MADRID, ORTVE / En el paraíso de la mano de Ingo Metzmacher y Håkan Hardenberger

Madrid. Teatro Monumental. 28-XI-2024. Orquesta Sinfónica RTVE; Hakan Hardenberger, piano; Ingo Metzmacher, director. Obras de Widmann y Brahms.
Después del hipertrófico y virtuosístico —los adjetivos son del propio compositor— concierto Ad absurdum que Jörg Widmann compuso en 2002, casi veinte años más tarde, este compositor alemán sintió el impulso de escribir un concierto para trompeta a gran escala, líricamente angelical, con el que el solista de trompeta emprenda un viaje laberíntico a través de un amplio espectro de estados psicológicos y áreas tonales, donde también protagonice salvajes y escarpados abismos orquestales que adentren al oyente en la luz, hacia un estado utópico de suspensión. Así surgió en 2021 Hacia el paraíso (Laberinto VI), que es el Concierto n.2 para trompeta y orquesta del muniqués Jörg Widmann y la obra con la cual la Orquesta Sinfónica RTVE (ORTVE) abrió el recital de la sexta semana de abono el jueves pasado.
Widmann escribió este concierto por encargo de las orquesta de la Gewandhaus de Leipzig y la Sinfónica de Boston, pero lo hizo pensando en el trompetista sueco Håkan Hardenberger, sin duda uno de los grandes virtuosos mundiales del instrumento. Hacia el paraíso (Laberinto VI) se estrenó el 23 de septiembre de 2021 en Leipzig bajo la dirección orquestal del letón Andris Nelsons. El jueves pasado, la ORTVE la estrenó en España bajo la dirección del alemán Ingo Metzmacher y con Håkan Hardenberger a la trompeta. Se trata de una obra ambiciosa, que dura cerca de cuarenta minutos y requiere una gran orquesta y muchos recursos sonoros: tres flautas, tres oboes, tres clarinetes, tres fagotes, cuatro trompas, tres trompetas, tres trombones, una tuba, cinco secciones bien nutridas de percusión, dos arpas, un acordeón, una celesta, doce violines primeros, diez violines segundos, ocho violas, seis violonchelos y cuatro contrabajos.

El recital comenzó con un escenario semioscuro. La trompeta de Hardenberger comenzó a sonar fuera del escenario. Enseguida se abrió la puerta del lado derecho y el trompetista fue colocándose poco a poco, muy despacio, debajo de una tenue luz mientras seguía sonando un cautivador solo de trompeta, lento, suave, melodiosamente extraño. Después, aún con el escenario a oscuras, comenzó un breve y etéreo diálogo entre Hardenberger y el profesor solista de la ORTVE, Germán Asensi. ¡Qué nivel el de ambos trompetistas! Unos segundos más tarde se encendieron las luces y el maestro comenzó a dirigir la orquesta de la que extrajo magníficas sonoridades. Hacia el paraíso es obra en la que la dramaturgia y la expresividad de los músicos tienen un papel esencial. Es una actuación teatral y musical. Hardenberger fue moviéndose por varias zonas del escenario, acercándose a las distintas secciones de la orquesta con las que iba dialogando en un total de diez posiciones cuyo fin era alcanzar el Paraíso. ¡Cuántos juegos sonoros y qué riquezas tímbricas! Los percusionistas se emplearon a fondo percutiendo los muy variados instrumentos, pero también sacando etéreos sonidos con los arcos de violín frotando las marimbas. Un efecto muy bueno fue la combinación del sonido del acordeón con el de la orquesta y con la trompeta solista. Tras momentos de potentes y salvajes abismos orquestales —aunque nunca extravagantes—, finalmente se alcanza el paraíso. La orquesta dejó de sonar y el solista se quedo casi solo tocando: volvió a dialogar con la trompeta de Germán Asensi y después, en la penumbra, fue desapareciendo lentamente justo por el lado contrario al que había entrado. Tras unos segundos conteniendo la respiración, quizás saboreando la calma del paraíso alcanzado, el público respondió al silencio con un aplauso que hizo salir al solista varias veces, aunque no tocó propina. Después del dificilísimo y subyugante concierto que acababa de interpretar, no era necesario tocar más. Además, imaginamos que sus labios debían de estar ya muy cansados cuando no heridos, y no es exageración. El maestro Ingo Metzmacher dirigió a la orquesta sin batuta, con mucha claridad y seguridad. La orquesta, excelentemente guiada, había respondido sobresalientemente a todas las exigencias de la partitura.

Tras el descanso, llegó la Sinfonía n.º 1 en do menor op. 68 de Johannes Brahms. Quien suscribe no había visto antes dirigir a Ingo Metzmacher una obra del romanticismo. Hace doce años lo vimos dirigir una fantástica Sinfonía Turangalila en el Teatro Real con el indonesio Ananda Sukarlan al piano y la francesa Valérie Hartmann-Claverie a las ondas Martenot. Aquel concierto fue memorable y Metzmacher dejó una huella indeleble. El jueves pasado, tras una obra contemporánea —y qué magnífica obra—como la de Widmann, pudimos escuchar una sinfonía de sobra conocida para el gran público. El maestro Metzmacher volvió a dirigir sin batuta y el resultado fue inmejorable. Una estupenda interpretación de la obra de Brahms que fue también muy aplaudida por el público.

Me van a permitir una pequeña licencia y es la decirles que en la mayoría de conciertos suelen programarse las obras nuevas en las primeras partes para que la gente tenga que «tragarse el sapo de la música contemporánea», dejando la «obra conocida» para la segunda mitad. Les confieso que el jueves, aún después de la magnífica interpretación que hicieron de la Primera de Brahms, me quedé con el regusto y la extraordinaria interpretación de Hacia el Paraíso. Que me perdonen los brahmsianos, pero el plato principal de la noche fue la obra de Jörg Widmann.
Michael Thallium


