hablar de Vivaldi—, se percibía un temor a trabajar las partituras bachianas para ir más allá. Miedo a “romper” a Bach. A extraer el jugo hasta el fondo, por temor a que la personalidad del director se imponga a la del compositor —algo que, en otros, se considera un riesgo asumible—.
Raphaël Pichon, sin embargo, nunca ha participado de este temor. A pesar de su juventud, es un bachiano veterano. Su discografía se inició justamente con la grabación, en Alpha, de las cuatro Missae breves, en 2008. Ahí descubrimos a un jovencísimo director con un talento inmenso y una enorme afinidad con el cantor de Leipzig. En 2012, el mismo selló lanzó la versión “breve” de la Misa en Si menor, es decir, el Kyrie y el Gloria que Bach remitió a Dresde en 1733 en búsqueda de un nombramiento cortesano que le permitiera alejarse del ambiente hostil de Leipzig. Su comparación con la reciente grabación de la missa tota es iluminadora. Desde un principio se pudo apreciar una tendencia a ir más allá de las notas, de tomar en su mano la partitura y exprimirla en busca de una semántica menos obvia. Algo que ha demostrado con creces en sus grabaciones de los grandes monumentos vocales de Bach: la mencionada Misa en Si menor, la Pasión según San Mateo y la recientísima Pasión según San Juan.
El concierto de anoche supone una confirmación de los mencionados precedentes. A mi juicio, si algo sobresalió de forma extraordinaria fue el concepto directorial. Desde el principio —algo poco sorprendente para quienes hayan escuchado su grabación discográfica de la gran pasión— imprime una dimensión de extremado dramatismo a la partitura. El coro Kommt, ihr Töchter, helf mir klagen recibe una lectura magistral. Pichon tiene una peculiar habilidad para situar al oyente en un marco de verdadero teatro —theatrum fidei—: así lo hace también en la Misa y en la otra pasión. No hay lectura conocida que nos sacuda de forma tan intensa al transmitir el pórtico del intenso drama humano que vamos a presenciar. Lo mismo cabe decir de los demás coros clave: O Mensch, bewein dein Sünde gross, el inmenso coral que cierra la primera parte y el rondó de cierre, Wir setzen uns mit Tränen nieder, de inusitada intensidad. Y qué decir del relámpago cegador de Sind Blitze, sind Donner. Delinea los corales como nadie, llenos de acentos, con sublimes contrastes dinámicos que transmiten a la perfección el afecto contenido. Las turbas son extraordinarias. Las turbas bachianas son un género en sí mismo, dotadas de una teatralidad que es campo abonado para alguien como Pichon, quien las convierte en una constante de drama, un drama vívido, brutal en muchas ocasiones, y profundamente expresivo. La fluidez es otra constante en esta lectura, con unos tempos ágiles —no siempre, Aus Liebe es una gloriosa excepción— y una gran capacidad para dotar de visión unitaria a la composición. Y, por supuesto, las variadísimas, dinámicas, acentos, articulaciones que permiten colmar cada pasaje de jugosos detalles.
Naturalmente, los efectivos empleados no son ajenos al resultado. El coro —del que forman parte los solistas, a excepción del Evangelista y Jesús— proporciona unas prestaciones soberbias —debe mencionarse la excelente intervención de los Pequeños Cantores de la ORCAM en los coros de apertura y cierre de la primera parte—. La orquesta presentó unas notabilísimas prestaciones de conjunto —magnífica la cuerda—, con intervenciones solistas magníficas, como los violines de Sophie Gent y Louis Creac’h o la viola da gamba de Julien Léonard, quien, con su compañera Garance Boizot, realiza prácticamente un dúo de violas (con el apoyo de la tiorba —Thibaut Roussel— y el contrabajo) en una delicadísima textura camerística en el aria Können Tränen meiner Wangen. Y, señores, quitémonos el sombrero ante la delicadísima Aus Liebe que lograron entre todos —Pichon, Julie Roset y los instrumentistas— en la increíble combinación de traverso y dos oboes da caccia —uno de los acompañamientos instrumentales más exquisitos (y cargados retóricamente) creados por compositor alguno—.
El reparto fue, en conjunto, excelente. El Evangelista de Julian Prégardien es, sencillamente, la mejor recreación de este rol crucial jamás escuchado. Y lo confirma en cada ocasión, en ambas pasiones, en disco y en directo. Su expresividad, transmisión retórica, inflexiones vocales, acentos, modulaciones dinámicas son continuos y variadísimos, logrando la mejor comunicación posible de la narración. Todo ello acompañando de una voz preciosa, excelente técnica y un volumen y proyección envidiables.
Raphaël Pichon elige siempre cantantes de peso para el rol de Jesús. Y aquí acude a una de sus musas, Stéphane Degout, quien enfatiza lo que de majestuoso e imponente —y airado en muchas ocasiones— tiene el papel, en una interpretación magnífica. Combina este papel —algo poco común— con las arias del primer bajo, entre ellas la celebérrima Mache dich, meine Herze, rein, un tanto agitada, en la que tal vez se percibió falta de equilibrio con la intensa cuerda, que tapó algo al cantante.
Julie Roset, cuya preciosa voz adolece de escaso volumen, rindió muy bien, como Zachary Wilder y Alex Rosen, un joven bajo a quien no conocía, dotado de una voz preciosa. Otra sorpresa fue, entre los comprimarios, Geoffroy Buffière, en el doble papel de Pedro y Primer Sacerdote: firme y bellamente coloreada. Un peldaño por debajo se hallan Maïlys de Villoutreys, William Shelton y Lucile Richardot, quien hizo una notable Erbarme dich, aunque uno se imagina mejores candidatos.
En fin, una gran noche que nos permitió disfrutar de los novísimos aires que un inspirado Raphaël Pichon insufló a la Pasión según San Mateo.
Javier Sarría Pueyo


