MADRID / Orden, equilibrio y justeza para ‘L’incoronazione di Poppea’

Madrid. Auditorio Nacional. 17-III-2024. CNDM. Jeanine de Bique, Kangmin Justin Kim, Iestyn Davies, Maite Beaumont, Federico Sacchi, Xavier Hetherington, James Way, Lid Redpath, Hilary Cronin, Lauren Lodge Campbell, James Way, Frances Gregory. Coro de la Comunidad de Madrid. Director: Josep Vila. The Engish Concert. Clave y dirección: Harry Bicket. Monteverdi: L’incoronazione di Poppea.
La nueva escucha de esta última ópera de Monteverdi, venida al mundo durante los carnavales de 1643 en el Teatro de los Santos Giovanni e Paolo de Venecia nos plantea otra vez sugerentes cuestiones. Por ejemplo, la abolición de las fronteras entre recitativo y arioso en beneficio de una mayor autenticidad dramática. La música, nos decía Piotr Kaminsky, “suscita una verosimilitud casi irritante en su humana y audaz desnudez a la hora de dar forma al texto de Busenello”. Ya tiempo atrás, liberada de las servidumbres del contrapunto, la armonía monteverdiana se abre a posibilidades infinitas.
Sin sacrificar el pasado, el compositor había logrado ya mucho tiempo atrás, en su Orfeo de 1607, conjugar las riquezas de la antigua modalidad –así lo manifestaba Harry Halbreich– con las de la tonalidad moderna, de tal forma que se destacaban los choques disonantes más ásperos, los encadenamientos más brutales e imprevistos, que se oponían a veces a tranquilas e idílicas consonancias. Todo ello manejado con sapiente prudencia, que evitaba ciertos excesos y exageraciones como los de Gesualdo.
Naturalmente, la voz es primordial. Se emplea de una forma aérea, expresiva, buscando siempre el acento más lógico, la voluta adecuada, el canto más conveniente. Y discurre, yendo de uno a otro, por estructuras que parten del recitativo secco y se trasladan al accompagnato, desembocando más tarde con frecuencia en el arioso, un paso hacia el aria que, de todas formas, no tomaría cuerpo y adquiriría la estructura hasta pasados bastantes años.
Otra cuestión básica, para que estas propuestas posean el vigor y la expresión que nos subyugan, es, por supuesto, el aspecto instrumental. Los instrumentos son utilizados con mucha fantasía combinatoria y tímbrica aplicados estratégicamente al momento y a la situación dramática. Algunos de ellos se emplean para la pintura de caracteres. Lo mismo que el compositor dispone de líneas temáticas y melódicas, incluidas a veces en los ritornelli, que anticipan al llamado motivo conductor wagneriano y que cambian continuamente de color instrumental, de dinámica y de tempo.

Todo ello toma forma sorprendente y original en esta Coronación de Popea, que nos ha ofrecido de nuevo, al cabo de seis años, el CNDM. Nunca está de más, por supuesto, volver a escuchar esta ópera despojada, que nos muestra en carne viva una tragedia monumental, descrita a veces con muy sucintos elementos y desarrollada paso a paso a lo largo de una pluralidad bien organizada de fragmentos vocales e instrumentales; con una sobriedad y una verdad desarmantes. Y una belleza melódica y una aplicación de aires danzables, que de cuando en cuando adoptan un colorido en verdad trágico, soberanas.
Como nos dice Pablo J. Vayón en sus enjutas y bien orientadas notas –que no se pueden leer ya en el tradicional programa de mano en papel: hay que tener y usar el móvil par ello– “L’incoronazione di Poppea se presenta como una obra de una modernidad inmarcesible, pues habla sin tapujos de la corrupción política y del uso del sexo como ascensor social. A patadas. A dentelladas”. Muy justas palabras para describir este escueto drama, trazado con estilete y una elegancia maravillosa, lo que no evita que tras tantos y variados diálogos entre unos y otros personajes no lleguemos a sentir pasajeras faltas de atención.
Aunque hay que decir que la interpretación que se nos ofreció, de una sobriedad y de una simplicidad de medios admirable, fue muy loable, idiomática y ajustada al estilo, sin ningún alarde fuera de sitio ni adorno inconveniente. El mando desde el clave de Harry Bicket, con su gesto casi geométrico, espartano y claro, llevó en volandas esta interpretación en versión de concierto, que discurrió sin especiales rasgos de ingenio, pero con todo en su sitio, dando cauce al progresivo desenvolvimiento dramático. Tuvo a sus órdenes a un conjunto instrumental muy valioso y eficaz, compuesto por 12 músicos de primer rango: The English Concert: dos violines, una viola dos violonchelos, dos flautas, dos tiorbas, un lirone, dos claves y un órgano.
Disfrutamos de un equipo vocal muy en la onda y de nivel más que suficiente; con alguna excepción. Había cierto interés en escuchar a Jeanine de Bique, Popea, una soprano de Trinidad que ha adquirido cierta fama en el ámbito de la música barroca. Posee una voz sorprendente, que combina en el grave y medium un colorido oscuro y que adquiere metálicos, a veces poco gratos brillos, en la segunda octava. Frasea con convicción y regula con habilidad. Se echa en falta en su canto algo de dulzura y de calidez. A su lado fue Nerón el contratenor coreano-norteamericano Kangmin Justin Kim, de voz bien puesta de soprano podríamos decir. La emisión es franca aunque el sonido aparece aquejado de un excesivo vibrato. Demasiado aparatoso. Para el que firma es preferible un tenor o una voz más recia de contratenor. No se sabe aún si su creador, Stefano Costa, era castrato o, efectivamente, tenor. Los dos nos ofrecieron ese pausado, entrañable y melódico dúo amoroso final que, se sabe hace tiempo, no fue escrito por la mano de Monteverdi.

Sobresaliente Maite Beaumont, mezzo lírica con empuje, arrestos y estupenda coloratura, que hizo una Octavia de cuerpo entero, segura, firme y contundente. Al contratenor Iestyn Davies, excelente músico, le falta envergadura y un registro modal de mayor entidad para dar vida a Otón, marido de Popea. Como Séneca actuó el bajo Federico Sacchi, rotundo y resonante, firme y aplicado, con problemas en la zona alta y notas abisales de relativa contundencia. Cantó bien su suicidio. Convincente el barítono lírico Xavier Hetherington en sus distintos papeles (Mercurio, Paje, Líctor, Soldado, Familiar, Cónsul), en los que mostró flexibilidad, extensión y ligereza.
Completaron el reparto, actuando en distintos papeles, los demás cantores. En general, a buen nivel, excepto la muy opaca y desleída mezzo Frances Gregory. Colaboraron con acierto en sus escasas intervenciones los veinte miembros del Coro de la Comunidad de Madrid. Muchos aplausos de un Auditorio casi lleno.
Arturo Reverter
(fotos: Rafa Martín)


