MADRID / Pablo Heras-Casado y la Cuarta de Bruckner: Pintura al aguafuerte

Madrid. Auditorio Nacional. 2-IV-2024. Orquesta Sinfónica de Madrid. Director: Pablo Heras-Casado. Bruckner: Sinfonía nº 4, “Romántica”.
Nuevo enfrentamiento del ubicuo, caleidoscópico, versátil, habilísimo y preparado Pablo Heras-Casado con la música de Anton Bruckner, esta vez, después de la Novena de hace un par de años con la misma orquesta, la más divulgada Cuarta, la llamada “Romántica”. Una composición que parece salir de la nada y que se va abriendo paulatinamente a través de la suave frase de la trompa. Tras el imparable crecimiento, y en la línea habitual del compositor, surgen dos temas nuevos, dotados de mayor complejidad rítmica. El primero, agreste y saltarín en los violines, es contrapunteado por el segundo, lírico, melódico, en la voz de las violas. Una superposición típica del compositor, partidario de enriquecer en todo momento las líneas maestras.
Un diseño sinfónico muy bien entendido por el director granadino que supo poner los medios para que todo ese material se trabajara luego con orden y fantasía. El desarrollo, dividido en cuatro secciones en las que juegan, con gran lujo de combinaciones contrapuntísticas y cambios de tonalidad, diversas caras del motivo de apertura, algunas en transposición muy delicada, que acaba escuchándose, en el ápice de la sección, en un sobrecogedor coral. La más destilada poesía emana del contracanto de la flauta en el comienzo de la reexposición. Nos asombra el efecto cromático de la coda, que, otra vez, hace oír la célula generadora, clamada a todos los confines por las trompas sobre impresionantes acordes del tutti.
Una organización sonora bien estudiada y desarrollada por el gesto claro, amplio, volandero, de brazos bien abiertos y conminativos golpes hacia lo alto de Heras-Casado, que supo casi siempre establecer la alternancia entre lo transparente y ameno, las líneas individuales, los aires curiosamente danzables, con las peroraciones más espectaculares, que en este caso quizá cayeran a veces en lo estruendoso, con la consiguiente pérdida de claridad en beneficio de unos poderosos vientos, con metales a la cabeza. Y eso que el director no dobla las maderas, como si hicieron otros en el pasado, Furtwängler o Celibidache por citar dos nombres que declinaban los pentagramas del músico de Ansfelden todos los días.
La coda nos pareció bien planteada, aunque quizá empezó muy arriba, pero se remató estupendamente con las cinco trompas enunciando a toda presión el tema inicial. Los chelos, ya muy afortunados en el primer movimiento, volvieron a poner su sello de calidad en el Andante, una especie de rondó o de lied-sonata, una estructura habitual en Haydn o Beethoven, a cuya voz sabemos que don Anton estaba tan atento. Esquema ABAABA en el curso de una marcha fúnebre por el ritmo y la sencillez de la exposición, en este sentido muy schubertianos. Pero el clima es más melancólico que otra cosa. Hubo delicados detalles instrumentales, respiración natural y buen ascenso al clímax.
Toda la primera sección del cinegético Scherzo fue expuesta a toda presión, exagerando quizá el violento 2/4, que se mece en la segunda parte de la sección y emborronando un tanto el episodio. El 3/4 se reserva para el trío, que el autor calificaba como “un aire de danza durante el descanso de los cazadores”. Una serena melodía de flauta y clarinete, brevemente desarrollada por los violines donde brillaron las maderas.
El Finale, marcado “animado, pero no demasiado rápido”, en 4/4, alla breve, retrasa la aparición, en un titánico estallido al unísono, de su tema principal hasta 42 compases; algo insólito y que proporciona una tensión casi insoportable, acentuada en este caso por el mando implacable del director que supo llegar al clímax tras un espectacular crescendo. Afortunadamente, la mano del maestro supo recogerse para desarrollar el tan rico segundo grupo temático, compuesto de melodías diríamos, sin ningún matiz peyorativo, ligeras. El siempre inspirado Harry Halbreich definía el desarrollo como “un cuerno de la abundancia de invención y novedad”.
No es para menos, porque el trabajo temático, fundamentado en la idea motriz, confeccionado a lo largo de los 180 compases del fragmento, es soberbio y está cuajado de ideas fastuosas, servidas con general pulcritud en esta versión no siempre transparente y trazada un poco a impulsos, bien que estos tuvieran en ocasiones el rasgo de la genialidad. En líneas generales, la interpretación, con una orquesta bien engrasada, con mínimos despistes (sin importancia los roces del estupendo primer trompa) que conoce bien al director, fue de altura. Heras sabe trazar las líneas generales y construye con sapiencia, aunque a veces dé la impresión de que antepone el efecto sonoro a la sutil concatenación de frases y diálogos. La coda fue bien dibujada a falta de que las cuerdas estuvieran algo más presentes.
Se interpretó, según advertía José Luis Temes en sus jugosos y didácticos comentarios al programa (¡bravo!: impreso en papel, lo que evita la incomodidad de leerlo en el móvil y facilita la labor crítica de tomar las debidas notas), la versión -de las cinco redactadas por el compositor- de 1878/1880.
Arturo Reverter


