MADRID / OCNE: brillante cierre navideño, con Jaume Santonja y un Oyarzabal espectacular

Madrid. Auditorio Nacional. 20-XII-2026. Concierto sinfónico 9 de la temporada de la Orquesta y Coro Nacionales de España. Director: Jaume Santonja. Solistas: Paloma Friedhoff, soprano, Agnieszka Grzywacz, mezzo. Beatriz Oleaga, contralto. Eduardo López, Xabier Pascual*, tenores. Álvaro de Pablo, barítono. Daniel Oyarzabal, órgano. Director del Coro Nacional de España: Miguel Ángel García Cañamero. Obras de María de Pablos* y Camille Saint-Saëns.
En la tercera línea temática de la temporada, Lugares e historias, se encuadraba el noveno sinfónico de los conjuntos nacionales, último de este año 2025. Nos dicen David Afkham y Félix Palomero, en la introducción que figura en el libro de la temporada, que dicho hilo temático “nos invita a recorrer parajes donde las historias han quedado grabadas en forma de monumento o de leyenda”, y citan varias obras y lugares que se pueden situar en este contexto, entre las que se encuentran Nazaret y el Oratorio de Navidad de Camille Saint-Saëns. Más allá del hilo temático precitado, parece oportuna la programación de este poco escuchado oratorio del compositor francés. Su mucho más conocida Tercera Sinfonía cerraba el concierto, en una brillante expresión de la mejor grandilocuencia del romanticismo galo.
La apertura, sin embargo, la protagonizó la recuperación del breve motete Ave verum corpus, de la segoviana María de Pablos (1904-1990). Con unas décadas finales envueltas en un misterio impregnado de tragedia (ingresó en un sanatorio psiquiátrico en los 40 y allí falleció en 1990), sabemos más de sus muy prometedores inicios, entre los que se cuenta la brillante culminación, en 1927, de sus estudios en el Conservatorio de Madrid, con el primer premio sus estudios de composición con Conrado del Campo, gracias a dos obras: el poema sinfónico Castilla, y este Ave verum que ponían en los atriles los conjuntos nacionales.
Tiene la breve pero hermosa composición de María de Pablos buena conexión con el Oratorio de Navidad de Saint-Saëns, porque el motete, ese “Salve, verdadero cuerpo”, que alude a la creencia en la Transubstanciación, a la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, no deja de tener cierta continuidad o extensión sobre la significación del nacimiento de Jesús evocado después por el francés en el Oratorio. Apunta Belén Pérez Castillo en sus notas al programa, que el motete “no hay rastro de ese ‘arte español’ que defendía la compositora, sino un melodismo equilibrado con raíces en una armonía ligera y luminosa, que la autora distingue con personales giros”. Y, en efecto, escuchamos una música que transpira serenidad y ternura, escapando de los tintes más dolientes de la obra homónima de Mozart. Dibujó la música con cuidada sensibilidad el levantino Jaume Santonja (Bocairent, 1986) y respondieron con general corrección los conjuntos nacionales y el tenor Xabier Pascual, él mismo miembro del Coro Nacional.

Pese a apuntar en la partitura que el Preludio está escrito “en el estilo de J.S. Bach”, no hay tanto que evoque al Cantor en el Oratorio de Navidad de Saint-Saëns, estrenado en 1858. Huye, en su mayor parte, de una alegría desbordante, incluso en la instrumentación, que elude instrumentos de viento, para otorgar protagonismo a órgano, arpa y cuerdas. Pero incluso la utilización del órgano está presidida por registraciones que apelan a la serena introspección y la ternura más que a la efusión jubilosa. El mismo comienzo de ese Preludio, con el órgano empleando el registro de oboe (con arreglo a las instrucciones precisas de Saint-Saëns, él mismo organista en la parisina Iglesia de La Madeleine en la que se estrenó la obra), es toda una declaración de esas intenciones más intimistas, enternecedoras y plácidas, confirmadas después en el quinto número, un dúo de soprano y barítono con precioso acompañamiento de arpa y órgano, que cabe considerar uno de los momentos más hermosos de la obra.
Apenas encontramos en el sexto número, Quare fremuerunt gentes (marcado allegro moderato), una expresión más enérgica y extrovertida, aunque, incluso en él, el órgano termina presidiendo un retorno a la intimidad en el Più lento del tramo final. El breve coral que cierra la obra mantiene la elegancia y solemnidad de toda la partitura, pero ahí también se evita el efectismo, y la escritura de la cuerda, como en tantos corales, ahora sí, de Bach, es colla parte, es decir, idéntica a la de la voz coral correspondiente.
Jaume Santonja, que debutaba en el ciclo principal de la Nacional, aunque la había dirigido en otros ciclos con anterioridad, es maestro de fino criterio musical, especialmente cuidado y atento en lo que atañe al manejo de la dinámica, acentos y reguladores, que parecieron siempre bien dibujados. Su gesto es más diáfano en la expresión que preocupado de la exactitud. La interpretación resaltó con acierto ese carácter más lírico y plácido que impregna casi toda la música, trazada con elegancia y sensibilidad. Pudo parecer algo vivo el precitado allegro moderato del Quare fremuerunt gentes, pero lo cierto es que ofreció el contraste que sin duda buscaba el compositor francés.
Respondió con excelencia la cuerda de la Nacional, y brillaron de forma más que sobresaliente el siempre magnífico Daniel Oyarzabal desde el órgano (el gran protagonista de la obra), y la arpista que en esta ocasión actúo con la orquesta que creo (no veía bien su rostro desde mi ubicación) era Camille Levecque. Bien empastado el coro Nacional, cantó con general corrección, salvando alguna tirantez de las sopranos en el registro más agudo. Destacó, en un quinteto solista (todos miembros del coro) que igualmente se desempeñó con general corrección, la soprano Paloma Friedhoff, especialmente notable en el mencionado dúo Benedictus.
Mucho más conocida e interpretada, y con buena razón, es la Tercera Sinfonía del compositor francés, escrita en 1886 por encargo de la Royal Philharmonic Society, cuando el músico se encontraba en la cumbre de su carrera. No deja de ser curiosa la introducción, en aquel momento inhabitual en el ámbito sinfónico, de dos instrumentos en los que Saint-Saëns era virtuoso: piano y órgano. Este no aparece con tanta continuidad como en el Oratorio, pero cuando lo hace, la intervención es de una espectacularidad realmente emocionante. Aunque la obra se estructura en dos movimientos, estos a su vez engloban otros dos cada uno, de forma que no es difícil identificar los cuatro tiempos de la sinfonía tradicional.

La música tiene aquí otra dimensión, con guiños al empleo cíclico de distintos motivos, tan propio de Liszt, pero también, como en el agitado tema del allegro moderato que preside la primera mitad del primer movimiento (tras la breve y misteriosa introducción en adagio), con ciertas resonancias mendelssohnianas. Saint-Saëns trunca el desarrollo de ese allegro para empalmar directamente con la segunda mitad de ese primer tiempo, el que sería el segundo movimiento (Poco adagio) en la sinfonía tradicional, en el que presenta un bello y emotivo tema en la cuerda sobre el órgano en pp. El inicio de lo que se considera segundo movimiento trae un Scherzo y trío agitados (Allegro moderato-Presto), donde el piano aparece con brillantes escalas. De nuevo Saint-Saëns hace desvanecer la reaparición del scherzo para abocar (Maestoso) al solemne comienzo del tiempo final. No escatima el francés medios para la grandilocuencia. Contundentes, rotundos acordes del órgano, en su plenitud, enmarcan una enérgica expectativa dibujada por la cuerda, antes de enunciar un motivo solemne sobre agitadas florituras del piano a cuatro manos. Y es después el órgano el que, nuevamente, expone con imponente determinación ese motivo. Su protagonismo se prolonga hasta la brillante conclusión de la obra.
La dibujó Santonja, de nuevo, con más que general acierto, de nuevo con el excelente manejo de dinámicas y acentos que había caracterizado su acercamiento al oratorio. Tuvo notable vibración y energía el allegro moderato inicial, con tempo suficientemente movido, pero sin exceso. Se trazó por la batuta con acierto la transición al Poco adagio, muy bien expuesto, con la respiración y expresión adecuadas. Apropiadamente agitado el scherzo y con nervio el Presto que hace las veces de Trío. Solemne el Allegro final, muy movido pero traducido con la grandeur que esta música contiene y que está especialmente presente en la impactante escritura para el órgano.
Respondió muy bien la Nacional en todas sus secciones, con metales redondos y empastados, madera generalmente precisa y bien matizada, y una cuerda de bella y redonda sonoridad, aunque algún ataque pudo haber sido más preciso. Extraordinario Daniel Oyarzabal, justamente destacado por Santonja en los reconocimientos, que él compartía señalando al magnífico órgano Grenzing de la Sala Sinfónica, instrumento admirado justamente por cuantos organistas tienen la oportunidad de tañerlo. Un cierre brillante para un excelente año de los conjuntos nacionales. Aprovecho esta ocasión de mi última reseña de 2025 para desear muy feliz Navidad y un venturoso 2026 a la Orquesta y Coro Nacionales de España y a cuantos aficionados tienen la amabilidad de seguir mis reseñas.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Rafa Martín)


