MADRID / ORTVE: la virtud de la brevedad

MADRID / ORTVE: la virtud de la brevedad

Madrid. Teatro Monumental. 8-VI-2021. María Espada, soprano.  Clara-Jumi Kang, violín. Orquesta y Coro de Radiotelevisión Española. Director: Pablo González. Obras de Bruch y Haydn.

A causa de su atractivo inmediato, el Concierto para violín nº 1 de Max Bruch ha ensombrecido gran parte de su obra. Sin desmentir su fama de autor tradicional, unida a una larga vida, de parejos moldes salieron otras piezas de similar interés, como la folclórica Fantasía escocesa, también violinística. En el ámbito sinfónico, no carecía de ambición, pero más que en las dos primeras obras, provistas de una sólida arquitectura formal, el verdadero logro es la tercera, donde ceden parte sus ligaduras académicas.

Clara-Jumi Kang, sustituta de la sustituta de Sarah Chang, pues así andamos a causa de la pandemia, es una artista solvente, con gratos momentos aislados, pero en la andadura melódica del Adagio, cuando escalaba las cumbres agudas del violín, le faltó un vuelo más sostenido e inmaterial. Y eso que Pablo González es un buen acompañante, que sabe entenderse con los solistas, a los que tutela y hasta casi vigila visualmente. La orquesta tocó con naturalidad y fraseos ligados, sin enfatizar abruptamente los ataques, cosa muy perceptible en la sección de cuerda.

Mucho menos frecuentada, la Missa brevis Sancti Joannis de Deo, de Franz Joseph Haydn, invita a oír antes otras músicas del autor, a fin de rescatar luego el máximo sabor haydiniano de sus pentagramas, en una suerte de gimnasia musical. Pero la operación no ofrece grandes réditos, pues el austriaco es aquí menos reconocible que en sus misas y oratorios maduros, y su más genuina voz aflora en pocos momentos. Uno de ellos es el luminoso Benedictus, donde la soprano María Espada se sirvió de su voz cariñosa, al servicio de pequeños reguladores, adornos, líneas puras e ideales rematadas con esmero. Fue sostenida con dulzura por el ejecutante del armonio, anónimo en el programa de mano, pero no en las manos de sus compañeros de orquesta, que le aplaudieron con efusión.

Pablo González retornó a sus texturas blandas, sin aspereza, y el coro, por ejemplo, en el bello Agnus Dei, trenzó una polifonía con hilos de cabello de ángel, valga el símil algo cursi. Fue una de esas ocasiones en que todos brillaron por igual; alguna hubo en que las sopranos y contraltos mostraron mayor fortuna que los varones.