MADRID / Pérez Floristán: personalidad y energía contagiosas

MADRID / Pérez Floristán: personalidad y energía contagiosas

Madrid. Auditorio Nacional. 11-IX-2019. XXIV Ciclo de Grandes Intérpretes. Juan Pérez Floristán, piano. Obras de Ligeti, Beethoven y Mussorgski.

Tras importantes galardones (a la cabeza el reciente de Santander, que no ganaba un español desde que lo hiciera Colom en el 78) y su brillante debut este mismo verano en los Proms londinenses, que lamentablemente no tuvo el eco que merecía en los medios, se esperaba con interés la presentación del joven sevillano Juan Pérez Floristán (aún no cumplidos los 27 años) en el ciclo de Grandes Intérpretes, justamente pocos meses después, de que su predecesor en el Concurso santanderino, Josep Colom, ofreciera un estupendo recital en este mismo ciclo. Tiene Pérez Floristán medios técnicos estupendos, pero sobre todo es pianista con sensibilidad, personalidad y desparpajo. Ejemplos anecdóticos de esto último pueden ser los parlamentos al principio de cada parte (algo que ya hizo Colom) o la relativamente informal indumentaria (el calzado en especial), pero lo que realmente importa, es que esa personalidad se reflejó en la propia confección del programa y su acercamiento al mismo.

Abrir el concierto de su debut con las once piezas de la Musica Ricercata de Ligeti es toda una declaración de intenciones, porque el húngaro (para mí el más grande autor para teclado de la segunda mitad del siglo XX) tiene menos presencia de la deseable en los programas. Desgranó con soltura la variada atmósfera de esta colección, como pudo apreciarse en el contagioso ritmo de la tercera, el elegante pero libre vals de la cuarta, el delicado ostinato de la mano izquierda en la séptima o la acertada atmósfera de la última, de tan intimista y contrapuntístico dibujo en su inicio. Otro detalle inusual, también ejemplo de personalidad: empalmar directamente con la Appassionata. Más aún, hacerlo sin miedo a los riesgos. Interpretación trepidante, donde la claridad de articulación en el primer tiempo se ve inevitablemente afectada por la mezcla de pedales largos (los de Beethoven) y notas que ‘duran’ mucho más que en el piano de Beethoven. Pérez Floristán eligió la tensión, y la construyó con una energía, convicción y magnetismo envidiables. Elegante y bien dibujado el Andante con moto y nuevamente vibrante, muy vivo el Allegro non troppo final, con una coda Presto en la que primó el nervio sobre la claridad. Versión más que notable, en todo caso, y de contagiosa energía.

Sobresaliente, tanto en lo técnico como en lo expresivo, la interpretación de los Cuadros de una exposición de Mussorgski, desde la pesante grandeza de muchos de los Paseos o Bydlo a la íntima nostalgia de El viejo Castillo, pasando por la ligereza del Ballet de los polluelos (ni siquiera el asesino habitual del teléfono le distrajo) o Tullerías, la ominosa oscuridad de Catacumbas y la arrolladora energía de Baba-Yaga seguida de la brillante grandeza de La gran puerta de Kiev. Cierto, pudo echarse de menos algo de claridad en ciertos pasajes de Gnomos, pero en todo caso no está al alcance de muchos dibujar esta música con esta excelencia musical y técnica, y eso que quien suscribe recuerda versiones magníficas de Ugorski y Pogorelich, pese a sus muchas idiosincrasias. En la personalidad de Pérez Floristán está también no rehuir los riesgos. Él los toma, y ese es parte del encanto de su discurso, espontáneo y natural pero siempre sensible y de lógica musical.

El éxito, por desgracia con la sala apenas mediada (peor para quienes se lo perdieron), fue grandísimo y creo que bien merecido, y disfrutamos de tres propinas: la Segunda Danza argentina de Ginastera, el Estudio op. 25 nº 11 de Chopin y el tercer Momento musical de Schubert. ¡Qué alegría poder escribir esto de un joven compatriota que tiene ante sí, sin duda, una brillante carrera por delante!