MADRID / Orfeón Donostiarra y ADDA Sinfónica: Colores, ritmos, ostinati

Madrid. Auditorio Nacional. 2-XII-2024. Temporada Ibermúsica. ADDA Simfònica Alicante. Orfeón Donostiarra. Director: Josep Vicent. Ravel: Daphnis et Chloé. Carl Orff: Carmina Burana.
En la Alemania de los años treinta del siglo XX, el habilidoso Carl Orff descubrió un rico filón en los antiguos cantos medievales y construyó, en 1935-36, Carmina Burana, obra pétrea, de armonías estáticas y ostinati rítmicos implacables, una gozosa coronación de los placeres terrenales. Orff calificó la partitura de cantata escénica, pero nunca se hace así. Lo normal es que se interprete como una cantata concertante. Pide una soprano lírico-ligera, un barítono muy lírico y un tenor muy ligero (que hoy, a veces, es sustituido por un contratenor); aparte de coro de niños, coro y orquesta. Con El triunfo de Afrodita y Catulli carmina, esta composición forma la trilogía titulada Trionfi.
Para recrear esta música pétrea, frecuentemente isorrítmica, obsesiva, con el sexo y los placeres de la mesa en primer lugar, es preciso mantener un ritmo férreo y preciso, dominar las dinámicas y establecer un variado juego de colores; y una mano firme que nos permita introducirnos en el auténtico frenesí, en las pasiones e instintos en permanente ebullición. Esa mano fue en esta ocasión la de Josep Vicent, músico dotado y polifacético, que, a partir de una envergadura física envidiable, se planta muy firme en el podio y controla y domina las huestes bajo su mando. Algo importante cuando hay que enfrentarse a una partitura de estas características.
La versión escuchada, con la participación de dos conjuntos de gran nivel, el orquestal y el coral, fue imponente, masiva, musculada, sonora en el mejor sentido. De una potencia descomunal, muy cuidada en el ritmo machacón e impenitente, lo que pudo apreciarse ya de salida en el célebre O fortuna, que se repite al final y que en este caso se ofreció también como bis ante los aplausos. El gesto decidido, amplio y contagioso de Vicent llevó imantados a coro y orquesta. Estábamos en la línea de un joven Frühbeck de Burgos.

Claro que hubo instantes en los que habríamos preferido una mayor delicadeza, un manejo de acentos y dinámicas menos estentóreo. Así en Floret silva nobilis, que debería estar envuelto en muy exquisitas volutas. O en el pequeño lied rítmico del final del nº 22, Oh, oh, oh, totus floreo, que no tuvo vino la gracia naïf deseada. Mandó en todo momento la dimensión orgiástica, implantada en tantos momentos como se pudo advertir en el nº 9, Swaz hie gat umbe y en otros instantes, en los que la gran masa coral actuó a toda presión. Cantidad antes que calidad ‒y esta no fue nada despreciable‒, pero de efectos muy directos y contundentes.
Todos los pasajes del episodio titulado Corte de amor podrían haber sido desarrollados con un tacto más exquisito, a partir de fraseos de regulación más fina. Aunque el ajuste rítmico, el encaje, el claro diseño, el control de la gran masa fue bien observado. Lo cual es de agradecer. Como la afinación del Orfeón, muy renovado en muchos de sus componentes, que cantó compacto, contundente, firme y atento. Aunque dado el constante reclamo de potencia de Vicent y la atronadora prestación de la buena Sinfónica de Alicante, quizá habría convenido una masa coral bastante más numerosa que la de esta ocasión: 76 miembros. Todo habría estado más equilibrado con 120 coristas.
Al en todo caso merecido triunfo colaboraron los tres solistas. Hay que mencionar en primer término al barítono serbio Milan Perisic, de un lirismo a flor de piel. El timbre es cálido, la emisión, canónica, la igualdad de registros, reconocible. Posee una admirable extensión que le permite ascender hasta el Sol agudo y frasear en incómodas zonas de la tesitura, como le pide repetidamente el Estuans interius. Con firmeza y sentido (quizás no del todo orgiástico) acentuó con propiedad y se expresó más adelante en falsete. En esta interpretación se escogió para el canto del cisne en la brasa una voz de contratenor, la del sopranista Rafael Quirant, que se desenvolvió muy bien a falta de un mayor volumen. La soprano ligera Sabrina Gárdez mostró su clase y se defendió bien, con apoyo adecuado, en las zonas sobreagudas.
Previamente escuchamos una interpretación bien trabajada de la Segunda suite de Dafnis y Cloe de Ravel, trazada con mucho sentido del color y con matices muy bien aplicados. Vicent buscó una pátina orquestal que podríamos calificar de oscura y matizada. Una aplicación al óleo. Amanecer bien “pintado” y modelado. Todo sonó en su sitio a falta quizá de una mayor clarificación. Buen sentido del ritmo en la Pantomima y desbordamiento fulgurante en la Danza general. A la postre éxito total. Todos saludaron repetidas veces, incluido el pianista preparador del Orfeón, Jon Urdapilleta, un gran profesional. Faltó el director de la masa coral, José Antonio Sainz Alfaro que, fiel a su costumbre, no salió. Y es un gran conocedor de la obra, que ha dirigido desde el podio en repetidas ocasiones. Con planteamientos distintos a los mostrados por Vicent; e igualmente válidos. Estupendas notas al programa de Irene de Juan.
Arturo Reverter
(fotos: Rafa Martín/Ibermúsica)


