MADRID / Perianes y su homenaje a Falla: Una idea estupendamente concebida y realizada

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 20-I-2026. Ciclo de Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo. Javier Perianes, piano. Obras de Falla, Albéniz y Chopin.
Segunda visita en esta temporada del Ciclo de Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo del nervense Javier Perianes, artista residente del ciclo en esta edición. Armó Perianes, como en él es costumbre, un programa precioso y concebido con la sabiduría que le caracteriza. Lo hizo en torno a Falla, como señalaba él mismo en una entrevista reciente en la cadena SER, poniendo al “gaditano en perspectiva, en contexto”, en un justo y brillante homenaje al autor de Noches en los jardines de España en el 150º aniversario de su nacimiento. La perspectiva, el contexto a que aludía Perianes en la entrevista mencionada, se traducía en ofrecer las obras elegidas de Falla junto a otras de sus admirados Chopin y Albéniz.
La propia selección de obras y su secuencia revelaba igualmente inteligencia desde el mismo inicio. El hermoso Nocturno del entonces veinteañero gaditano, con el que se abría la velada, comparte, como bien señala María del Ser en las notas al programa, “vuelo de fantasía” con el que Perianes ofreció inmediatamente después, el famoso op. 27 nº 2 de Chopin (hasta el dibujo de la mano izquierda en ambas partituras guarda cierta proximidad). Ocasión para disfrutar de algunas de las más apreciadas cualidades del pianista onubense. Lució en ambas su hermosa sonoridad, su exquisito control de los matices, su fino manejo de las inflexiones agógicas y su elegante, refinada y siempre sinceramente expresiva (qué importante es esto) forma de cantar. El Nocturno chopiniano llegó con una emocionante nostalgia, traducida de manera inmejorable por una extraordinaria levedad de pulsación (una maravilla las ágiles florituras de adorno que Chopin introduce en la reiteración del motivo principal). Pero encontró también el contraste de mayor pasión cuando la música lo demandaba. Se hizo especialmente evidente la proximidad de esa música al bel canto que tanto amaba el polaco.
La Mazurca de Falla, coetánea del Nocturno, se hermanó con dos de las de Chopin, y comparte con ellas esa sugerente ambigüedad, ese ritmo que guiña y escapa. Bellas y evocadoras músicas que encontraron al Perianes sutil, capaz de finas pero evidentes modificaciones en su forma de afrontar las reiteraciones de un mismo motivo, pero también de enérgica determinación, sin perder nunca la elegancia, como en la op. 67 nº 1 del polaco. También es página juvenil del gaditano la Serenata andaluza, nueva ocasión para que Perianes evidenciara su fino uso del rubato, elemento empleado con la medida justa para la expresión, nunca para la exageración o el amaneramiento. Ejemplar la forma en que el de Nerva tradujo algunas indicaciones singulares de Falla (en especial ese con abandono que aparece poco después del inicio y nuevamente, más tarde, sobre la reiteración del mismo motivo).
Nuevo cambio a Chopin, con el Vals op. 34 nº 2 delineado nuevamente con un cuidado equilibrio, en el que la refinada expresión evitó la tendencia (tan frecuente en esta página) al edulcoramiento excesivo. Y justo después, la última de las obras tempraneras de Falla (esas de las que él mismo hablaba luego con injusto desprecio) en la primera parte: la Canción, obra impregnada de dulce ternura, trenzada por Perianes con finísimos matices. Y nuevo hermanamiento lógico por parte del pianista: ligar esa canción, que en muchos momentos parece una canción de cuna, con la Berceuse chopiniana, que sobre ese dibujo ostinato de la mano izquierda construye un torrente de fantasía que está también llena de una emocionante y tierna dulzura. Una maravilla la levedad, la belleza de sonido exhibida por Perianes en este final de la primera parte.
La segunda parte de este denso y complejo programa dejó atrás a Chopin para hermanar a Falla con su admirado Albéniz. Nada más apropiado para empezar que las cuatro Piezas españolas, dedicadas por el gaditano al catalán. Música que, como señalaba el propio Falla, capta esencias y ritmos para desarrollar su propio concepto, desde lo que él mismo denomina “estilizar” la jota en la Aragonesa hasta la más sugerente Cubana, los guiños de evanescente melancolía perceptibles en la Montañesa o esa maravilla tan especial que es la Andaluza que cierra la serie, fogosa, apasionada y melancólica a un tiempo. Tuvo cada una de ellas el sabor adecuado en las manos de Perianes, con dibujos rítmicos traducidos con gracejo y saludable flexibilidad (Aragonesa), atmósferas suavemente sonrientes (Cubana), melancolías con sus guiños misteriosos y su cercanía impresionista (Montañesa) y dramas y pasiones en la Andaluza final, traducida, como pedía Falla, de forma muy rítmica y con “un sentimiento salvaje”, pero coronada con un pppp exquisito que, en el fondo, era trasunto de un triunfo final de la melancolía que subyace en una música de una intensidad difícil de resistir.
Esa Andaluza abría la puerta a la última conexión lógica del bien hilvanado programa: la selección de Iberia de Albéniz. Eligió Perianes cuatro de las piezas de la colosal serie del catalán: Evocación, El Polo, Almería y Triana. No vamos a descubrir a estas alturas la formidable demanda, técnica y musical, que supone esta música para el intérprete. La afrontó el nervense con decisión, y luciendo las cualidades ya apuntadas en cuanto a sonido, fraseo y matices. Cabe añadir, en música que a menudo se mueve en texturas de complejo desentrañamiento, el encomiable esfuerzo para desentrañar planos con claridad suficiente (algo mucho más complejo de lo que al oyente le puede parecer de entrada). Para el firmante de estas líneas fue tal vez Evocación (quizá influye el hecho de que siento una particular inclinación por este primer episodio de la suite) la más lograda de las cuatro. Haciendo honor a su título, la música llegó como una emocionante evocación de melancolía, dicha con un canto fluido y elegante, salpicado con delicadísimos pppp. Llegaron con acertado ritmo El Polo, buena expresión Almería (de nuevo muy bueno el canto) y atinados contrastes e intensidad rítmica en Triana, coronada con enérgica determinación.
Éxito merecido y grandísimo, como cabía esperar. Llegaron rápidamente las dos propinas: Sevilla de Albéniz, quizá esta vez con más nervio, y una Danza ritual del fuego de El amor brujo de Falla que ya es marca de la casa y que, más que nunca, echó chispas. Es curioso comprobar como se ha acelerado el tempo de esta interpretación con los años. Nada que reprochar en ello, porque la vibración es contagiosa, pero seguro que quienes hubieran escuchado esta misma obra hace años se habrán percatado de esta mayor rapidez. Un estupendo recital para un programa de gran densidad, muy bien concebido e hilvanado.
Rafael Ortega Basagoiti


