MADRID / Otro Schubert magistral de Christian Gerhaher en la inauguración del Círculo de Cámara

Madrid. Teatro Fernando de Rojas (Círculo de Bellas Artes). 12-X-2026. Círculo de Cámara. Christian Gerhaher,barítono. Gerold Huber ,piano. Lieder de Franz Schubert.
Inmejorable comienzo el de la temporada del Círculo de Cámara en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, con dos de los mejores intérpretes de lied que se pueden —y deben— escuchar: el barítono Christian Gerhaher y el pianista Gerold Huber. Es una suerte que este dúo tenga a bien visitarnos de forma frecuente porque cada uno de sus recitales es un auténtico acontecimiento que ningún aficionado al género querría perderse.
En esta ocasión el más que exigente programa estuvo íntegramente dedicado a una muy amplia selección de lieder de Schubert, veintisiete nada menos, que recorrían la práctica totalidad de su carrera, incidiendo mucho precisamente en las partituras de esos 1815-1823, en los que produjo centenares de títulos, aunque también hubo representación de alguna de sus últimas composiciones. Predominaron, dado su número y obligatoria brevedad, los lieder estróficos aunque alguno de ellos se podía adscribir al género de la balada, como Fahrt zum Hades, Der Unglücklich o Im Walde, con un desarrollo mayor. En cuanto a la temática, pues ya saben Vds.: mucha muerte (antes o después, esperada, padecida, deseada, propia o ajena), mucha naturaleza acogedora o amenazante, bastante amistad, y algo de amor, aunque no fue el hilo argumental del concierto.
Christian Gerhaher es, ante todo y sobre todo, un grandísimo decidor del texto. Cuando se le escucha en el repertorio de lied —y especifico, porque en oratorio u ópera la cosa cambia— y muy especialmente en Schubert, da la impresión de cantar lo menos posible, es decir, de hacer que el canto nazca de la declamación y que se convierta en canto con los mínimos recursos. De ahí esos momentos casi parlando, ese vibrato medidísimo, para realmente llegar al canto pleno cuando la expresión lírica y dramática así lo exige, recuperando ese espíritu de canto íntimo, privado y “entre amigos”.
Esa forma tan suya y especial de hacer lied no es extrapolable a nadie ni en los aspectos técnicos ni en los expresivos, porque cualquier imitación sería un naufragio. Sin embargo, él ha logrado su fórmula magistral, que logra una enorme variedad de matices: desde el susurro, pasando por la nota destimbrada, como al borde de la extenuación, hasta una potencia heroica y llena de brillo. Sus fraseos están hechos de múltiples elementos hilvanados, pensando en qué necesita cada palabra y cada sílaba en ese momento concreto de la expresión íntima, llegando casi a una elocución expresionista, a una línea de declamación en ocasiones más que una línea de canto. Sin detenernos en todos y cada uno de los lieder, presentaremos un panorama general destacando los momentos más representativos.

Impresionante estuvo en esa expresión entre serena y desafiante ante la realidad y la imposibilidad de cumplir ciertos deseos en Der blinde Knabe (El muchacho ciego); lleno de intensidad que pasa de la contención al desgarro en Der Unglücklich (El infeliz); sobrecogedor por sencillez y evocación arcaizante en Von Mittleiden Maria (De la aflicción de María), en ese contrapunto con el piano; plenamente heroico y exultante en Im Walde (Noche en el bosque), en el que pudimos disfrutar de una expresión casi wagneriana por momentos, contrastando con esa sección central totalmente lírica de comunión con la naturaleza.
Qué despliegue de matices en An die Freude, esa oda a la amistad más allá de la muerte —tan schubertiano todo ello—, en la que el piano de Gerold Huber, siempre excelente por sutilidad, cuidado y sonoridad, aportó la evocación de los pasos sobre la nieve cayendo en el bosque y Gerhaher, un acento realmente emocionante a las palabras fundamentales, como el sobrecogedor “enterradores”. Fantástico Huber también en ese acompañamiento siempre igual y siempre cambiante de Der Strom, en el que el poeta se enfrenta a las dificultades de la vida; y totalmente expresionista resultó Fahrt zum Hades (Viaje al Hades), con unos estupendos graves y una búsqueda constante de colores y ambientes en función de la dramaturgia.
La segunda parte comenzó con un lied de 1815, Am Flusse (Junto al río), en el que el legato de esa frase inicial entre popular y sofisticada, con ese cromatismo tan expresivo aportó todo el color melancólico de un amor truncado; particularmente intenso y emocionante fue Am See (Junto al Mar), en el que la dulzura de la expresión, apoyada por esa manera de utilizar el vibrato o su ausencia produjo momentos de verdadera suspensión del tiempo, particularmente en ese final en el que, como sobre una atalaya sobre el mar, el poeta en su soledad contempla las estrellas.
Y de la expansión del alma ante la belleza de la noche, a ese otro tema tan schubertiano, que es la complacencia ante la propia muerte, como alivio y casi como estímulo, que Gerhaher bordó con esa presunta fragilidad en la expresión. Fabuloso Huber en esas respuestas y en el control de los acordes repetidos, sin perderse una nota y cambiando constante y casi imperceptiblemente la dinámica.

Los temas heroicos del hombre contra su destino o frente a los peligros de la naturaleza tuvieron una estupenda traslación en una plena voz de Gerhaher, metido en la piel de un marinero y un cazador (Schifferssheidelied y Lied des gefangenen Jägers), que tuvo su contrapunto en la delicadísima Auf dem Wasser zu singen (Cantar sobre el agua), en la que Huber dio una lección de perfecto acompañamiento en esa célula que vuelve una y otra vez y en la que Gerhaher encontró el punto justo entre el vals popular y la sofisticación. Frente a las habituales góndolas fúnebres del romanticismo, el Gondolero schubertiano nos trae calma, serenidad y contemplación, que Gerhaher trasladó mediante sus magníficos cambios de color vocal.
Esa manera tan propia de Schubert de contemplar el tránsito fatal (Todesmusik), lleno de luz y serenidad plasmados en esos modos mayores espléndidos, tuvo un acompañamiento pianístico perfecto por parte de Huber, con esos ritmos de marcha fúnebre y un sinfín de matices e inflexiones diferentes por parte de Gerhaher, que consiguió un contraste fabulosamente enérgico con Lebensmut (Coraje de vivir) y a quien Huber dio una réplica absolutamente maravillosa.
Puesto que todo termina con el último suspiro, la muerte cerró el recital con tres lieder en los que destacó la manera de declamar esa melodía de Der Herbstabend (La tarde de otoño) por parte de Gerhaher sobre ese acompañamiento en contrapunto nota contra nota del bajo, imitando una campana fúnebre y que crea unas armonías de una enorme sutilidad. Por último, en Schwanengesang (El canto del cisne), en su sencillez formal y melódica, nos dejó sin aliento en esa descripción del momento último y con su forma de decir-cantar el último verso: “¡Ése es el canto del cisne!”
Como propina, y para no abundar en los sentimientos de ultratumba, Gerhaher y Huber interpretaron Seeligkeit D433 (Felicidad), uno de esos pocos lieder en que el poeta, a pesar de la presunta felicidad que le promete el paraíso, prefiere quedarse aquí abajo con su Laura. Un vals delicioso al que sacaron todo el jugo y el humor.
Ana García Urcola


