MADRID / Notable debut del Cuarteto Gerhard en el Círculo de Cámara

Madrid. Círculo de Bellas Artes. Teatro Fernando de Rojas. 12-IV-2026. Cuarteto Gerhard (Lluís Castán y Judit Bardolet, violines; Miquel Jordà, viola; Jesús Miralles, violonchelo. Obras de Haydn, Kurtág y Beethoven.
Tras las actuaciones de los Cuartetos Diotima, Danel y Jerusalén en la presente temporada del Círculo de Cámara, le toca el turno al Gerhard, otra de las agrupaciones que, junto a conjuntos como el Casals, el Quiroga o el Cosmos ha contribuido a llevar la presencia de cuartetos españoles en el escenario musical a un nivel tan envidiable como inimaginable hace cuarenta o cincuenta años. El cuarteto catalán, que debutaba en este ciclo, presentó un programa tan bien armado como exigente, de gran enjundia, sin concesiones, con obras de tres compositores que han marcado hitos decisivos en la historia de la música de cámara. Haydn fue, como es bien sabido, el padre del cuarteto de cuerda; Beethoven tomó el formato donde lo cogió Haydn y lo dejó en un grado de evolución que lo llevaba más allá del romanticismo, en una demostración visionaria pocas veces igualada en la historia de la música; y el centenario Kurtág, en fin, es un nombre decisivo en la evolución de la música de cámara en el siglo XX.
Abría el fuego precisamente Kurtág, con su Officium breve in memoriam Andreae Szervánszky, escrito entre 1988 y 1989 en homenaje a su amigo compositor. Apunta Ana García Urcola, en sus en sus excelentes y admirablemente condensadas notas, que “si la concisión estilística es marca de la casa, la eficacia expresiva que logra en las obras para esta formación es realmente excepcional”. Amén, cabría decir. Quince movimientos, muchos de ellos realmente fugaces (el primero es un solo de chelo de apenas 3 compases), en los que se logran no sólo efectos tímbricos (la abundancia de armónicos) de gran impacto, sino instantes de sobrecogedora expresión, como el doliente decimosegundo movimiento, uno de los más largos de la obra, o el decimoquinto, ese Arioso interrotto del propio Szervanszky cuyo delicado lirismo queda suspendido como un final que es todo un emocionado homenaje. Desgranó la obra el Gerhard con fina sensibilidad, gran cohesión y cuidada paleta tímbrica y de matiz.
Cambio radical para retroceder al gran Joseph Haydn. En su gran colección de Cuartetos (cerca de 70, sin contar los hoy considerados espurios), que abarca desde la época veinteañera hasta el último, incompleto, apenas 6 años antes de su muerte, los seis que componen la op 20, escritos cuando el autor se adentraba en los cuarenta, como bien señala Ana García Urcola, han quedado “elevados a pilar fundamental del género por su audacia experimental y sus innovaciones formales: supresión de la jerarquía tradicional entre instrumentos, utilización aún más frecuente en él de las frases con periodos irregulares y cambios estructurales, como un uso palpable del contrapunto (anticipando a Beethoven) o un mayor desarrollo del material temático”. Más amén.

El Gerhard nos traía el cuarto de esta op 20 (en breve el Quiroga hará lo propio con el primero), del que, a quien esto firma, le cautiva especialmente el impulso magnético del ritmo y el especialísimo uso de los silencios (ya desde el primer movimiento), materia en la que el compositor austríaco sentaba cátedra como pocos. Pero hay que paladear la urgencia, con su puntito de intriga, del primer movimiento, la delicia del segundo, un hermoso y amable adagio con variaciones, el atípico (en todos los sentidos, también en la curiosa acentuación rítmica) Minueto a la húngara y la siempre sonriente luz del final, lleno de un humor que era marca de la casa.
El Gerhard se acercó a él, como hacen otros cuartetos estos días, con notable restricción en el empleo del vibrato, buena articulación, estupenda diferenciación del non-legato y sacando excelente partido de los silencios. Buenos matices y capacidad cantable en el segundo movimiento, con ocasión para el lucimiento de Bardolet en la primera variación y de Miralles en la tercera. El primer violín, Lluis Castán, lidió de forma más que notable con la parte del león que Haydn encarga al primer violín. Atinados acentos en ese Minueto cuyo ritmo, como señala García Urcola, “nos perturba”. Brilló Miralles en el trio, en el que quizá hubiera habido lugar para un poco más de ese singular rubato que con tanta fortuna lucía Harnoncourt en muchos minuetos Haydnianos. Muy vivo y animado el Presto final, que quizá hubiera podido lucir un punto más de sonriente chispa.
Tras la pausa, aguardaba el miura final. El decimoquinto cuarteto de Beethoven, el op 132, escrito entre 1823 y 1825 (es decir, contemporáneo, entre otras, de la Novena Sinfonía y la Missa solemnis) nos trae una obra de largo curso, en cinco movimientos. De ambiente, como señala con precisión de nuevo García Urcola, casi religioso en un recogimiento y solemnidad dignas de un coral, muy evidente en el comienzo de ese tercer movimiento (Canzona di ringraziamento. Molto adagio — Stendendo nuova forza. Andante) que se erige en centro de gravedad de la obra, pero que también impregna el primero. Este Beethoven crepuscular (título, por lo demás, del concierto entero) parece haber dejado atrás violentos exabruptos temperamentales, tan habituales en otras épocas. Hay, en efecto, más alegría en el trío del segundo movimiento y más energía y efusión en el último, pero la obra, extremadamente compleja en cuanto a su aprehensión (y ejecución: la inclemencia del de Bonn para los intérpretes es bien conocida), nos deja ese regusto de un Beethoven que indaga, intencionadamente interrogador.
Delineó con notable acierto el Gerhard con la compleja trama que el compositor presenta en esta obra. Mostró una notable cohesión y expresión en el primer tiempo, con un final vibrante. Bien trazado el segundo tiempo, con una segunda parte más adecuadamente rústica, en la que brilló Jordá, el viola de la agrupación. Convincente entendimiento del muy complicado y esencial tercer movimiento, que nos lleva desde el solemne y devoto canto inicial de agradecimiento “a la divinidad” a ese más decidido impulso del pasaje indicado “sintiendo nueva fuerza” (una suerte de remedo de aquel “poco a poco de nuevo retornando a la vida” que aparecía en la fuga de la Sonata op 110), con momentos de comprometida exigencia en la expresión (molto adagio con intimissimo sentimento) dibujados con notable acierto. Tuvo la determinación y efusión necesaria el tiempo final, con un vibrante tramo final Presto.
El público recibió con calor la interpretación, y los intérpretes, que por boca de Castán expresaron su alegría por debutar en el ciclo, ofrecieron una muy bella interpretación del Contrapunto I de El arte de la Fuga de Bach, para redondear una velada camerística excelente, que confirma que el cuarteto de cuerda goza de buena salud en España. Créanme los más jóvenes. Hace tiempo no hubiera podido escribir algo así. Y es toda una satisfacción poder hacerlo.
Rafael Ortega Basagoiti


