MADRID / Petrenko, Fujita y la Royal Philharmonic: bellos aires nórdicos para abrir la temporada de Ibermúsica

Madrid. Auditorio Nacional. 29-X-2025. Temporada 25-26 de Ibermúsica. Royal Philharmonic Orchestra. Director: Vasily Petrenko. Solista: Mao Fujita, piano. Obras de Saariaho, Grieg y Sibelius.
Se inauguró la temporada 25-26 de Ibermúsica con una orquesta británica de las más veteranas en el ciclo (se presentó en 1974 y son ya varias decenas de actuaciones en la serie). La formación que en su día fundara el inefable Sir Thomas Beecham ha tenido siempre un lugar destacado entre las londinenses, y ha contado con batutas ilustres. Desde 2021 es su titular quien la dirigía en esta ocasión (como en su última presencia en Ibermusica, hace un par de años), Vasily Petrenko (San Petersburgo, 1976), alumno, como Bychkov, Gergiev o Currentzis, de Ilya Musin, y posteriormente también de Mariss Jansons, Yuri Temirkanov (con el que esta misma orquesta ha actuado en el ciclo en bastantes ocasiones) y Esa-Pekka Salonen. El solista de la ocasión era el joven pianista japonés Mao Fujita (Tokyo, 1998), ganador del prestigioso concurso Clara Haskil en 2017 y segundo premio en el Chaikovski de 2019.
El primer programa ofrecido en esta doble visita de la Royal Philharmonic tenía evidente acento de aire nórdico, y seguía el diseño clásico, con la obra de Kaija Saariaho, Ciel d’Hiver, haciendo el papel de obertura (aunque no sea tal), seguida del conocidísimo Concierto para piano de Grieg (que escuchábamos hace un par de años en este ciclo al singular pero siempre fascinante Vikingur Olafsson, y muy poco antes al noruego Leif Ove Andsnes), para concluir con la más popular de las sinfonías de Sibelius, la Segunda, que en Ibermúsica sonó por última vez en 2019.
Señala la propia Kaija Saariaho en su página web, que la naturaleza, los mitos, la noche, los sueños, la luz y los misterios de la lejanía son elementos de repetida inspiración para su obra. En ese contexto hay que situar la composición de una de las obras sinfónicas más ambiciosas de la finlandesa, Orion, pieza en tres movimientos inspirada, en palabras de la autora, por el misterioso y aventurero cazador de la mitología griega, que por tanto es “a la vez un ser humano activo y un objeto celeste inmóvil”, la conocida constelación de ese nombre. Saariaho adaptó posteriormente como partitura separada el segundo movimiento de esta página, el Cielo de invierno escuchado en esta ocasión (se estrenó en 2014), escrito para una plantilla que incluye dos flautas (la segunda doblando flautín), 2 oboes, 2 clarinetes, 2 fagots (el segundo doblando contrafagot), 4 trompas, 2 trompetas, 2 trombones, tuba, timbales, 2 percusionistas (a cargo de hasta 13 instrumentos de percusión), celesta, arpa, piano y cuerdas (12/10/8/6/4).

De apenas diez minutos de curso, nos dice la propia compositora finlandesa que Cielo de invierno “comienza con un evocador solo de flautín, seguido por otros de violín, clarinete, oboe y trompeta con sordina. A medida que los solistas de la orquesta se pasan la melodía, los demás instrumentos proporcionan un acompañamiento colorido y atmosférico. Más adelante, la textura orquestal se llena con una polifonía de múltiples capas, pero el movimiento sigue siendo tranquilo y contemplativo. Para el final, el tempo, ya lento, se vuelve aún más lento cuando el piano emerge del fondo con una melodía ‘elevada’ que repite unas pocas notas en permutaciones cambiantes, sobre expresivos glissandi de cuerda y el sonido de campanas, vibráfono con arco y crótalos.”
Consigue Saariaho crear una atmósfera sugerente, que tiene algo de evocador y mucho de hipnótico con un diseño en ocasiones ostinato en la repetición de tres notas fundamentales (Mi bemol, Re, Si) que aparecen reiteradamente en la obra, construida como un arco que crece desde el susurro inicial hasta un clímax para cerrarse también en un intimista desvanecimiento. Un dibujo, en efecto, tranquilo, contemplativo, con su componente de misterio, que quedó trazado con habilidad por Petrenko, con muy buena respuesta de la orquesta británica, y fue recibido por el público con más corrección que entusiasmo.
Es fácil identificar el Concierto para piano como una de las obras más populares de Grieg, junto a su Peer Gynt. Y no es de extrañar que desde su estreno fascinara a tanta gente, empezando por el pianista Anton Rubinstein, presente en el estreno, y terminando por el gran Franz Liszt. El Concierto cautiva desde su enérgica apertura hasta el brillante final y nos llega con facilidad su encanto poético y lírico, ese que con tanta claridad le da la razón a Chaikovski cuando, hablando de la música del noruego, destacaba la profunda humanidad de su creación, resaltando que nacía “de su naturaleza profundamente poética”. Pieza, no obstante, también exigente para el solista, que puede en muchas ocasiones (y especialmente en la hermosa cadencia del primer tiempo) dejar buena evidencia de su virtuosismo.
Lo hizo, sin duda, el joven Fujita, que acreditó desde los primeros compases un mecanismo segurísimo, una sonoridad redonda, poderosa y bella, de dinámica ancha y finamente calibrada, puesto todo ello al servicio de un discurso sólido, fluido, flexible en las inflexiones de tempo, con buen (pero nunca exagerado) rubato, y muy plausible expresión de esa efusión poética antes aludida. Capaz de poderosas octavas y rotundos acordes, pero de gran agilidad y claridad en la articulación, con bien medido pedal, alcanzó en la mencionada cadencia, muy bien construida (precioso el pasaje pp legato sempre y ejemplar el crecimiento hasta los rotundos acordes fff), un clímax de gran impacto. Muy bien conseguido el clima de nostalgia que impregna el Adagio, y con buen énfasis rítmico el Allegro moderato e marcato final de inspiración bailable, culminado con grandeza en un brillante final. Petrenko y la orquesta británica acompañaron con precisión y excelente ajuste, con algunos ataques muy secos de notable impacto. Lucieron especialmente la cuerda grave (con la solista Rosie Biss a la cabeza) y los solistas de madera, con unos metales de plausible redondez y apenas alguna tendencia a la ligera estridencia tímbrica en las trompetas.
Gran acogida del público para la brillante actuación de Fujita, que obtuvo, como cabía esperar, la propina correspondiente: la quinta pieza del Tercer Libro (op. 43) de las Piezas líricas de Grieg, titulada Erotik. Por esas casualidades que ocurren de vez en cuando, la semana próxima ofrecerá Mikhail Pletnev una selección de 16 de esas piezas en su recital del día 4, aunque esta que escuchamos hoy no está incluida en dicha selección.

Hay quien ve en la Segunda Sinfonía de Sibelius ecos de la naturaleza nórdica, y quien detecta un gran himno de reivindicación en un momento en que Finlandia (con disgusto de sus habitantes) era aún parte del Imperio Ruso. Sea como fuera, es inevitable sentirse arrastrado por la grandeza del himno final, un triunfo grandioso, exaltado y solemne, de una brillantez profundamente emocionante, como lo es el evocador primer tiempo, el casi enigmático segundo y el vibrante tercero. Música magistralmente trazada por el compositor finlandés, complicada de planificar (es fácil que una gradación equivocada desboque las intensidades y desequilibre los balances) y también, en más de una ocasión (el Vivacissimo del tercer tiempo, un notable compromiso para la cuerda).
Petrenko perfiló su interpretación con buen dibujo del ritmo e impecable diferenciación de planos, aunque en los acordes del metal (como en Grieg) tiende a una cierta y rotunda sequedad. Manejó muy bien la dinámica, y trazó con finura las inflexiones (numerosas) de tempo, aunque en algún accelerando el empaste orquestal se resintiera ligeramente. Su lectura, de irreprochable corrección en cuanto a construcción, tuvo así una más que plausible intensidad, bien compatibilizada con matices sutiles (excelentes ppp) en el Tempo andante, ma rubato. Vivo, de más que plausible ajuste, el peligroso Vivacissimo, adecuadamente agitado en el carácter y con buenas prestaciones de algunos solistas, especialmente de oboe y chelo. Interesante el planteamiento del gran tiempo final por Petrenko, que pareció sobrio, hasta severo, en su inicio, y reservó con inteligencia la gran exaltación para un final de extraordinaria brillantez, con una muy bien preparada y traducida coda.
La orquesta británica respondió a su batuta, precisa, explícita y diáfana en la intención, con notable precisión. Recordando lo que decíamos sobre ella con ocasión de su última visita, cabe apuntar que las trompas se mostraron más seguras esta vez, y que tuba y trombones evidenciaron una estimable redondez. Las trompetas, como entonces, ejecutaron con gran precisión pero cierta tendencia a la estridencia. Las maderas mostraron un muy notable nivel. La cuerda, en fin, se mostró siempre bien empastada y ágil, aunque destacó especialmente la sección grave. En algunos momentos quien esto firma hubiera agradecido una sección de violines con algo más de presencia.
El éxito fue considerable, y tuvo recompensa doble. La primera propina, también nórdica, la archiconocida Mañana de la Suite “Peer Gynt” de Grieg. La segunda, una chispeante Danza húngara nº 6 de Brahms, con rubato generoso y sonrientes acentos.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Rafa Martín/Ibermúsica)


