MADRID / Noelia Rodiles estrena el ‘Tercer concierto’ de Rueda con Raiskin y la Filarmónica Eslovaca

Madrid. Auditorio Nacional. 5-III-2026. Ibermúsica 25-26. Orquesta Filarmónica Eslovaca. Director: Daniel Raiskin. Solistas: Noelia Rodiles, piano. Marko Mimica, bajo-barítono. Obras de Smetana, Rueda, Musorgski y Borodin.
El segundo programa de la Filarmónica Eslovaca en la serie de Ibermúsica tenía también una fuerte impronta rusa (toda la segunda parte, con los Cantos y Danzas de la muerte de Mussorgski y las bien conocidas Danzas Polovtsianas de la ópera El Príncipe Igor, de Borodin), un guiño checo de apertura (el famoso Moldava de Smetana) y el estreno en España (el absoluto tuvo lugar en Bratislava el pasado 8 de enero) del Tercer Concierto para piano “Rivers in Winter” del madrileño Jesús Rueda (1961), dedicado a la ovetense Noelia Rodiles (1985) que protagonizó la première citada en Bratislava y ahora también en Madrid. El solista para las canciones de Musorgski era el bajo-barítono croata Marko Mimica (Split, 1987).
Destaca muy justamente Juan Manuel Viana, en sus excelentes notas al programa de mano, la extraordinaria capacidad descriptiva de Smetana para ilustrar, en el famoso Moldava, segundo episodio del gran ciclo de poemas sinfónicos titulado Mi patria, “el programa literario ideado por el compositor y su amigo, el poeta Václav Zelený”. El dibujo ondulante de los instrumentos de viento madera, con oportunas acentuaciones y reguladores, es estupendo evocador del curso del rio, y sobre él asienta el archiconocido y bellísimo canto de los violines. Aparecen después recuerdos de fiestas, claros de luna y de la grandeza de antiguas fortalezas, con una mención explícita, en el tramo final, de una de las más simbólicas del país, Vyšehrad, a través del motivo principal del que fue el primer poema sinfónico del ciclo con ese mismo título.
Planteó Raiskin la interpretación de manera más correcta que sutil, con buena respuesta de maderas y metales razonablemente contenidos. Se consiguió buena efusión lírica en el motivo principal de la cuerda, apropiado clima festivo en el episodio de danza y sugerente evanescencia en el del claro de luna, con muy conseguido ppp en la transición a esa sección, en la que se evidenciaron finos matices. Triunfal el tramo final, aunque la mayor ebullición de los metales en este tramo final puso en evidencia que a la cuerda (de muy nutrido contingente), por lo demás bien empastada y de bella sonoridad, le falta algo de presencia en cuanto a volumen.
El madrileño Jesús Rueda, pianista él mismo, compuso su Tercer Concierto para piano en 2024 pensando en la pianista ovetense Noelia Rodiles, a quien se lo dedicó. El compositor, según nos cuenta Viana, se refiere a su obra como “exigente en el plano técnico, que recoge, en alguna medida, la aportación de los dos conciertos anteriores. La composición se articula en tres movimientos al modo clásico (rápido-lento-rápido). Ha comentado Rueda que “de algún modo, quiere hablar del paso del tiempo” y añade que hay un vínculo con las coplas de Jorge Manrique. Rueda señala que el primer movimiento es “muy efervescente”, con un segundo tiempo “más meditativo y expresivo” y un tercero más enérgico y virtuosista.
Por su parte, la pianista asturiana, en reciente entrevista con Stefano Russomanno en Scherzo, declaraba lo siguiente: “Es una partitura, como todas las de Jesús, muy intensa, muy virtuosística y frenética. Se llama Rivers in Winter, y representa un poco en términos musicales esa corriente de agua. Es una obra de mucha complejidad a nivel técnico y digital, pero muy directa en el aspecto formal y melódico: genera en el público una reacción muy rápida.”
Escuchada la obra en este estreno madrileño, quien esto firma concurre con la pianista asturiana en su resumen sobre ella. Es, en efecto, una partitura intensa, a veces frenética, en la que abundan las filigranas, algo que va muy bien a las características de Rodiles, que se mueve muy bien en esas aguas de exigente agilidad, valga el juego de palabras. La orquesta es poderosa, y aunque se evita lo bombástico, tiene el suficiente poderío como para poner a prueba el del solista. Es ahí donde pudo echarse de menos algo más de presencia y rotundidad en el piano de la asturiana, por lo demás capaz (siempre lo es) de un sonido de notable belleza y redondez, además de fina y sensible expresión. Pareció, pese al decidido esfuerzo de Rodiles en algunos acordes, que la sonoridad del piano quedaba algo ahogada por la orquesta.
Lo mejor, al menos para quien firma estas líneas, llegó en un segundo tiempo de delicada expresión, con algunas resonancias que se acercaban al impresionismo. Música trazada por Rodiles con la sensible expresividad que la caracteriza. El tercer tiempo, en efecto, se antojó decidido, enérgico, con buena inquietud rítmica, incluso un colorido y urgencia virtuosista que por momentos parecían traer ecos de Prokofiev. Raiskin y la Filarmónica Eslovaca proporcionaron un acompañamiento cuidado y atento. La obra fue bien recibida por el público, que ovacionó a sus protagonistas, incluyendo el autor, presente. Tras el éxito, Rodiles regaló una pieza de esas que le va como anillo al dedo: la Canción de Falla, una página de deliciosa delicadeza, admirablemente cantada.
Los Cantos y Danzas de la muerte de Musorgski llevan las tinieblas mucho mas allá de su mero título. Compuestos en 1875 (Trepak, Canción de cuna y Serenata) y 1877 (El Mariscal de campo) sobre poemas de Arseny Golenishchev-Kutuzov, son un estremecedor retrato de la congoja. La muerte de un niño, de un joven, de un borracho y, en fin, la muerte en el campo de batalla, se nos presentan con esa oscuridad siniestra en la que Mussorgski era maestro. El ominoso carácter queda resaltado con el empleo de la voz de barítono-bajo. El croata Marko Mimica lució un instrumento vocal de timbre grato, nada crudo ni áspero, pero con el colorido adecuado para dibujar con acierto la atmósfera tenebrosa dibujada por el autor de Boris Godunov. Emisión redonda, quizá un punto tirante en la zona más aguda cuando se demandaba el matiz piano, sin que esa tirantez apareciera cuando podía sacar todo su volumen. Cantó y matizó con gusto y acierto (estupendo su pp final en la Canción de cuna) y manejó con habilidad y buenas inflexiones la media voz que tan a menudo demanda la partitura. Pero evidenció buena presencia y empaque cuando en la más enérgica canción final, El Mariscal de campo, la música reclama una marcialidad rotunda. Raiskin y la orquesta acompañaron con cuidado equilibrio y apropiada atmósfera.
Lo más conocido de la ópera El Príncipe Igor de Borodin, son sin duda las cinco Danzas polovtsianas extraídas del acto segundo de la ópera y orquestadas por Rimski-Korsakov. Festín creciente de ritmos y colorido orquestal (apenas la Danza de las prisioneras se adentra en un clima más sugerente) para una apoteosis triunfal en la exuberante Danza final. Hay lugar para la filigrana en las maderas (clarinete y flauta especialmente), y posteriormente también en la cuerda. Y hay, faltaría más, buen espacio para rotundos decibelios de los metales.
Dibujó Raiskin las Danzas con cuidada precisión y buen ritmo y energía, obteniendo una limpia ejecución orquestal (esta vez, por fortuna, sin los accidentes vistos ayer) aunque, como ya se comentó anteriormente, se hubiera agradecido un mayor empaque de la cuerda. Éxito apreciable de la formación, que regaló, como despedida, un doble homenaje a su país y a quien fue uno de los fundadores de la agrupación, Ľudovít Rajter (que la creó junto a Václav Talich y fue su director artístico entre 1949 y 1976), interpretando unas Csardas de su autoría.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Rafa Martín/Ibermúsica)


