MADRID / Original, graciosa y superficial ilustración de ‘Zauberflöte’

MADRID / Original, graciosa y superficial ilustración de ‘Zauberflöte’

Madrid, Teatro Real. Mozart: La flauta mágica. 19-I-2020. Andrea Mastroni (Sarastro/Orador), Stanislas de Berbeyrac (Tamino), Rocío Pérez (Reina de la noche), Anett Fritsch (Pamina), Elena Copons, Gemma Coma-Alabert, Marie-Luise Dressen (Tres damas), Catalina Peláez, Celia Martos, María Guzmán (Tres niños), Andreas Wolf (Papageno), Ruth Rosique (Papagena), Mikeldi Atxalandabaso (Monostatos), Antonio Lozano, Felipe Bou (Dos hombres con armadura). Fortepiano y glockenspiel: Ashok Gupta. Coro y Orquesta del Teatro. Director musical: Ivor Bolton. Directores de escena: Suzanne Andrade y Barrie Kosky. Animador: Paul Barritt. Reposición dirección de escena: Tobias Ribitzki.

Volvía esta producción de la Ópera Cómica de Berlín, presentada en Madrid hace unos cuatro años, al escenario del Real. Se trata de reducir costes y tampoco viene mal repetir títulos y puestas en escena bien acogidos en su momento. Poco hemos de añadir en relación con esa singular y tan original visión, un intento de volver a codificar la obra con el lenguaje de los inicios del cine, en un claro homenaje a Buster Keaton (Papageno) y su generación, con evidentes alusiones también a lo que se hacía en Alemania (Monostatos no es un negro sino un tipo caracterizado como el Nosferatu de Murnau). Se busca la conexión con el espectáculo popular, “divertido y al mismo tiempo estimulante”.

Hemos de repetirnos a la hora de comentar, más brevemente, el espectáculo y decir que aquella finalidad se ha conseguido a través de la aplicación de una continua sucesión de encantadoras y coloristas imágenes, llenas de inventiva, de gracia, del mejor humor. El frente del escenario actúa de enorme pantalla para las múltiples proyecciones. Los personajes cantan con frecuencia subidos en tarimas que asoman por trampillas que se abren y se cierran en lo alto. Todo está bien encajado y hay una conexión suprema entre las figuras en acción y los motivos. Y nos peguntamos otra vez: ¿qué queda, tras esta envoltura, de la obra original de Mozart?

Queda la narración lineal, lo que está más en la superficie de un cuento para niños. Se atienden aspectos que juegan en la obra, sin duda, pero se orillan otros fundamentales conectados con las ideas masónicas que laten en toda la narración emanadas de la Ilustración, recibidas por los círculos cultos de Viena y que Mozart y Schikaneder quisieron reflejar, aun con un lenguaje asequible a un público de barriada. Los espectáculos de tramoya vista, llenos de trucos, con personajes simpáticos y héroes populares, con encantamientos y acción generalmente inverosímil, acogidos a la llamada moda Zauberstück (pieza mágica), eran habituales. El medio más fácil para calar en una audiencia poco preparada.

Aquí acaba por cansar tanto dibujo y se nos antoja excesivamente mecánica la exhibición, que a veces tiene su gracia. Pero terminamos un poco hartos de tanta rueda giratoria, tanta ilustración naïf. Todo el ropaje masónico es orillado y el juego de tonalidades olvidado. Desaparecen los diálogos hablados, propios del singspiel. Nos contentamos con brevísimos resúmenes en pantalla y con el sonido de un fortepiano que interpreta las Fantasías en re menor y do menor del músico salzburgués.

En esta primera representación pudimos aplaudir a uno de los jóvenes tenores lírico-ligeros con más futuro: Stanislas de Barbeyrac. Voz bien satinada y homogénea, con estupenda proyección a la zona alta, que cantó una excelente aria del retrato. A Anette Fritsch, una lírica, la hemos escuchado mejor en otras ocasiones. El instrumento es muy apreciable, tiene carne, pero tiende a destemplarse y a no regular el volumen en momentos delicados. No acertó a reproducir, con todas las  notas en su sitio, la nada fácil volata de su aria del suicidio. Muy justita y en exceso ligera, pero valentísima, Rocío Pérez como Reina de la noche, con problemas en su segunda aria.

Bien Andreas Wolf, un Papageno en su punto, y modélico Atxalandabaso como probado Monostatos. Andrea Mastroni exhibió de nuevo su fornido caudal y su autoridad en las notas graves (aunque no se fue al mi 1 –no escrito- en su segunda aria, que cantó muy noblemente, y dotó de solidez al amplificado Orador. Pizpireta, sobrada y graciosa Ruth Rosique en la chamuscada Papagena, que por mor de la idea escénica solo aparece en el dúo. Buen trío de Damas, estupendas las niñas-niños de los Pequeños Cantores de la ORCAM y más que cumplidores Antonio Lozano y Felipe Bou como Hombres con armadura, aquí, como Sarastro y los coristas, barbados y vestidos de smoking. En esta producción desaparecen los dos sacerdotes de la iniciación.

Ivor Bolton mejoró su interpretación de hace unos años. Todo estuvo en su sitio, con tempi muy adecuados, con staccati precisos, con fraseos bien cincelados. Hubo escasez de “moros” y una indudable elocuencia teatral, aunque la música sonó casi siempre poco jugosa, muchas veces seca y falta de vuelo. Colaboró bien la Orquesta y cantó con propiedad y garbo el coro.