Scherzo | CRÍTICAS / MADRID / OCNE: Trifonov, gran protagonista, por Rafael Ortega Basagoiti

MADRID / OCNE: Trifonov, gran protagonista

MADRID / OCNE: Trifonov, gran protagonista

Madrid. Auditorio Nacional (Sala sinfónica). 7-X-2022. Daniil Trifonov, piano. Orquesta y Coro Nacionales de España. Director: Pablo Heras-Casado. Obras de L. Boulanger, Bates y Stravinsky.

No estarán a disgusto los amantes de lo diferente, porque el tercer sinfónico de la temporada de la OCNE abundó en la tendencia de distanciarse del repertorio clásico-romántico para introducir novedades de diversa naturaleza y ahondar también en la música del siglo XX. A la creciente incorporación de compositoras en el programa de la Nacional debemos sin duda el hecho de que el concierto se abriera con una partitura de la francesa Lili Boulanger (1893-1918), hermana menor de la más conocida y longeva Nadia (1887-1979), compositora francesa de indudable talento prematuramente fallecida con apenas 24 años.

Si el año pasado (Sinfónico 9, diciembre de 2021) catábamos, de la mano de Marc Minkowski, la cantata Faust et Hélène, con la que la autora ganaba el Premio de Roma de composición en 1913, ayer le tocó el turno a una breve (apenas 5 minutos) pieza originalmente compuesta para violín y piano, y más tarde orquestada: D’un matin de printemps. Partitura de resonancias postimpresionistas y tintes líricos, se escucha con agrado, aunque dista de emocionar. Así lo debió entender también el público, que le dispensó una acogida bastante fría pese a la solvente traducción de la Nacional, con buenos solos de los solistas de cuerda.

La siguiente obra del programa conectaba con uno de los hilos temáticos de la temporada: Visiones de América, a través del estreno en España del Concierto para piano y orquesta del estadounidense Mason Bates (Filadelfia, 1977). Bates, compositor, escritor y DJ de música tecno y electrónica, conectado también con la música cinematográfica, compuso su Concierto para piano durante la pandemia, por encargo de la orquesta de Filadelfia y la Sinfónica de San Francisco, y se lo dedicó al magnífico pianista ruso Daniil Trifonov (Nizhni Nóvgorod, 1991), que lo estrenó en la ciudad natal de su autor el 14 de enero de este mismo año, con la orquesta de la misma ciudad dirigida por su titular, Yannick Nézet-Séguin.

No introduce Bates elementos electrónicos en esta ocasión, en una partitura en tres tiempos que enlazan sin interrupción. La partitura evoca resonancias cinematográficas, tiene sus momentos de simpático colorido rítmico (el acompañado por los violines “a modo de guitarra” en el primer tiempo, sin ir más lejos), ramalazos que pueden recordar a Williams, y también algún tinte postromántico, especialmente en el segundo movimiento, donde la sombra de Rachmaninov asoma en más de una ocasión. Extrae partido suficiente, aunque ni mucho menos exhaustivo, a las posibilidades (enormes) del pianista dedicatario, que está protagonizando otros estrenos europeos de la obra (París, a mediados de septiembre, y Rotterdam, la semana próxima).

Trifonov es, en efecto, un pianista formidable, con un recorrido que, recién sobrepasada la treintena, apenas se adivina. Con unas manos privilegiadas, grandes y de dedos delgados, tiene un talento excepcional. Más allá de su brillantez y agilidad mecánica, de su facilísimo pedal, su cristalina articulación, y su sonido, poderoso cuando se requiere, pero de adelgazada sutileza cuando el extremo contrario así lo reclama, asombra su inverosímil control de la pulsación, capaz de pasar en una fracción de segundo, sin apenas movimiento, del fortissimo más rotundo al pianissimo más susurrado, sin que el sonido pierda jamás redondez y belleza.

No es difícil adivinar que Trifonov bordó la interpretación de la obra, correctamente acompañada por Heras-Casado y la Nacional, como tampoco lo es concluir que, parafraseando (al revés) el conocido refrán, la obra que, como la de Boulanger, se escucha sin desagrado, parece poco arroz para tanto pollo como es el ruso.  De hecho, Heras-Casado levantó la partitura como homenaje al autor, pero la respuesta del público distó del entusiasmo. Las ovaciones habían sido y siguieron siendo para el pianista.

La porción más estándar de la tarta musical servida ayer correspondió al ballet La consagración de la Primavera de Igor Stravinsky, página estrenada (con escándalo de primera) en 1913. Cuando se escucha esta obra y se piensa que la que abría el programa (la de Boulanger), es cuatro años posterior, se hace evidente lo visionario que era el ruso y lo distante que estaba su mundo estético del de la francesa.

La partitura es un auténtico reto para orquestas y directores. La orquestación masiva tiene texturas de complejo desentrañamiento, hasta tal punto que Pierre Monteux, durante los ensayos previos al tormentoso estreno, sugirió (y obtuvo) cambios de Stravinsky en algunos pasajes en que su clara disección era directamente imposible. La complejidad y casi continua variación rítmica requiere una concentración constante de la orquesta y una claridad absoluta desde el podio (o, alternativamente, un montón de ensayos si la claridad gestual no acompaña, como ocurriría con un Herreweghe, por ejemplo).

Heras-Casado es maestro cuya gestualidad no es siempre del todo clara, y es también proclive a los tempi rápidos, y la de ayer, especialmente en la primera parte de la obra (en los Juegos del rapto, por ejemplo), no fue excepción. Construyó una interpretación con más nervio que sutileza, armada con solidez, no siempre cuadrada la antes mencionada complejidad rítmica, y con menos misterio y evocación de la que se esperaría en momentos como las Rondas primaverales, en cuya sección indicada Vivo la exposición pareció algo borrosa. También se echó de menos ese carácter de misterio en la Introducción de la segunda parte (El sacrificio) que, no obstante, discurrió algo más compacta, aunque sin escapar del todo a los parámetros mencionados. Tuvo indudable trepidación, más que conseguida precisión, la furiosa danza final.

La Nacional, ayer con todos los solistas de viento presentes, respondió de forma notable en general, y el público respondió, esta vez sí, con calurosas ovaciones a la plausible interpretación escuchada que, no obstante, no alcanzó lo que, en esta misma obra, la formación consiguió con su actual titular, hace apenas cuatro años.     

Rafael Ortega Basagoiti