MADRID / ‘NumEros’ por la CND: Pasado que resiste, presente con dudas, futuro ignoto (Segunda parte)

Madrid. Teatro de La Zarzuela. 11-XII-2025. Compañía Nacional de Danza. Serenade (1935): George Balanchine / P. I. Chaicovski; Playlist [Track 1 y 2)] (2018): William Forsythe / Peven Everett: Surely Shorty y Lion Babe: Impossible (Jax Jones remix); Echoes from a restless soul (2016): Jacopo Godani / Maurice Ravel. Piano: Gustavo Díaz jerez. Orquesta ORCAM. Director musical: Manuel Coves. Directora artística Muriel Romero: NumEros.
Hay coreógrafos que viven ensimismados en su aparato creador, mientras que atros se les intuye más pendientes del acontecer sociológico, político y cultural de su tiempo. Ambas posturas hablan del entorno creador y su influencia en el resultado artístico. William Forsythe es de los segundos, quizá por venir de un entorno cuya dinámica acelerada pedía esas alertas; lo anterior también justifica en parte lo que puede denominarse su “coqueteo pop”, que ha llegado incluso a trufar la plantilla de bailarines profesionales con algún b-boy con habilidades contorsionistas. Dejémoslo estar en una fase de experimentos matizadores de su sostenida vitalidad.
Con la pieza de Forsythe en el programa de la CND estamos ante un esquema formal que es habitual en él y que responde, además de a cualquier consideración estética que queramos añadir o sobre la que especular, a los requerimientos y urgencias del mercado, al crudo pragmatismo industrial y económico que nos circunda y aprieta. Los módulos coreográficos intercambiables o extrapolables empezaron a aparecer muy pronto en su catálogo y seguramente con otros intereses menos carismáticos, allá por los principios de los años 80 del siglo pasado en obras como Artifact (I y II [1984], con su sintetizado Artifact Suite, en 2004, diez años después); Impressing the Czar (Frankfurt, 1988), que puede presumir de obra maestra dentro de su catálogo, y otras piezas-puzle de la etapa concertante y de gran aparato. Fue 1988 quizás el año más productivo de este creador (ahí también hizo In the middle, Some What Elevated para la Ópera de París, Behind the China Dogs para el New York City Ballet y el rupturista y definitorio The Vile parody of Address). ¿Qué queda de aquellas grandes y comprometidas producciones n lo que vemos hoy como nuevas creaciones? Mucho y poco. No es una contradicción, es una razón del estilo. Esta vez el resultado es energizante, vitalista y acertado.

Esta fragmentación comercial donde se enmarca Playlist [Track 1 y 2)] obedece a vender repertorio sin miramientos a través de emisarios; no podemos hablar de franquiciado, pero casi. Los módulos a veces son para hombres, otras para parejas combinadas y su número de actuantes varían según las circunstancias, disponibilidades de plantilla, presupuesto. No es algo nuevo; en su base plástica, Petipa y Gorski lo hacían con obras ajenas que remontaban (esto puede que le horrorice al señor Forsythe, pero todos tenemos un pasado y un padre -o varios- al que negar). Será que este ejercicio de maleabilidad del material es, quizás, intrínseco a la puesta en escena de ballet, a su idiosincrasia. Puede ser. Y si queremos lucir cierto carácter filológico, tal experiencia procesal comenzó en Forsythe con Ivent 1, 2, 3 (Stuttgart, 1981). La vitalidad del planteamiento se mantiene a través de un “cuerpo ideológico” que muta y reclama un sitio; el tramado de conjunto cohesiona lo que se ve, lo garantiza potencialmente y lo expresa como acto grupal. La plantilla masculina de la CND se empeñó a fondo, se exprimió y sudó bien sudada la camiseta en apenas esos 10 minutos de frenesí. A los odiadores del ballet académico, que aquí quieren ser legión, pero son cuatro mataos ignorantes, es hora de enseñarles este soberbio trabajo. Porque esto, mal que le pese a los modernillos de turno es ballet-ballet. Forsythe lo trufa con la gestualidad a veces macarra y urbana, pero sigue siendo ballet como lo son puramente los pasos y combinaciones que los artistas despliegan al ritmo de las cancioncillas. El fragmento de Forsythe entusiasma en su aparente simpleza, que no es tal. Sobre esas dos pistas sonoras tan banales como un hilo musical de ascensor, surge la acción bailada, explota el ritmo interno de las frases de ballet y domina al sonido vulgar, lo somete; un sonido que no es otra cosa que pretexto decorativo que hace de biela intencionada del coreógrafo y movilizar al pelotón a un clímax colectivo. Destacó claramente Yanier Gómez bordando su fugaz solo y su gestualidad de macarra antillano. Delicioso y con categoría. También tienen su segundo de brillo Tomas Sanza, Erez Illan y Mario Galindo. El espectador se queda con ganas de que aquel hilo musical comience otra vez.
Naturalmente, y entrando en el juicio de la calidad de lo coréutico, algunas inserciones son más felices que otras. Playlist vive de su trámite y emociona, y eso es lo que es; no parece que el destino de esta pieza sea permanecer entre las más señeras o memorables de su autor, pero a la CND le viene de perlas para resarcir al público y a los bailarines de otros dislates y falsos cerebralismos. Viendo la intención y el desarrollo de Playlist cabe asumirlo y pensar que estamos ante un boceto de proporciones, un planteamiento de máxima que los bailarines deben aplicar y aplicarse hasta redondearlos, y de ahí que deje sitio a alguna improvisación, breve, pero justificada. Y a la vez, observando los numerosos guiños al vulnerado de las frases coreográficas, pienso que necesitaríamos de algo así como otra Eva Crossman Hecht (NY, 1930 – Frankfurt, 1989), su piano melancólico y la figurada indolencia de su teclear machaconamente repetitivo y envolvente, pero atento (al sugerir el acento) y hasta esclarecedor como lo hacía con Forsythe. Aquella colaboración nos dejó un ejemplo paradigmático de buen arte y de los giros de la improvisación cuando se toma en serio este recurso.
Recapitulando, entendemos que el papel de Crossman era bastante más preciso que el del simple acompañamiento sonoro de Peven Everett y Lion Babe: son otros tiempos, aceptémoslo, otra velocidad y otras urgencias. Con el corpus creativo de Forsythe siempre hay dilemas estéticos y resultados controversiales. Playlist [Track 1 y 2)] dura 10 escasos minutos, lo mismo que un pas de deux estándar, y aquí llevamos más de un folio hablando de ello, el espacio que habríamos dedicado a una producción de un ballet en cuatro actos. De un solo se puede hacer un libro. ¿Por qué no? Solo tiene que merecerlo.

En su día, Jacopo Godani (La Spezia, 1967) aceptó una herencia difícil: la dirección del Ballet de Frankfurt (y Dresde, que ya Forsythe lo había extendido hasta el Festspielhaus de Hellerau) tarea que desempeñó dignamente y con aciertos y donde alternó sus propias creaciones con las de su antecesor y maestro. Si ya desde su etapa de bailarín el destino de Jacopo aparecía ligado a Forsythe, los años dirigiendo la agrupación del Meno lo sellaron. Hay herencia, pero no imitación; encontramos, seguimos viendo en ambos, un honesto intento de articular el lenguaje hacia lo nuevo, pero con un uso consciente de la cultura del ballet. El que crea que Godani y Forsythe son solo unos posmodernos ruidosos, se equivoca. Cada uno recrea, puede que disruptivamente, su bagaje, posición y recursos liberando unas obras artísticas ante las que no somos indiferentes. Godani ha madurado y nunca ha despreciado la pericia técnica.
En 2005, Godani creó para la CND Prototype Hero, una pieza que inexplicablemente no se repone, y en 2018 en el Teatro Real vimos un interesante programa monográfico de sus creaciones de Frankfurt (memorable el ballet con el cuarteto de Bartok). Recapitulamos y seguimos viendo su enérgica manera de demostrarse en forma e inventiva. La iluminación es deficiente o intencionadamente muy oscura, y salvo un momento, brevísimo, de focos blancos, el resto discurre umbroso y afectando definición sobre lo que se ve. Los bailarines, que han entendido el estilo, lo dibujan con gusto, especialmente Shani Peretz y Cristina Casa en los pasos a dos en que intervienen.
La absurda idea de la actual dirección artística de imponer un sobrenombre al programa (NumEros), muy del gusto de mostrase críptico con pretensiones, es cuanto menos gratuita y hasta puede resultar ofensiva a los verdaderos artífices de las obras, los coreógrafos. Ni falta que hace ese falso didactismo que confunde al público y al lector. Aludir a que se inventa un iluminado “portmanteau” me hace pensar en la primera acepción según el siempre fiel Oxford: una maleta vieja o anticuada. Un morfema debe servir a un fin específico y recreador de su etimología combinada. En ballet hay muchos ejemplos, pero esa es otra historia. Los títulos de una obra de arte, coreográfica, musical o plástica son una sugerencia que parte, de quererlo, del propio artista; la mayoría de las veces no necesitan intrusos que le enmienden la plana.
Las funciones en el coliseo de la calle Jovellanos se extienden hasta el domingo 21 de este mes de diciembre, y esta vez vale la pena ver y disfrutar de tres buenos ballets que no caben precisamente en una valija abisagrada.
Roger Salas


